jueves, 16 de febrero de 2017

REESCRIBIR A POLIDORI Y A FRANKENSTEIN



Bravura
Emmanuel Carrère
Traducción de Jaime Zulaika
Editorial Anagrama, Barcelona, 2016, 355 páginas.

   Editorial Anagrama recupera una vez más una de las novelas estrictamente ficcionales de Emmanuel Carrère (París, 1957). Ya lo había hecho con El bigote y con Una semana en la nieve. Bravura no es lo último de Carrère. El original francés (Bravoure) fue editado en 1984 y es una de las primeras novelas del escritor antes de que se decidiese a retratar la realidad como en las ficciones, desarrollando ese estilo tan característico que le ha consagrado como uno de los narradores más leídos de todo el mundo.
   Bravura es una tentativa de rescate literario de la figura de John William Polidori - “El pobre Polidori” como lo definió Shelly- médico y secretario de Lord Byron y escritor menor y olvidado a la sombra de aquel. En el arranque de la novela encontramos a Polidori, en una penosa madrugada, “atrincherado” como un vagabundo en el Soho londinense, consumido por el láudano que le proporciona una joven prostituta, junto con un mendrugo de pan. Su vida, desde que se unió a Lord Byron, no ha sido más que un lento derrumbamiento, un envejecer a sacudidas periódicas, con una existencia muy alejada del Polidori rico, célebre por sus poemas y tragedias ávidamente leídas. Ese ha sido su sueño: destacar en el campo de las letras, no en el de la medicina. Pero ya no es más que un encadenado al opio, tras un suicidio frustrado. Sumido en esa postración, repasa su vida desde el viaje al continente ejerciendo de médico / fámulo de Byron. Tenía veinte años. Tras reivindicar inútilmente la autoría de El vampiro, vagó borracho por Londres, convencido de que su reputación es la de un payaso, un iluminado sin brillo. Y recuerda que cuatro años antes le había soplado a Mary Wollstonecraft la idea central de Frankenstein. En efecto, una noche de junio de 1816, en Villa Diodati, para  consolarse del frío verano del siglo, provocado por la erupción de un volcán en los Mares del Sur, Lord Byron propone a sus invitados Percy Bysshe Shelly, su amante Mary Wollstonecraft, Claire Clairmont, hermanastra de Mary y a John William Polidori escribir cada uno un relato de terror. Todos inician la tarea, pero solamente Mary y el médico la concluyen. Crearán respectivamente Frankenstein o el moderno Prometeo y El vampiro.
   Polidori ve publicado su manuscrito de El vampiro pero atribuido a Lord B, y se siente doblemente resentido porque el triunfante Frankenstein del que todo el mundo habla es el fruto de la utilización de una idea suya por Mary Wollstonecraft. Incapaz de sobreponerse a la amargura y a la frustración por lo ocurrido aquella noche en Villa Diodati, su vida transcurre en caída libre: un fracasado que solo halla consuelo en el opio.
   En este paria se centra la novela de Emmanuel Carrère al que sigue y sobre el que novela en un penetrante juego de espejos. Contemplamos a Polidori ridiculizado por Mary, una arpía que le humilla como autor de El vampiro. Rumia su humillación y le observamos en su derrota tras la inútil lucha por un reconocimiento literario negado y una vida malgastada y reducida a la nada, víctima de una mascarada en la que le habían colocado, y que oculta, en un juego de espejos, al verdadero Polidori. Pierde así mismo el favor de Byron y asume el papel de chivo expiatorio.
   Es aquí cuando la novela de Carrère da un giro de ciento ochenta grados y nos presenta a Polidori transformado en un personaje recreado por la pluma de una especie de su alter ego, un escritor, el capitán Walton que está ideando una versión alternativa de la historia de Frankenstein. Comparece así en la novela el monstruo, Victor Frankenstein, en variaciones distintas de la historia escrita por Mary Wollstonecraft. Y es entonces cuando Carrère sitúa al lector en el presente en el que aparece Ann, una escritora de novela rosa dispuesta a investigar lo ocurrido durante la lejana noche en Villa Diodati. Con ese propósito visita a Walton y de este modo se inicia una novela de novelas. Se multiplican las variaciones; el autor despliega un juego de muñecas rusas: relato gótico de cuyo interior brota una novela rosa y de esta un relato detectivesco y de ciencia ficción.
   Bravura es una construcción novelesca que se aproxima al concepto de “novela ramificada” o al libro infinito que Jorge Luis Borges, el gran precursor de los caminos de la postnarrativa, planteara ya en el lejano 1941 en Examen de la obra de Herbert Quain (El jardín de las sendas que se bifurcan): un modelo narrativo que pretende acercarse al infinito. Ese orden binario por el que optarán los demiurgos y los dioses: infinitas historias infinitamente ramificadas. Estructuras arborescentes de las que ya había hablado Walter Benjamin; o el libro rizoma que asumen Deleuze y Guattari: el uno, el árbol raíz que deviene dos, y este deviene cuatro…
   Bravura se acomoda en buena medida a este modelo: una historia, la de Polidori que se divide en fragmentos, en una miríada de eventos. El resultado es una pieza narrativa de gran complejidad formal, especialmente a partir de las primeras setenta páginas cuando Carrère gira el manubrio de una vuelta de tuerca radical, y el capitán Walton esboza las primeras palabras de la versión alternativa de Polidori, y se pone en marcha el juego de espejos que retuercen el argumento de forma, a primera vista, artificial y de difícil comprensión para un lector normal, incapaz quizás de comprender la ligazón existente entre esas historias ramificadas. Sin embargo, una lectura perseverante y cierta querencia hacia la literatura más vanguardista permitirán comprender el gran virtuosismo que en Bravura despliega Carrère: habilidad para multiplicar las variaciones, como anotó en su día Le Figaro; la indagación que el narrador efectúa en los mecanismos de la creación literaria o la relación del escritor con su obra y especialmente con sus personajes.
  Un claro ejerció metaliterario, un desafío, por lo tanto, a la inteligencia y a paciencia lectora con esa ramificación de historias, con tramas cuyos engranajes no son fáciles de captar y que, podríamos decir, ofrecen un gran tributo a la fantasía, mediante la que Carrère resucita a Polidori y le concede el lugar literario que la Historia le negó. Pero Bravura no deja de ser un edificio narrativo con habitáculos tan variopintos que probablemente confundirán al lector y le harán naufragar en una estructura rebosante de virtuosismo, pero también propicia a provocar confusión.

Francisco Martínez Bouzas

                                                 
Emmanuel Carrère

Fragmentos

“Teresa ejerce la prostitución ocasional que le permite sobrevivir con una especie de donaire infantil, un poco bobo, piensa Polidori, y aunque se vea obligada a plegarse a los caprichos de sus clientes, que reclaman las caricias menos inocentes, muchas veces les añade una delicadeza de chiquilla, una carantoña más adecuada para seducir a un tipo viejo que te mima que a un hombre de brega sexualmente frustrado. Durante las tres semanas que llevan cohabitando en la casa vacía sólo ha hecho el amor una vez con Polidori. Ni a ella, para quien constituye su sustento, ni al joven, al que el abuso del opio y el odio vuelve impotente, les interesa realmente la experiencia y no la han repetido. Pero a él le reserva las caricias tenues que sus clientes rechazan a menudo, y cuando están juntos se empeña en enroscar los rizos de su cabello alrededor de los dedos de los pies de Polidori, en roerle las uñas e incluso en ejecutar lo que parece ser su zalamería preferida, que ella llama el beso de la mariposa.”

…..

“El verdadero Polidori, portador de la máscara que le habían puesto para que no le reconocieran, veía en el espejo que completó la galería especular de sus noches a un falso Polidori que llevaba una máscara representando al verdadero. Todos los espejos hacían muecas, ninguno podría ya nunca reflejar la imagen del Polidori ideal, el que sería famoso y adulado a los veinticinco años. Y si aquel Polidori, incluso proyectado en un futuro cada vez más lejano, había perdido todas las posibilidades de realizarse algún día, no era simplemente por culpa del Polidori impotente, sino también por culpa del mundo que le había vestido con un ropaje de payaso, de tal modo que si alguna vez llegaba a escribir la obra tan soñada, aunque superase en grandeza a Shakespeare, no le reconocerían nunca esta gloria. Antes incluso de leerla, los editores verían la firma y se partirían de risa.”

…..

“Mientras se viste él también, titubeando para introducir los pies en los mocasines que el empeine ya maltratado deforma, la lleva hacia la ventana y le señala con el dedo la pequeña terraza que ella ha visto la víspera. Es casi de noche. Como no hay nadie en el paseo azotado por la lluvia, parece aún más aislada, protegida por una techumbre liviana cuyo saliente no impide ver una de las tumbonas ni la mesa en la que han depositado un candelabro cuyas cinco velas agitan sobre el suelo de baldosas las sombras de los árboles que baten en el parapeto. Dos formas blancas, eléctricas, atraen la mirada: son las perneras del pantalón de un hombre que se estiran sobre el posapié de la tumbona y luego se entrecruzan. Desde su puesto Ann no ve nada más, pero adivina que el hombre es Julián. Ella pronto tendrá que bajar a la terraza. Está muy tranquila.
-Villa Diodati -anuncia Allan con el tono de un recién casado que muestra a su esposa su residencia ancestral-. La suerte del planeta está entre tus manos -añade.
En este momento llaman a la puerta de comunicación que da a la habitación contigua.
-Ah -dice Allan-, es el capitán, vamos a poder empezar en serio.
Descorre el cerrojo para abrir la puerta detrás de la cual se encuentra, por supuesto, el capitán Walton, vestido con un pantalón de tela ligera y, a falta de una camiseta, un polo de manga corta por el que asoman unos brazos endebles de adolescente. Su sonrisa es infantil, expresa una sobreexcitación benévola.”

(Emmanuel Carrère, Bravura, páginas 10, 34, 257)

lunes, 13 de febrero de 2017

LA "IMPUDICIA" DE HABLAR DE LA MUJER



Impúdicas
Arabella Salaverry
Uruk Editores, San José (Costa Rica), 2016, 145 páginas.

   Poeta y actriz de raíces caribeñas y de larga trayectoria, Arabella Salaverry realiza en Impúdicas una afortunada exploración en el territorio de la prosa. Un libro que llega avalado  por el Premio Nacional de Cultura Costarricense 2016 en la categoría de cuento, galardón concedido el 30 del pasado mes de enero. Su obra poética decididamente combativa a favor de la mujer -recuerdo Dónde estás Puerto Limón- cede ahora el paso a la prosa para librar la misma batalla por la mujer en el territorio literario del relato de mediana extensión, y cuyas substancias diegéticas más profundas provienen de los materiales que Arabella Salaverry atesoró en el tiempo y en el espacio de la infancia, en ese Limón tropical, “lleno de abanicos verdes” , pero también del universo femenino, engullido por el silencio, por la invisibilidad que tantas mujeres soportan en geografías no solo tropicales.
   Un libro rotulado con un título muy sugerente y que sí, tiene que ver con el decoro y la desvergüenza porque Arabella Salaverry tiene el impúdico descaro de tematizar en sus cuentos aquello de lo que no se habla: de las mujeres, olvidadas en su verdadera y plena condición de seres humanos, sujetos dotados de la misma dignidad que los varones. Sobre esas mujeres silenciadas que buscaban y buscan “horizontes para su miseria” (página 23) giran los relatos de Arabella Salaverry. Historias de mujeres de todos los nombres, apellidos y continentes pero a los que la narradora bautiza con sobrenombres que empiezan por a. De ellas  y sobre ellas escribe Arabella. Sobre sus torturas, bofetadas de la vida, destierros, angustias, soledades, esperas, destinos marcados para siempre, amores contrariados, o amores que casi terminan en besos, o que florecen montados en una bicicleta; sobre sueños femeninos eludidos para protegerse la niña de la mano canalla que pretende invadir sus rincones tibios; sobre esa capacidad de sobrevivir gracias al olvido; sobre recuerdos turbios o manos dulces en contraposición con la que habita en la memoria porque el cuerpo no olvida las marcas del placer pero tampoco las de le vejación; sobre mujeres que pierden sus alas de ángel ante la furia masculina abriendo sus carnes porque las mujeres siguen sin ser dueñas de ese territorio limitado que es su cuerpo (página 74).
   Una inmensa geografía de lo femenino herido, vejado, en la que la voz narrativa homenajea a la mujer ultrajada de todos los siglos y de todos los territorios, aunque la narradora las localiza en el trópico centroamericano. “No es fácil ser mujer, esa construcción de la sociedad”. Así reflexiona en uno de los relatos la autora. Y frente a esa constructo social, Arabella Salaverry se muestra abiertamente combativa, y lo hace narrando en positivo las rebeldías femeninas, las ansias de libertad, las excentricidades, las múltiples formas que algunas mujeres eligen para estar en el mundo.
   Mas la voz acusadora de Arabella Salaverry no está reñida con la evocación, y como en duermevela -así titula la autora la segunda parte de su libro- evoca, en historias posiblemente extraídas del arcón de la memoria infantil, a figuras femeninas, algunas tan entrañables como la de la abuela y su deseo infantil de estar a la última moda, a pesar de haber parido doce hijos que quizás fueron sus felicidad, pero también su cárcel. Otras tan trágicas como la de Amanda, colgada de una viga con la cadena de su perro. O los trastrueques mentales de Alina, su espíritu independiente que le hace permanecer sola en el ojo de la tormenta de las acusaciones.
   Recordación así mismo plasmada en prosa vigorosa y nostálgica de instantáneas grabadas en las pupilas de la memoria: la tarde del circo furtivo que emociona a la niña; la de la mujer que se muere de pudor o tal vez de soledad. Y escenas familiares teñidas con la magia de los trópicos. Así como las amistades y los amores femeninos capaces de abrir las puertas de la libertad y permitir emprender el vuelo.
   Un libro marcado en femenino, que homenajea a las mujeres,  a las que callan ante los victimarios y a aquellas que están convencidas de que la vida es imperiosa y, por lo tanto, asumen su empuje y tiran siempre para adelante. Todo ello absorbido lingüísticamente en un estilo de prosa tan sensorial que nos traslada a los trópicos, a las costas caribeñas y se viste de todos sus colores y olores. Ese mar omnipresente en la obra literaria de Arabella Salaverry, y que siempre alivia, que es medicina infalible, que acomoda las cosas (página 54).

Francisco Martínez Bouzas

                                               
Arabella Salaverry

Fragmentos

“De nuevo pensó en qué momento se torció su destino. Cómo y por qué había ido a parar a ese puerto perdido, Puerto Limón, en esa América  inhóspita por lo salvaje, por lo exuberante, tanto verde y tanta selva, árboles que no terminan nunca tapando el sol y perdiéndose en lo alto, humedades y selva, tan lejos de su casa, tan lejos de su Muelle de San Beltrán allá en su Cataluña extraviada, donde llegaba en las tardes de verano a escuchar el sonido acompasado del mar, de su Mediterráneo doméstico y familiar. ¿Qué hacía allí, en aquel lugar húmedo y endemoniadamente caliente, embutida en el vestido de manola, si su vida había quedado en Barcelona? ¿Qué hacía allí frente a ese mar de altas olas entre palmeras y perezosos? Y además, ¡bailando flamenco!”

…..

“En ese mundo distinto, al que llegó empujada por su destino de tortura y de miedo, empujada por el dolor que se cobija sordo cuando tu país se transforma en un manto helado en donde el temor es el amo, y donde cualquier paso en falso puede significar la muerte, Azucena se mantiene latente. No está viva. Sabe que el pasado está en el pasado, -su universidad, los compañeros, las huelgas y las manifestaciones- pero salta en los momentos menos oportunos y produce un temblor, una agonía que no se agotan. Existe un país de picana y de cepo, un país de manos que ensucian, cortan la piel con cuchillo y con aliento, donde sus nichos sagrados fueron invadidos, donde sus senos jóvenes fueron palpados  una, otra vez, unas manos, otras, dolor aún después del dolor, sus rincones manchados, más dolor, un país del cual ella trabajosamente pudo huir, y el que menos quiere recordar. Un país que fue el suyo y que ahora se ha transformado en un recuerdo turbio. Le ha tomado mucho, mucho olvidar. Y a pesar del tiempo a veces cree que no lo ha logrado.”

…..

“Una fiesta. Lo mejor del puerto a la orilla del río. Las palmas reales se disparan al cielo y los macizos de ginger con sus enormes hojas de verde inconcebible, sus flores furiosas salpicando de rojo el verde desbocado de la vegetación que al menor descuido se desborda. Las mesas cubiertas con manteles de lino, el aire tibio que llega desde el mar mece el ambiente. Una larga hilera de negros pulcros en sus trajes blancos sirve de mil formas distintas el pescado. Mientras los músicos desde una tarima ponen su esfuerzo en tocar sus instrumentos, el capitán holandés del barco que había atracado ayer se deja estar mirando atentamente las piernas de Aura y su cabello rojo, percibiendo el olor agridulce que despide. Ella no se siente bien. Un dolor improvisto la recorre, pero no la derrota. Ese día lo más importante es la fiesta, el atardecer en el río y la luna dispuesta a iluminar en cualquier momento.”

(Arabella Salaverry, Impúdicas, páginas 21-22, 51-52, 100)

sábado, 11 de febrero de 2017

LAS ENTRETELAS DE UN ADULTERIO



Jugaban con serpientes
Francisco Solano
Editorial Minúscula, Barcelona, 2016, 150 páginas.

   La obra narrativa del escritor y crítico literario Francisco Solano (Burgos, 1952) constituye uno de los recintos más singulares y desconocidos, y a la vez más sólidos, de la actual literatura española. Una obra frecuentemente emparentada con la mejor tradición literaria centroeuropea. Una narrativa consiste que se manifiesta tanto en la novela como en el relato breve. Tal es el caso de Jugaban con serpientes, una novela breve o un relato largo, editado recientemente por Editorial Minúscula, que le ofrece al lector una original visión reflexiva de una relación adúltera. No son ajenas a la literatura las tramas basadas o derivadas del amor adúltero, un tema humano conflictivo y delictivo en algunos casos, al menos en el territorio de las conciencias, y por consiguiente propicio para su novelización.
   La infidelidad ha nutrido novelas memorables en todos los tiempos, como Las amistades peligrosas de Chordelos de Laclos, Rojo y Negro de Stendhal o Madame Bovary de Flaubert. Pero lo que en ellas suele primar es la imaginación de aventuras y transgresiones, la pasión de vivir plenamente un raudal de emociones, la descripción excitante de los sentimientos, las consecuencias de la infidelidad, considerada por ejemplo como uno de los grandes vicios desorganizadores de la vida social.
   El tratamiento literario del adulterio con el que Francisco Solano desarrolla su novela, camina en otra dirección: es un intento de comprender la infidelidad por parte de un anónimo narrador, “el otro”, amante ocasional de Cristina, una mujer casada. Un verdadero triángulo amoroso en el que el protagonista más importante es el personaje ausente. El marido al que engaña su esposa, y cuya vida enigmática y personalidad borrosa lo convierte en un fardo en los brazos de su cónyuge, que acepta tal situación para no parecer una viuda reciente.
   La novela, más que de acciones o de relatos de encuentros clandestinos -muy escasos por cierto-, se alimenta de reflexiones sobre las motivaciones de los adúlteros y de una imaginaria reconstrucción de la personalidad del marido engañado. El anónimo narrador confiesa haber sido amante de muchas mujeres casadas, pero un amante adiestrado en el arte de saber escabullirse cuando el matrimonio renueva su confianza. Piensa pues que la infidelidad, seguida de un supuesto sacrificio, contribuye a la estabilidad de las parejas, ya que cumple una misión delictiva a la que seguirá inexorablemente una cancelación. Por eso mismo, se sentía útil. Se adaptaba al modelo de amante furtivo, cedía a comportamientos parecidos al amor, aunque solamente fueran una interpretación, y medía sus palabras para que la relación no se prestara a equívocos sentimentales. Y es consciente de que le debe al marido de la adúltera el hecho de que Cristina le hubiera elegido para consumar sus deseos sexuales, y acto seguido huir de la cama debido a la necesidad que ella sentía de volver con Santiago, su marido, y ocupar de nuevo su lugar de mujer casada. Una relación adúltera que en el fondo no es más que un intercambio de servidumbres.
   El tercer componente del triángulo es el marido ausente, un hombre borroso, huidizo, con propensión a ser un fantasma para acostumbrar a su mujer a su ausencia. Aparece revestido de la imagen que de él se forma el narrador, tras haberle conocido superficialmente. Una imagen que convertía en virtud la deslealtad y las maniobras extraconyugales de su esposa.
   Así pues, un relato sobre las razones profundas de un adulterio en el que ninguno de los protagonistas del mismo está dispuesto a verse en otra condición que no sea la de amante. Con abundantes e incisivos interrogantes tanto sobre al adulterio, su naturaleza, su finalidad (quizás el amor clandestino no se opone al matrimonio sino que lo fortalece), como sobre la relación de pareja y su inevitable erosión: “Las relaciones no se terminan si no se rompen, pero se dejan desgastar” (página 108). Una historia más interior que exterior que el autor desarrolla con una lógica irrefutable y con una prosa intensa y minuciosamente labrada, rica y poderosa.

Francisco Martínez Bouzas

                                                 
Francisco Solano, Fotografía de Gloria Gauger

Fragmentos

“Fui el otro con Cristina, y con Amelia, y con Viviana, y con… La enumeración sería equívoca y tormentosa; basta declarar que no me faltaba experiencia en ser relegado, y al cabo me adiestré en escabullirme cuando el matrimonio renovaba su confianza; antes de que el nuevo régimen exigiera la supresión del amante (sospechado, pero no confirmado). Mi sacrificio contribuía, pues, a la estabilidad, y ninguna mujer me lo agradeció. Cumplía una misión delictiva, pendiente de una cancelación anunciada; pero no puedo negar que, al descomponerse la dirección de mi deseo, no podía evitar la sensación de haber sido útil, no a la fatal adhesión del corazón de una mujer, sino al acatamiento de un pacto económico; durante dos semanas, o tal vez tres, yo era un cuerpo abolido y desorientado. La tarde en que, asaltado por el recuerdo de Cristina, sentí aquel ímpetu de derroche (un vestido no es un detalle) caí en la cuenta de mi debilidad, y empecé a temer el momento de la cancelación.”

…..

“No esperaba de su parte ninguna precipitación, y yo me veía más bien arrastrado, aunque también complacido. El azaroso encuentro tomaba un rumbo que me excedía: ella me conocía por un nombre falso, pero no iba a entrar en una casa ilusoria. En el ascensor tuve la tentación, y busqué en sus ojos la indulgencia que podría venir de la sinceridad, pero parecían ansiosos por diluirse en su pigmentación, en el marrón veteado de las nueces, y más que replicar a mi mirada se diría que la recogía para distribuirla por todo su cuerpo. Se apoyó con languidez, extendió los brazos y bajó pausadamente los párpados, como vencida por algún cansancio. No era sinceridad lo que ella quería, sino la turbulencia de la ignorancia. Ya dentro de la casa se asomó al balcón, y en la silenciosa contemplación la vi envuelta en una suave melancolía, enfrentándose a un dolor que persistiría más allá del placer. Me pidió luego que apagara la luz, y cuando entró en la cama su cuerpo, simultáneamente fresco y agrio, olía a adolescencia triste; su boca, sin embargo, escondía un dulce fango con insólitos peces vivos.”

…..

“Nada impide  a una mujer casada y a un hombre sin compromiso dormir juntos a cualquier hora del día, si así lo deciden ellos contra las circunstancias, pero se interponen tantos factores que, a la hora del pacto, cada uno debe olvidar de dónde viene y conciliar armónicamente voluntad y deseo. Y lo peor es que, si se logra (y ciertamente se logra, aunque sea un instante) nos afiliamos a la fatalidad, y lo que había sido un tanteo de fascinación y torpeza, un juego de equívocos, predomina después en el ánimo. Hay en ese lapso una predisposición al reencuentro que solo necesita un aviso. Si aceptamos esa llamada, comenzamos una peripecia sentimental, una fábula con progresión y desenlace, y con la conclusión viene el registro, la archivística de la memoria, y a partir de ahí se construye la narración moral del idilio, nuestra participación agradecida o insensata en la historia del deseo.”

(Francisco Solano, Jugaban con serpientes, páginas 18-19. 38-29, 117-118)