viernes, 19 de agosto de 2016

"DÍAS CONTADOS": LAS IMÁGENES REALISTAS DE LA MOVIDA MADRILEÑA



Días contados
Juan Madrid
Alianza Editorial, Madrid, 2016, 271 página

   Alianza Editorial ofrece una nueva edición de Días contados, novela publicada por primera vez en 1993 y que ha conocido varias reediciones. También una exitosa versión cinematográfica dirigida por Imanol Uribe, si bien con una trama que difiere en algunos aspectos: Antonio el protagonista no es ningún pistolero de ETA. Su autor, Juan Madrid (1947) es un prolífico escritor de novela policiaca, periodista y guionista de cine y TV. Con días contados aparcó momentáneamente Juan Madrid el género detectivesco y criminal, y sacó a la luz del libro impreso una de sus grandes obsesiones: el retrato social descarnado de un tiempo, en buena medida mitificado: la Movida madrileña de la década de los ochenta, y el “realismo” del enriquecimiento y de la acomodación al poder de muchos “rojos” que habías sido huéspedes de las cárceles franquistas y que ahora, “con la cabeza sentada”, se decantan por enriquecerse.
   El autor deja claro en una nota introductoria escrita para esta edición que todo lo narrado en la novela lo vivió durante más de veinte años en el barrio madrileño de Malasaña, y desde Malasaña y “desde abajo”, metido en el mundo de los explotados, los miserables y la pobre gente que va por la vida a pie, sin futuro ni esperanza. Juan Madrid cuenta pues la Movida madrileña y lo hace, no desde el análisis glorificador, sino desde el realismo de lo que fueron aquellos años. Lo hace en diferido, con una mirada retrospectiva pero llena de clarividencia, sin maquillar la realidad, sin ocultar la mierda, la sordidez y la explotación.
   Por eso, los verdaderos protagonistas de la novela no son los progres, los niños bonitos, los reconvertidos en empresarios explotadores que van pasar una noche de copas con compañía femenina extraída de entre las prostitutas yonquis. Tampoco los que han olvidado sus ideales de lucha contra el franquismo y ahora apuestan por ganar dinero a espuertas, sino los habitantes del subterráneo. Antonio, un fotógrafo que pretende cumplir un encargo de la Comunidad madrileña, una guía fotográfica de la Movida y retratar el barrio de Malasaña, lo que ve en sus calles, plazas, bares garitos; y dos prostitutas de las que se hace amigo, que sueñan con ganar dinero a base de mamadas y de la venta de papelinas de coca en una fiesta de señoritos para la que están contratadas. Y en torno a ellos, una difusa tribu urbana: pringados, camellos, víctimas del caballo o del sida, policías corruptos y vengativos, abogados laboralistas que cambiaron su pasado de lucha política por la lucha por enriquecerse. Los que lucharon contra Franco, a la muerte del dictador, se hicieron lúdicos y ahora se dedican a forrase de dinero. Es la movida de la pasta.
   Lo que nos muestra la novela son los rastrojos más descarnados de lo que fue la Movida. Y lo hace a través de un caleidoscopio y con un personaje central: un héroe, o mejor dicho antihéroe, que instalado en un perpetuo fracaso, aunque bien llevado, quiere hacer el mejor libro de fotos del mundo. Él, con una moral acomodaticia, será el hilo conductor de la trama: él y sus fotos de las amigas prostitutas yonquis a las que retrata en todas las posturas: pinchándose, preparando chutes de caballo, calentando la cucharilla, con la jeringuilla clavada en el cuello, masturbándose en una bañera… Fiestas sórdidas, pero de gente real que su hermano y editor, reconvertido de rojo a aspirante  a rico, se niega a editar porque quiere fotos lúdicas, alegres, no vomitivas. Pero el fotógrafo Antonio lo que hace es fotografiar la vida. Y la vida son tías en pelotas que se hacen pajas, tíos drogándose, camellos cortando la droga y engañando y robando a sus clientes. Esa es la verdadera vida de Malasaña y de tantos otros barrios de Madrid. Fue lo que quedó después de la muerte de Franco, después de la democracia: chicas podridas por la droga que tienen que prostituirse para sobrevivir, gente que no sabe qué hacer ni a dónde ir, atrapados en sus vanos e ilusorios sueños. Ellos son la generación perdida. Morirán muy pronto y nadie contará sus vidas, sus sueños. Ni siquiera registrarán su muerte. Los otro, la gente guapa que había cambiado las chaquetas de pana por trajes de Adolfo Domínguez, serán los grandes explotadores, los que organizan fiestas y orgías.
   Novela intensa, muy dura, mas transitada  por momentos de ternura, como la inesperada y sórdida  historia de amor del fotógrafo y una de las chicas yonquis prostituta. Un amor de desgracias que Juan Madrid sabe retratar con el ritmo adecuado que exige el pasado y el presente de ambos personajes. En definitiva, Juan Madrid escribe con esta novela un buen ajuste de cuentas con la Movida madrileña y la pone en su sitio. Y por eso mismo, Días contados es también una novela catártica.

Francisco Martínez Bouzas

                                                  
Juan Madrid
Fragmentos

“La chica estaba acurrucada en la puerta y parecía dormir. La minifalda vaquera, subida hasta más arriba de los muslos, mostraba el comienzo de una nalgas respingonas, sin bragas, por donde se escapaban pelos negros y retorcidos.
Se detuvo  a su lado, conteniendo la respiración. Las nalgas eran perfectas, blancas. Los pelos parecían hormigas trepando por un montón de azúcar.
Le sacudió el hombro y ella se pudo de pie de un salto. Su sonrisa le abrió la cara.
-Me he dormido -le dijo-. ¿Vives aquí?
-Sí, es mi casa.
-Entonces voy a ser tu vecina. Mi amiga Vanesa y yo hemos alquilado la buhardilla de al lado. Me llamo Charo, ¿y tú?
- Antonio.”

…..

“Vanesa y Lisardo mordisqueaban galletitas de nata que había traido Antonio y veían su televisión portátil.
Ugarte pasaba las hojas de una raída revista Motor 16.
-¡Eh, ahora me voy a quitar la ropa de todo. No os vayáis a poner cachondos ni nada de eso, ¿vale? -dijo Charo.
Antonio hizo un gesto con la mano, como si no le diera importancia, y Charo terminó de quitarse la minifalda y comenzó a extenderse crema por la parte alta de los muslos, el estómago y las nalgas. Cuando terminó se limpió los dedos en el vello del sexo.
Días antes, Antonio había visto asomarse por la puerta del cuarto oscuro a una rata negra y peluda que le había mirado fijamente antes de desaparecer detrás de la cubeta de revelado. La rata tenía el pelaje húmedo y reluciente, como si hubiera estado en el agua. Aquello le hizo pensar en un posible conducto directo y secreto entre las cloacas y el edificio. El sexo de Charo le recordaba aquella rata.”

…..

“Claro, hija, la verdadera Movida duró solo unos cuantos años. Puede decirse que empezó después de febrero del ochenta y uno, cuando se acabó el golpe de Tejero, y tuvo su punto en el ochenta y dos y en el ochenta y tres…y, si acaso, un poco más, pero ya está…Madrid se llenó de galerías de arte, de revistas como La luna de Madrid y Madrid me mata…Era también la época de los fotógrafos y de los animadores culturales, fíjate tú…bueno y de los pinchadiscos. El PSOE copó todos los Ayuntamientos y las Diputaciones en las elecciones del ochenta y dos y se dedicaron a dar dinero y subvenciones a tuti plen…Cualquiera que tenía una idea iba a un Ayuntamiento socialista o a una Diputación y le prestaban dinero a fondo perdido. En realidad la cosa empezó ya a la muerte de Franco, pero en los años ochenta y dos y ochenta y tres…Qué quieres, hija, España se puso de moda en todo el mundo…Bueno, sobre todo Madrid…A mí me han hecho entrevistas de casi todos los lados…Alemania, Francis, Italia. Nueva York…A propósito de Nueva York. Íbamos y comprábamos ropa y discos a cada instante…a ver exposiciones, conciertos. La cultura americana nos flipó.”

(Juan Madrid, Días contados, páginas 22, 55, 237)

sábado, 13 de agosto de 2016

"POESÍA DE LA CONCIENCIA": DOS POEMAS DE JUAN CARLOS MESTRE




Juan Carlos Mestre
   Juan Carlos Mestre (Villafranca del Bierzo, León, 1957) es un creador integral: pintor, grabador, ensayista y uno de los grandes poetas de la lírica actual en español. Algunas de sus producciones  poéticas como La tumba de Keats (1999), La casa roja (2008) o La bicicleta del panadero (2012) son libros fundamentales de la poesía española contemporánea. Juan Carlos Mestre ha obtenido los premios más selectos del panorama poético español: desde el Premio Adonais de Poesía (1985), el Jaime Gil de Biedma (1992), hasta el Premio Nacional de Poesía (2009) por el poemario La casa roja.
   Poeta torrencial, onírico, pasional, fantástico, pero también rebelde, irreverente, político, civil. Su poesía destila color y acordes musicales, mas también hirientes dardos verbales contra la barbarie y la usura del neoliberalismo/neofeudalismo actual, y contra tantas corruptelas que se quieren hacer pasar por prácticas religiosas. Él mismo escribe que, si algún sentido tiene hoy la poesía, es la fundación de un acto, nuevo o reiterado, de conciencia. Y con el término conciencia define su obra: una amalgama de conciencia crítica civil y política y, a la vez, conciencia de la propia materia poética: la búsqueda y el cuestionamiento de todas las potencialidades del lenguaje. Con este lenguaje aspira a que el poeta se convierta en testigo incómodo del presente, porque la poesía necesariamente debe ser “la voz moral de los pueblos, la articulación crítica de la conciencia (…), y el poeta, enfrentado al tiempo y fijando en su palabra aquello que borran los discursos del poder, del sistema y los actos de fuerza, ofrece la perdurable duración de la palabra”. Seguir recordando para qué fueron hechas palabras como piedad, misericordia. Y sobre todo, captar y hacer efectivo el significado de la palabra justicia, cuando “una bebida refrescante con burbujas se ha apropiado del discurso de la felicidad”.
   Quizás un cierto irracionalismo reviste su poesía, pero los versos de Juan Carlos Mestre nunca dejan de cimentarse en la realidad. Y el poeta torrencial nos percute y fulmina con efectivas cataratas de imágenes, metáforas, figuras, juegos lingüísticos que amplían el poder y los horizontes significativos de la palabra. También en los textos poéticos de Juan Carlos Mestre tiene lugar una superación del concepto tradicional de poesía, pero más que transgresión deconstructiva de los géneros, lo que se produce es un diálogo entre el verso y la prosa. Y así mismo, entre dos culturas y entre dos lenguas: la alta cultura y la cultura popular; la lengua que es extranjera dentro de la propia lengua y la lengua habitual, enraizada en el habla cotidiana.
   Para acercarnos a la obra poética de Juan Carlos Mestre, reproduzco dos poemas: “Llueve, llueve sobre las cúpulas bruñidas por el beneficio” y “Todos los libros llenos de palabras”. Los contextualizo con dos breves referencias a los poemarios de los que han sido extraídos (La tumba de Keats y La bicicleta del panadero)
                                                  
                                                 
Portada de la segunda edición
                                                
La tumba de Keats: escrito durante la estancia del poeta en Italia (1997-1998) y publicado en 1999 por Hiperion y en 2016 por Calambur. El libro es un largo poema que se desliza por el cementerio no católico de Roma en el que se hallan las tumbas de Keats, Shelley, Gramci y tantos seres anónimos. La palabra poética se expande sobre la tierra de Roma, navega por el Tevere, se sumerge en la secular historia de la ciudad, “en  la que cada piedra puede ser una lápida”. La voluntad utópica enfrentada a los grandes relatos del horror,  a las cuentas y balances del poder y de la muerte. Por eso mismo La tumba de Keats, como ha escrito Juan M. Molina Damiani, “se conforma como una autopsia de Roma, metonimia escatológica de la podredumbre de la iglesia capitalista, de su banca, de sus ejércitos, de su burocracia, de su pancapitalismo nada cristiano”. El relieve semántico de los términos reiterados en las anáforas del poema que reproduzco, intensifica la condena de los beneficios capitalistas, de la especulación, la usura y del sistema de creencias y de prácticas que configuran la “gran cloaca romana”, tan alejada de la fe cristiana.


LLUEVE, LLUEVE SOBRE LAS CÚPULAS BRUÑIDAS POR EL BENEFICIO


“Llueve, llueve sobre las cúpulas bruñidas por el beneficio,
sobre los estandartes empapados por la usura del comercio llueve,
llueve sobre los muros del Pontificado y los altares de lo Absoluto,
todo el día llueve bronce sobre las campanas, sangre sobre las espuelas,
llueven monedas de oro sobre el árbol de los abstinentes,
llueve saliva de óxido sobre la teogonía de los metales,
sobre las estatuas fundidas con la brevedad de los hombres,
llueve sobre las llagas barrocas de la fe y sobre la corona de espinas,
sobre San Sebastián según un modelo de Bernini atravesado por el acero,
llueve la polilla del psicoanálisis sobre las negras sotanas,
llueve en las afueras del hombre y en las cercanías del otro hombre que va en él,
llueve sobre una mujer, la lluvia deja de ser lluvia, la mujer deja de ser mujer,
llueve sobre lugares húmedos y el agua de los estanques favorable a la peste,
llueve sobre los puentes y sobre el jardín en la casa de las prostitutas,
llueve sobre los muchachos amenazados por el resplandor de la velocidad
y el reclinatorio de los que van a morir a la edad de los príncipes.
Aquí hay otra escritura, aquí amor y pájaros góticos contra la solemnidad del eco,
aquí las viejas semillas, la madera de cruz plantada por la mano del romano,
el burgo erigido hace ahora dos mil bajo las estrellas que inventó Copérnico,
el mausoleo en cuya avaricia vive predestinada Roma, desvalida y esclava,
el déspota que huye hacia otra ciudad que no existe en un caballo de hierro.
Este es el lugar donde el escéptico le da la mano al inmoral
y llamo inmoral a aquél que carece de la virtud de reconocerse en el otro,
el insumergible en su mina de talco, el que ejerce la jerarquía como innato derecho
y construye su tormento sobre la escoria de otros,
el obsesivo en la negación de los actos ajenos,
el impostor que muta, el himno con el que se alaba lo que se desprecia,
                           la cautela ante el gozo.
Hablad voces de la decrepitud, hablad bajo los párrafos inciertos
                           del que padece memoria,
lo que bajo las costillas del puente dedicado a la memoria de Umberto Primero
                           es escritura de la gran cloaca romana,
allí donde la deformación de la belleza conduce el pensamiento
                           del hombre a la embriaguez,
donde la persistencia de la hermosura abre su ojo de cíclope y extravía a los adúlteros
                           por un paisaje con niebla.
Toda la vida se parece a mi vida.
la cabeza de Minerva y la de San Juan Bautista.
el tributo con que paga el hijo la cripta de su padre.
el agua del Nilo con que hace su pan el herrero, la pasta de polvo con que imita
                           el albañil las piedras,
la destilación de la música en los pasadizos, la lengua del Tíber abriendo
                            las aldabas de la noche,
toda la vida se parece a mi vida.
el ojo del insubordinado se parece a mi ojo, la boca del inexistente se parece a mi boca,
el gusano pasta la yema del jaguar, la metafísica hace su aparición en la anestesia,
el convicto ha cancelado su pacto con la respiración, el papiro ha cerrado
                            su acuerdo con las lianas secretas,
la incinerada vocal de la náusea es inminente.”


                                               


La bicicleta del panadero: publicado en el año 2012 por la Editorial Calambur. Es un texto de poesía atípico  por su extensión (480 páginas), anacrónico frente a la omnipresencia del poemario de escasas páginas. El título hace referencia a la bicicleta de las experiencias infantiles del poeta en el pueblo natal, donde el padre  repartía a diario entre sus vecinos el pan que cocía en la panadería familiar, pedaleando en una bicicleta. Juan Carlos Mestre integra en los numerosos poemas de  La bicicleta del panadero la cultura popular y la cultura exquisita, renovando así, como escriben sus editores “el diálogo con la conciencia civil: una conmovedora visión de las utopías de la felicidad, la desobediencia ante el sufrimiento y la insurrección  estética como acto de legítima defensa frente a los discursos de dominación. El poeta le cede la voz a una polifonía de voces que van desde el herrero, el albañil, el carpintero, el hojalatero… hasta el poeta y al más humilde de los mendigos. Integración así mismo y borronamiento  de la alta cultura (Shakespeare, Hölderlin, Rilke…) y la cultura popular, aludida ya en el título de un texto mayor, un poemario en el que el Juan Carlos Mestre más audaz e irreverente y también divertido nos deslumbra y encandila con la precisión y riqueza del lenguaje poético

 
TODOS LOS LIBROS LLENOS DE PALABRAS

“Y todos los libros llenos de palabras
y todos los calendarios llenos de días
y todos los ojos llenos de lágrimas
y llena de nubes la cabeza de todos los mares
y llenos de coronas y puntapiés todos los relojes de arena
y de jirafas molidas todos los pechos condecorados
y todas las manos llenas de verano y caracoles marinos
y todos los dormitorios llenos de manojos de explicaciones
y de pantalones disecados las sillas en todos los prostíbulos
y todos los huecos llenos de público
y todas las camas llenas de electrocutados
y todos los animales llenos de espíritu y pánico
y de feroces gritos los árboles en todos los aserraderos
y todos los tribunales llenos de testimonios
y todos los sueños llenos de sacacorchos
y llenas de chicas todas las estrellas
y todos los libros llenos de palabras
y todos los calendarios llenos de días
y todos los ojos llenos de lágrimas
y todas las peceras y todos los pupitres y todas las cenas íntimas
y todos los razonamientos llenos de indudables edificios
y toda la primavera llena de moscas y crisantemos
y llenas todas las iglesias y todos los calcetines y todas las peluquerías
y todas las mujeres llenas de gloria
y llenos también de gloria todos los hombres
y todas las perreras llenas de ángeles
y todas las llaves llenas de puertas
y todos los bazares llenos de ratones
y llenos de barrenderos todos los cuadros
y llenas de estiércol todas las escobas de la patria
y todas las cabezas llenas de radiografías e intríngulis
y llenas de luz todas las subestaciones eléctricas
y llenos de amor todos los manicomios
y todos los cementerios llenos de salvavidas”

Francisco Martínez Bouzas

miércoles, 10 de agosto de 2016

"NEBIROS": NOVELA MALDITA E INFERNAL



Nebiros
Juan Eduardo Cirlot
Epílogo de Victoria Cirlot
Ediciones Siruela, Madrid, 2016, 186 páginas

   Nebiros, la única novela de Juan Eduardo Cirlot (Barcelona, 1916–1973), fue escrita en 1950. Sin embargo, esta de 2016 es su primera edición, porque la censura de la dictadura franquista dictaminó lacónicamente que era una novela de “moralidad grosera, repugnante. No se debe autorizar”. Fue así como la novela de Cirlot se convirtió en un texto más que dejó de existir debido a una censura, revestida muchas veces de tintes kafkianos, del nacionalcatolicismo de los vencedores de la Guerra. La religión y la moral sexual se convirtieron en los temas preferidos de las tachaduras y prohibiciones de la censura posbélica en su primera época. En un epílogo muy documentado y esclarecedor, Victoria Cirlot, hija del escritor, da cuenta de aquella denegación de una autorización solicitada ingenuamente por el que iba a ser su editor, José Janés. Y al mismo tiempo informa de las vicisitudes del manuscrito que Juan Eduardo Cirlot no destruyó, contrariamente a lo que había hecho con todos sus papeles anteriores a 1958. Aquel manuscrito retorna ahora  en forma de libro, editado por Siruela, tomado del original sometido a la censura, con las correcciones realizadas por el autor.
   Juan Eduardo Cirlot fue poeta, compositor, crítico de arte y autor del Diccionario de símbolos, de gran éxito editorial. Un nexo intertextual muy marcado une a Nebiros con la obra poética del autor, de corte surrealista y simbolista.
   En el libro Los secretos del Infierno (1522) halló Cirlot el título para su novela. Nebirus es el marqués del infierno, uno de los demonios superiores, conocido también como Cerberus, Neberus, Neferus. Suprimida la forma latinizada, queda Nebiros, un nombre que, por su cercanía a niebla y por contener la letra n, símbolo de la negatividad (ni, nada, nunca…), agradó al poeta. Con ese nombre rotula Cirlot un bar donde el protagonista vive un estado alucinatorio.
   La acción de la novela la sitúa el autor en una ciudad portuaria carente de nombre, pero fácilmente identificable con Barcelona. El protagonista, igualmente innominado, sale un atardecer de su oficina, y en un pacto con el demonio Nebiros y hasta el alba del día siguiente, realiza un errático y atormentado paseo por los rincones más sórdidos de la urbe: bares, tugurios y prostíbulos del barrio chino de la ciudad. En su vagabundeo casi hipnotizado, sus pensamientos irán siendo ocupados por borrachos, indigentes y sobre todo por prostíbulos. Se encierra en una habitación con una de las prostitutas más feas, preocupado más por lo que debía dejar de hacer que por lo que tenía que hacer. Entre  el asco, el miedo y sus turbios pensamientos nihilistas, así como una fascinante e insuperable fascinación del mal. Un acuciante y animalesco instinto sexual, deshago de sus nervios. Y a medida que avanza el vagabundeo, la tonalidad de la novela se vuelve densa, agobiante, produciendo en el lector una irrespirable sensación de claustrofobia.
   La novela está contada por un narrador omnisciente que nos permite vislumbrar los pensamientos del personaje. De este modo, el deterministico y  maléfico periplo físico se ve completado por el viaje interior del protagonista por los vericuetos de su mente atormentada, que percibe la existencia como algo carente de sentido, en la misma línea del existencialismo, del que sin duda bebió Cirlot. En un repetitivo monólogo interior, se van haciendo evidentes los insondables abismos en los que está sumida la mente humana en relación con el yo personal y con los demás seres humanos.
                                              
El Raval, barrio chino de Barcelona, en la posguerra

    La novela ilumina la existencia humana con lo más oscuro de las sombras, a través de un personaje hundido en la noche. Un “desenterrado”, como lo ven las prostitutas. Esta tonalidad sombría, nocturna, con predominio de la degradación de bares que parecen el refugio de almas solitarias, con prostíbulos repugnantes, laberintos del deseo, con oscuras obreras del sexo, no hace más que revelar el estremecedor y desvalido interior de un hombre en su deriva existencial, alejado de toda esperanza.
   La novela es un reflejo de lo siniestro, un “enamoramiento” de la nada, como se ha escrito. Una conjunción de fuerzas maléficas para quien cree en ellas. Por eso, con razón habla Victoria Cirlot de que el relato de su padre se sutura claramente con aquella tradición literaria “tumultuosa” que mantiene relaciones con el mal. Viaje pues a los avernos humanos, a lo más oscuro de lo que somos, alumbrados por titilaciones del mal. Pero este mundo turbio y los soliloquios nihilistas del protagonista aparecen reflejados a través de una potente fuerza poética, plagada de simbolismo y expresividad. Y quizás por un perfecto conocimiento de las interioridades del protagonista, aunque Juan Eduardo Cirlot nunca confiesa que es él el héroe / antihéroe de su relato.

Francisco Martínez Bouzas

                                                   
J. Eduardo Cirlot retratado por Leopoldo Pomés
Fragmentos

“Dejó el tomo de medicina y volvió a tomar el que trataba de las interioridades del infierno. En una especie de tabla, de manera muy científica, estaban indicados los nombres de las altas jerarquías del submundo, con cita de los poderes peculiares que les estaban conferidos. Luzbel, Satanachia, Crararia, Nebiros, Aglipheret, etc. Cada demonio reinaba sobre un pecado capital, pero de Nebiros se decía que sus dominios consistían en un pecado que alude la Biblia, que no se puede nombrar o, mejor dicho, del cual se ignora la esencia. Al ver esta directa alusión, no pudo menos de estremecerse. ¿Cómo no había advertido nunca tal cosa? Si había un pecado desconocido, era equivalente a la enfermedad desconocida, a aquello por lo que él sufría sin saber a ciencia cierta la razón y para llegar a la entraña de lo cual solamente había contado con el paralelismo establecido por la herida de Amfortas, en Parsifal. Nebiros. El gran demonio estaba representado con todos sus atributos; la cola era especialmente poderosa, provista de un garfio agudo como el de un alacrán. Nebiros era su dueño.”

…..

“Prosiguió avanzando y al llegar a una esquina tomó por la calle que conducía a la salida del barrio. Siguiendo luego por la que empezaba  a la derecha llegaría a una plaza que hubiera preferido no ver, pues parecía hecha ex profeso para las ejecuciones públicas. Cuadrada, maciza, de terreno irregular, sin empedrar, los siglos parecían no haber pasado por aquel espacio en el que resonaban aún los aullidos de la muchedumbre y los lamentos de los moribundos, atados al poste del garrote, o al nudo corredizo de la horca. Pero tenía que pasar por allí si quería visitar la serie de tres o cuatro prostíbulos que había al final de la calle. Sin saber la causa acaba siempre por caer en ellos. Eran como el comedor colectivo; ni el tugurio definitivamente miserable, ni el falso aspecto de lo que se presentaba cómoda y alegremente. Estaban pintados de colores chillones y obscuros, en los que predominaba el rojo sangre buey. Una substancial atmósfera se había remansado en tales interiores, los cuales parecían conservar toda la primitividad de aquella institución eterna.”

…..

“La cama se licuó como el hielo sobre las brasas y el lavabo se convirtió en una enorme bahía llena de luz y de barcos antiguos, con velas de colores y remos de plata. Las piernas de aquella mujer ascendían hasta el cielo convirtiéndose en el eje del universo, en el alma del mundo. Solamente el sexo permanecía allí como una alusión infernal, como un grabado mágico en el que cada rasgo fuera el ideograma de un alfabeto oculto. Su mirada iba de aquel receptáculo teñido de rojo a la infinita espacialidad que se había abierto en la habitación, mientras las manos de ella correspondían a su caricia con la más enervante de todas. Su ardor sagrado se había comunicado a la pobre mujer, cuya cabeza sufría sacudidas espasmódicas y cuyos ojos apagados y tristes se reflejaban dos ciudades lejanas o dos puertos parecidos al que ardía a su lado derecho, mientras la bombilla roja, como una luna desconocida, de otro sistema planetario, parecía transitar por el aire, avanzando y retrocediendo rítmicamente hasta obscurecerse y confundirse con la noche total.”

(Juan Eduardo Cirlot, Nebiros, páginas 56, 76-77, 112)