miércoles, 17 de mayo de 2017

" A CIELO ABIERTO": LA AVIACIÓN EN LAS VENAS




A cielo abierto
Antonio Iturbe
Editorial Seix Barral, Barcelona, 2017, 622 páginas.

   El autor de A cielo abierto, Antonio Iturbe (Zaragoza, 1967) está marcado como escritor por el éxito de sus tres novelas publicadas hasta ahora; y de forma muy especial, por la obra La bibliotecaria de Auschwitz (2012), traducida a varias lenguas y publicada en once países. La novela que ahora nos ofrece en Seix Barral, ganadora del Premio Biblioteca Breve 2017, está así mismo moldeada  por la irrupción sin cortapisas de la realidad en la ficción que, en buena medida, está ampliando el concepto de novela, hasta desembocar en lo que se conoce como novela-verdad. Se suma así Antonio Iturbe a la tendencia de la narrativa contemporánea de convertir  a personas reales en personajes de ficción: escritores, mujeres u hombres con intereses intelectuales, o simplemente con un relieve importante en alguna de las facetas de la actividad humana. Philip Roth, J.M Coetzee, Saul Bellow, Elena Poniatowska, Julian Barnes, Raymond Carver, Günther Grass, Emmanuel Carrère, Annie Ernaux o Delphine de Vigan, entre otros muchos, forman parte de esta tendencia de amalgamar realidad y fabulación.
   Y, en efecto, ese “periodista ubicuo” y escritor en sus momentos libres, ha tejido una novela apasionante basada en hechos y con personajes igualmente reales, ya que asume la realidad histórica como materia prima. Al lector le corresponde la tarea de diferenciar la realidad del cemento de la fabulación, puesto que la propuesta narrativa que es A cielo abierto ofrece un ejercicio compositivo que bebe de ambas. “Es obvio, responde el autor en alguna entrevista, que no es una biografía porque he trabajado con los elementos de la ficción, se trata más bien  de una ensoñación… una proyección  imaginativa de hechos reales.”
   El resultado es una novela intensamente épica, exultante y a la vez dolorosamente humana, trágica y quizás excesiva, sobre la pasión de volar, porque volar, como escribió el poeta Rafael Pérez Estrada, es en efecto el resultado de una intensa pasión, jamás de una práctica. Una pasión que arrebató hasta extremos difícilmente imaginables a los tres grandes protagonistas de A cielo abierto: Antoine de Saint-Exupéry, Jean Mermoz y Henri Guillaumet. Un merecido homenaje a la contumacia de tres hombres que, desde los años veinte hasta los cuarenta, se jugaron el pellejo en sus cacharros voladores, preocupados no por la muerte sino por la vida y porque el correo llegase en el menor tiempo posible a las manos de sus destinatarios.
   La novela echa a andar en 1923 con el alférez Tonio (Antoine de Saint-Exupéry), un aristócrata de provincia pobre de solemnidad, arriesgándose en un vuelo sobre París. En el aterrizaje, tras mil piruetas que hace sobre todo para una persona, Louise de Vilmorin (Loulou), que ha secuestrado sus pensamientos, el avión vuelca y su cuerpo resulta malherido. A través de sus hermanos, que lo consideran un condenado a muerte, la prometida le hace llegar  una inexorable disyuntiva: si quiere continuar con su compromiso, debe dejar la manía absurda de volar, de ser aviador, un oficio de descerebrados. Y en la cama del hospital, opta por el amor de Loulou, renunciando a la vocación de surcar los cielos. Será por poco tiempo, porque Loulou rompe el compromiso, sin otras razones que no sean su frivolidad, dejando a Tonio como un sapo entre albaranes y tedio, con un teatro vacío en el estómago.
   En secuencias paralelas y alternas, la narración presenta a los otros dos actantes principales: Jean Mermoz y Henri Guillaumet. La pasión de pilotar les impulsa a hacer el servicio militar en la aviación. Tras dejar el ejército, los tres son aceptados en la aviación comercial, en Latécoère que se transformará con el paso del tiempo  en Aeropostale y más tarde en Air France.
   La novela desgrana con minuciosidad las inimaginables proezas de los tres grandes amigos en España, Siria, África y América del Sur, como carteros del aire. Tres mitos de la aviación civil y un gran escritor, pilotos acostumbrados a aterrizajes forzosos en cualquier lugar, en el desierto o en una minúscula planicie helada entre las cumbres andinas, pilotos que hacen posible la “imposibilidad” de los vuelos nocturnos, los primeros vuelos de correo transoceánico, que no piden honores sino aviones para ir más lejos, que vivieron cada año como si fueran diez, vencieron sus miedos, llegaron a lugares insólitos, se sacrificaron  -la muerte incluida en el caso de Mermoz-, lucharon desde el aire contra el nazismo, también hasta la muerte (Tonio Y Guillaumet). Y llegado el momento de la definitiva partida, Tonio cae suavemente entre las olas del Mediterraneo “como cae la hoja de un árbol” (página, 617).
   
                                         
Antoine de Saint-Exupéry


    Por una vez no le haré caso al borgiano Pierre Menard: censurar y alabar son operaciones que nada tienen que ver con la crítica. Y lo hago dejando constancia de las razones para leer esta novela fascinante, de más de seiscientas páginas:
- Antonio Iturbe caracteriza con gran profundidad psicológica a los personajes principales: Mermoz un hombre dotado de gran magnetismo, un mujeriego, indisciplinado, aunque muy concentrado en sus trabajo y en las olimpiadas sexuales de los fines de semana.  Guillaumet, prudente, pero igualmente obsesionado por llevar siempre el correo a su destino. Antoine de Saint-Exupéry, un idealista lleno de recovecos, que ama al amor, necesita ser amado, pero es incapaz de amar de una forma constante. Son igualmente reseñables los trazos con los que diseña el autor a algunos personajes secundarios: esposas y amantes y especialmente al director de operaciones, Didier Dourat, implacable en sus decisiones, pero profundamente justo.
- El perfecto cosido de realidad y fabulación: un relato de aventuras reales, concentrado en los pioneros del correo aéreo, una narración psicológica, y las historias de amor que formaron parte de la aventura vital de los tres pilotos. Es por ellos, A cielo abierto un libro de amores intensos, farsas, caos espantoso, absurdos raids de infidelidades.
- Libro teñido de un fondo idealismo y de exaltación del deber: la importancia de llevar el correo a todas las partes del mundo. Mas novela igualmente de derrotas, dolorosas derrotas soportadas, por ejemplo, cuando Tonio es aceptado en Air France, pero no como piloto, sino como relaciones públicas.
- La intensidad épica con la que el escritor narra las luchas por la supervivencia, lidiando contra  el calor, el frío y el hambre más allá de lo que el ser humano puede resistir. O la épica también de los mecánicos que pelean, sin apenas tiempo, contra la tuerca que se resiste. Una épica conjugada harmoniosamente con la tonalidad altamente melancólica cuando se nos transmite la grisura afectiva de Tonio o su aburrimiento como contable o vendedor de camiones, después de que la mujer de sus sueños y por la que había renunciado a volar, lo dejara en la estacada.
- La adecuada proporción de metaliteratura que se entreteje en el relato de las experiencias de vuelo y vivencias de Tonio y sus obsesiones en búsqueda de una escritura perfeccionista, especialmente en la composición de su primera novela Correo Sur o El principito.
- La alta tensión narrativa con la que avanza la trama, sin desfallecer, aunque algunos capítulos son prescindibles. Un estilo de prosa elaborado, con hallazgo de metáforas sorprendentes por su originalidad.
- La recreación de ambientes y la captación del espíritu de una época confusa y compleja en el terreno de las ideas y de la política, pero de grandes innovaciones técnicas.
   La ambición y el aliento que insuflan una novela de más de seiscientas páginas,  que nunca decae, solo es posible mediante una orquestación estructural que va más allá del relato lineal, y un trabajo de esmerilado de cada una de las secuencias. Un reto que afrontó de forma exitosa Antonio Iturbe, lo que acrecienta sus credenciales de narrador muy solvente.

Francisco Martínez Bouzas

                                                 
Antonio Iturbe
   

Fragmentos

“Con Berezovsky detrás pilotando y él delante, despegan del suelo. Por fin. Allá abajo quedan el cuartel de Istres y su ejército de barrenderos, el odio sucio de Pelletier, la rutina insoportable… Desde el momento en que se alzan y Mermoz siente las olas del viento romperle en el rostro, sabe que es allí donde quiere estar: más alto, más libre. Le han dicho que es difícil aprobar el examen, que apenas un tercio lo logra, si es que llega con vida. Pero él cree ciegamente que será piloto. El instructor da pocas indicaciones, apenas habla. Hay una que repite a cada poco levantando la voz por encima del ruido ensordecedor de la máquina:
-Escucha el motor.
-¡Ya lo oigo!
-¡No te he dicho que lo oigas, sino que lo escuches!
Mermoz se impacienta y, pese a la diferencia de rango, responde de manera destemplada.
-Pero ¿qué he de escuchar?
Otro superior le habría amonestado por su insolencia. Berezovsky tan sólo alza las cejas con incredulidad.
-¡La música!”

…..


“Todos creen que Daurat jamás vacila. Él cultiva ese mito. Deben creerlo porque los hombres siempre necesitan creer en algo que esté por encima de ellos. Daurat piensa en los pilotos muertos, en los que morirán. Mira su imagen en el vidrio y se pregunta: ¿Vale la pena?
Un Daurat más difuminado no le responde.
No sabe si vale arriesgar la vida de esos chicos para llevar el mensaje de las cartas a todas partes del mundo, pero sabe que el sacrificio, el esfuerzo y la entrega los hace mejores. Piensa en ellos como en la pasta blanda y sin substancia que sale de la amasadora. Sólo cuando se introduce en el horno y sufre su calor abrasador se convierte en pan. La masa pegajosa no sirve de nada, el pan salva a la humanidad entera.”

…..

“Con el rabillo del ojo ve una mancha oscura en el cielo a su izquierda y el corazón se le acelera. La mancha aminora. Lo ha visto. Vira para ponerse a su estela. Viene por él. Es un Messerschmitt alemán.
No tiene donde guarecerse, el avión alemán está demasiado cerca. No puede verlo pero lo sabe, lo siente acercarse por detrás, agigantarse. No hay escapatoria, no puede saltar en paracaídas sobre el mar.
Siente una barra de hielo en la espalda. El miedo lo paraliza. Su primera intención es dar gas a fondo y tratar de dejarlo atrás, aunque sabe que ya no hay margen. Ya no. El avión alemán está demasiado cerca, viene  a mucha velocidad. Podría intentar hacer toneles y dar guiñadas en el aire a la desesperada, pero decide que no. No quiere ser cazado como un ratón que huye despavorido. Si ese ha de ser el final de la función, lo acepta. Si ha de caer el telón, que caiga. (…)
El piloto alemán lo tiene casi a tiro. Coloca el dedo sobre el percutor del cañón MG de veinte milímetros.
En ese momento último, se le aparece la imagen de Loulou. Su pelo rojo, su carne blanca, sus ojos verdes. Y entonces tiene una revelación. ¡Durante toda su vida ha estado equivocado!¡Ahora ve el error! Siempre creyó que lo más importante era ser amado…, pero se da cuenta en ese instante crucial de que lo más importante es amar. El amor que ha sentido por Loulou ha iluminado su vida. ¡Cómo va a odiarla! Nunca la ha odiado por mucho que fingiera hacerlo, la ha adorado y la sigue adorando. Tanto buscar el amor tan afanosamente por todas partes y lo tenía en la palma de la mano, porque el amor que nos salva no es el que pedimos, sino el que damos. El farolero lo sabía: el regalo no es la luz, es encender los faroles.
Tonio oye el motor del caza alemán. Está a tiro de su ametralladora. Lo sabe. Siente el culebreo de la serpiente oscura en su espalda preparada para morderlo con su veneno. Es su destino. Suelta los mandos y sonríe con una paz que no recuerda desde las noches de la niñez en que su madre venía a la cama a arroparlo. Ha llegado el momento de partir.
Un relámpago amarillo.
No gritó.
Cayó suavemente como cae la hoja del árbol
El comandante De Saint-Exupéry no regresó ese mediodía del 31 de julio de 1944 a la base de Bastia, como estaba previsto. Nunca regresó. Su cuerpo nunca ha sido hallado.”

(Antonio Iturbe, A cielo abierto, páginas 44-45, 204, 616-617)

lunes, 15 de mayo de 2017

"LOS AÑOS LIGEROS. CRÓNICAS DE LOS CAZALET" Y "LOS MILAGROS PROHIBIDOS", NOVEDADES DE SIRUELA



   Ediciones Siruela, el sello editor que fundó en 1982 Jacobo Fitz-James Stuart con el objetico prioritario de dar a conocer traducciones  al español de obras modernas de la literatura universal y las joyas olvidadas de la literatura medieval europea, sigue poniendo en las manos lectoras numerosos títulos en sus numerosas colecciones y nos suele proveer de buena literatura. La calidad de algunas de sus novedades de las últimas semanas es una inexcusable exigencia para aproximarnos, en una primera visual, solamente informativa y elaborada primordialmente en base de las presentaciones que hace la misma la misma casa editora. Más tarde retomaré estos dos títulos de la colección “Nuevos Tiempos” para ofrecer una valoración crítica personal.
   La entidad de los dos títulos y de sus autores -Elizabeth Jane Howard y Alexis Ravelo- se hace merecedora de este comentario informativo.

Los años ligeros
Crónica de los Cazalet
Elizabeth Jane Howard
Traducción de Celia Montolíu
Ediciones Siruela, Madrid, 2017, 431 páginas.

La autora:

   Elizabeth Jane Howard (Londres, 1923-Suffolk, 2014), fue una mujer polifacética, actriz y modelo, antes de convertirse en escritora. Estuvo casada con Kingsley Amis. Escribió quince novelas que recibieron una extraordinaria acogida de público y crítica.En 1951 publicó su primera novela. The beautiful visit, que se hizo con el Premio John Llewllyn Rhys. Los cinco volúmenes de Crónica de los Cazalet, su obra más conocida, convertidos ya en un hito inexcusable dentro de las letras inglesas, fueron adaptados con gran éxito a la televisión y a la radio por la BBC. En el año 2002, su autora fue nombrada Comandante de la Orden del Imperio Británico.

 Sinópsis de la novela:

   “El de 1937 y el de 1938. Dos veranos inolvidables, a salvo bajo la dorada luz de Sussex, donde los días se consumen en una sucesión de juegos infantiles y pícnics en la playa. Tres generaciones de la acomodada familia Cazalet reunidas en su finca natal. Los quehaceres de dos abuelos, cuatro hijos, nueve nietos, innumerables parientes políticos, criados y animales domésticos que abarcan desde lo cotidiano hasta lo más trascendental: el chófer conduce demasiado despacio, los niños rescatan a su gato de lo alto de un árbol, los adultos hablan de la amenaza de una nueva guerra, y los sueños y pasiones que acechan bajo su charla ligera apenas opacan la indolente rutina de los últimos años felices que en mucho tiempo conocerá Inglaterra.
Cuando en 1990 Elizabeth Jane Howard publicó la primera novela de las Crónicas de los Cazalet, puso la piedra de toque de lo que se convertiría en un inmediato clásico contemporáneo y en la novela-río más importante escrita en Gran Bretaña desde Una danza para la música del tiempo de Anthony Powell. En Los años ligeros, la autora perfila con exquisitez la geografía íntima de una familia y de un modo de vida que, irremisiblemente, pertenecían ya al mundo de ayer.
   Las Crónicas de los Cazalet es el último gran clásico de la novela inglesa del siglo XX. Embarcarnos en la lectura de esta saga implica iniciar un viaje en el tiempo del que es difícil apearse sin conocer nuevas rutas y destino.”

Opiniones sobre la saga:

«Junto con Iris Murdoch, la escritora más importante de su generación». MARTIN AMIS
 
«Tan distinguida, elegante y refinada como sus incontables admiradores podrían esperar».  JULIAN BARNES

«Una deslumbrante reconstrucción histórica».  PENELOPE FITZGERALD

«Una de esas escritoras que demuestran para qué sirve la novela, abriendo nuestros ojos y nuestros corazones».  HILARY MANTEL

«Con el tiempo sus Crónicas, como las de Trollope, se leerán como clásicos sobre la vida en Inglaterra».  SYBILLE BEDFORD


Los milagros prohibidos
Alexis Ravelo
Ediciones Siruela, Madrid, 2017, 330 páginas

El autor:

   Alexis Ravelo (Las Palmas de Gran Canaria, 1971) cursó estudios de Filosofía Pura y asistió a talleres creativos impartidos por Mario Merlino, Augusto Monterroso y Alfredo Bryce Echenique. Dramaturgo, autor de tres libros de relatos y de varios libros infantiles y juveniles, ha logrado hacerse un hueco en el panorama narrativo actual con sus novelas negras, que han merecido diversos reconocimientos, entre ellos el prestigioso Premio Hammett a la mejor novela negra por La estrategia del pequinés. En Siruela ha publicado La otra vida de Ned Blackbird.

 Sinópsis de la novela:

   “Un duelo entre dos hombres, un triángulo amoroso, una novela sobre la memoria histórica y el compromiso personal.
Uno de los episodios más desconocidos de la Guerra Civil española: la Semana Roja de La Palma.
Tan emocionante como El lápiz del carpintero y tan veraz como Luna de lobos, la nueva novela de Alexis Ravelo nos sumerge en uno de los episodios más desconocidos de la Guerra Civil española.
   Agustín Santos vaga por los montes de La Palma con un revólver que no quiere usar. Entre sus perseguidores se cuenta Floro el Hurón, pretendiente rechazado por la mujer de Agustín, que tiene la oportunidad perfecta para deshacerse de su rival. Mientras tanto, en la capital de la isla, Emilia mantiene a duras penas la esperanza de que su marido logre ponerse a salvo, cada vez más convencida de que solo un milagro podría hacer realidad algo semejante. Pero en el invierno de 1936 los fascistas parecen haberlo prohibido todo... hasta los milagros.
   Los milagros prohibidos es la historia de un triángulo amoroso y del duelo desigual entre dos hombres, al mismo tiempo que una honda reflexión sobre la justicia y un sentido homenaje a la memoria de los protagonistas de la Semana Roja de La Palma, un acontecimiento decisivo para el transcurso de la Guerra Civil en las Islas Canarias.”

Francisco Martínez Bouzas

jueves, 11 de mayo de 2017

"LA COLUMNA ROTA": ÉCFRASIS DE FRIDA KAHLO



La columna rota
Ángela Álvares Sáez
Huerga y Fierro Editores, Madrid, 2016, 89 páginas.

   Ya desde las retóricas clásicas se conocía con el nombre de écfrasis a la figura equiparable a la hipotiposis, es decir, una descripción vívida e intensa, capaz de evidenciar e incluso de materializar visualmente la realidad representada en el discurso. A partir del siglo XVIII, el término restringe su significado, mas sin perder nunca esa marca de sugestión visual, capaz de colocar delante de los ojos algo ausente, descripción especialmente de una pieza artística de naturaleza plástica, por ejemplo, una pintura. Este proceso de restricción conceptual remite al sofista Filóstrato de Lemos, y sobre todo al tópico de Horacio, considerado canónico: “ut pictura poisis”. Pero fue, principalmente, un trabajo de Leo Spitzer el que representa el momento definitivo en el que los teóricos acotaron el término y comenzaron a indagar en la mímesis desde el texto écfratico, por cuanto este incorpora una representación de una representación, priorizando además a la poesía como arquigénero ecfrático privilegiado. Sin embargo, en el tratamiento de la écfrasis, la poesía contemporánea promueve una cierta discontinuidad entre la pieza artística y el texto literario, disminuyendo la correlación descriptiva en beneficio de una consideración estética. Un impulso crítico-hermenéutico sobrepasaría así al simplemente mimético. La écfrasis funcionaría así como objetos tonales, como constructos verbales, ontológicamente equivalentes a una obra artística de carácter plástico.
   Es en este sentido como una joven poeta, Ángela Álvarez Sáez, que tiene en su haber varios poemarios y ha cosechado no pocos premios -entre ellos, finalista en tres ocasiones del Premio Adonais- reescribe verbalmente un buen número de piezas pictóricas de Frida Kahlo, permitiéndonos observar, sobre todo a través de la imaginación convocada, múltiples connotaciones de las pinturas más emblemáticas de Frida.
   Los cuarenta y nueve poemas más dos textos epilogales de La columna rota más que describir interpretan las pinturas de la artista mexicana. Ese fue su propósito tras su regreso de México y la visita a “La casa azul”: “…soñé que la pintura de Frida Kaholo se convertía en un organismo que iba creciendo célula a célula, trepando como un animal arcaico por la raíz  de los poemas que yo iba escribiendo” (página 15). Y ciertamente el organismo y el entero yo de la pintora de Coyoacán se presta para esa hermenéutica ecfrática, porque Frida Kahlo, en todos sus cuadros, refleja su vida, su amor incombustible por el ogro devorador de mujeres que fue Diego Rivera. Sus tristezas y sufrimientos suelen ser interpretadas como símbolos del dolor que Frida sufría en todo su cuerpo y también en su alma.
   Por eso, a pesar de la tonalidad onírica de algunos de sus cuadros, Frida, como ella misma decía, nunca pintó sueños o pesadillas. “Pinto mi propia realidad”, solía repetir.
   A través de una arquitectura poética cuadripartita, los textos poéticos de Ángela Álvarez convocan e interpretan las pinturas de Frida Kahlo, permitiéndonos ver más de lo plasmado en los cuadros que se ajustan en general a las etapas existenciales y vivenciales de la pintora. El nacimiento, el conjuro del verbo nacer, con el “cuerpo que se sostiene como muerte” (página 19); las raíces, la herida inevitable, la inútil oferta a Diego Rivera de la fertilidad con el dolor “como cientos de pisadas de caballo” (página 25).
    

   
"La columna rota" cuadro de de Frida Kahlo

    “Amor y dolor”, la segunda parte que explica las pinturas en las que Frida refleja sus heridas, convertida quizás en presa. Es aquí donde encontramos “La columna rota”, los versos que rotulan el poemario, y que encarnan la representación seguramente más conocida de Frida Kahlo: desnuda desde la cintura para arriba, usando un corsé de acero que envuelve su cuerpo, con una dramática abertura que nos permite ver una columna hecha pedazos. Es la gran metáfora del dolor y de la soledad de la artista que “inventa monstruos sobre la superficie de la tierra”, con una “tempestad de clavos” atravesando todo su cuerpo. La écfrasis de Ángela Álvarez se detiene en varios de los autorretratos de Frida (“Autorretrato con collar de Espinas”, “Autorretrato con el pelo cortado, “Autorretrato con el pelo”…). Frida pinta autorretratos, múltiples autorretratos, debido a su soledad: “Pinto autorretratos, escribió, porque estoy mucho tiempo sola.”
   En la tercera parte se transforma en poema la memoria que también nutre algunas pinturas de Frida: el clan familiar concibiendo “el útero materno como el lugar donde se concentra toda la memoria” (página 49; el camino de la paz de Doña Rosita Morillo; viva presencia de la memoria azteca que puede ser restaurada para regresar al origen. Y más autorretratos que son también una forma de conservar la memoria.
   Finalmente la auscultación de la muerte, esa muerte que “se deshace en materia líquida”, “el  instante en el que fermentan / imágenes oníricas de seres emplumados”
   Si los cuadros de la pintora arrancaron algo  a la muerte, los poemas de Ángela Álvarez son igualmente una conjura contra el tiempo porque no solamente expresan la emoción de una pintura sino que la absorben lingüísticamente. Y aunque, como escribió Walter Benjamin (Tesis de filosofía de la historia o sobre el concepto de historia) la construcción histórica se consagra a la memoria de los que no tienen nombre, la voz poética de Ángela Álvarez lo hace en estos versos, estrofas y poemas a alguien que sí tiene nombre, un nombre vapuleado por el dolor y por los innumerables abismos por los que transcurrió la vida de Frida Kahlo, y que pudo sortear gracias a su pintura, esos cuadros tantas veces pintados en el lecho. Hay seres prácticamente anónimo relacionados con Frida Kahlo a través de Diego Rivera (Angelina Beloff o Lupe Marín que con sus guisos le alegraba la vida del gran panzón en la Casa Azul), merecedores igualmente de recobrar vida a través de la poesía. Lo han logrado en la prosa gracias a Elena Poniatowska. Mas honrar la memoria de de los seres anónimos es tarea mucho más ardua que hacerlo con los célebres.
   Poesía, la de Ángela Álvarez, quizás dura, áspera en algunos momentos. Radiografía del dolor que nos perfora no solo los sentimientos sino también la conciencia. Poemas cuadros concentrados, en los que conviven harmónicamente  versos, estrofas, poemas de distintas tonalidades y hechuras, con presencia de prosas poéticas, si bien tendiendo a tonos versales y compositivos clásicos. Poemas que, a pesar de su intenso componente melódico, no se descoyuntan como un terremoto. En general, el volcán versal con el que la voz poética de Ángela Álvarez se deja sentir en este poemario, se transforma en suave sinfonía.
   Un poemario cuya riqueza semántica y su expresión lingüística se adecúa perfectamente al fondo temático: esa pintora mexicana, víctima de los padecimientos que marcaron su vida, y una obra símbolo del sufrimiento que la lectura de los poemas de Ángela Álvarez nos permiten conocer mejor.

Francisco Martínez Bouzas

                                                        
                                                      
Ángela Álvarez Sáez

Selección de poemas de La columna rota

La columna rota

“Es el dolor el artífice de esta pesadilla,
quien inventa monstruos sobre la superficie de
      la tierra.
Como una tempestad de clavos, irrumpen las bestias de mi
       carne,
con  sus collares de heridas congénitas.
El Minotauro está en el bosque.
Cuando los hombres duermen, rompo la placenta,
lamo las húmedas escamas de la ausencia de cuerpo,
y salgo a cazar animales inexistentes.”
(página 33)

…..

Autorretrato con pelo suelto

“En Coyoacán, Méjico, las imágenes llevan inscritos los
       signos del desamparo.
Seres insonsistentes atraviesan los gruesos muros que
       rodean la herida.
La tierra creó mi cuerpo en un acto de silencio.
Y ahora mis facciones se han transformado en un luto de
      dimensiones abisales.
En Coyoacán, Méjico, me pinté a mí misma, al otro lado
      del tiempo donde quiebra el desconsuelo y la memoria.”
(página 37)

Materia y memoria

I

“He vuelto al mismo lugar del que partimos. Delante de mí hay una puerta sobre la que destacan unas letras rojas. «Santuario». Luego  aparece Frida con un hacha y rompe los cerrojos de la habitación donde nos habían encerrado. Frida se refugia como un animal herido debajo del objeto-cuerpo. Yo miro por la ventana y veo aparecer un lobo que enseña los dientes y avanza hacia donde estamos.

II

Quien habla es el lenguaje inventando superficies y contornos. Sin embargo, la memoria perteneces al fondo último de las cosas. Su latido originario abre y cierra cicatrices, y nos obliga a encadenar nuestras palabras al monstruo voraz del tiempo.

III

La materia extiende sus raíces como una cartografía del interior del poema. Su herida en movimiento crea arrecifes  y huracanes. Mi cuerpo está vacío de emociones, y aún así, noto en mi pulso un temblor lleno de escamas.”
(páginas 62-63)

…..

Recuerdo de la herida abierta

“Bajo la atenta mirada de guerreros aztecas,
la noche guarda una herida de alacranes
en el recinto cerrado del miedo.
Dios ha abierto sus alas tentadoras
y nos conmina a entrar en el territorio de los vivos.
Dentro del corazón del presente fermentan los cuervos
      amarillos del pecado.
Dios ha abandonado sus dominios.
Y tal vez algún día seamos perdonados por ello.”
(página 75)