miércoles, 16 de agosto de 2017

LAS INCURABLES HERIDAS DE UN INCESTO



Un amor imposible
Christine Angot
Traducción de Rosa Alapont
Editorial Anagrama, Barcelona, 2017, 229 páginas.

   Entre las numerosas novelas y obras teatrales de Christine Angot, hay dos que son un contexto indiscutible para entender cabalmente lo que la escritora francesa narra en Un amor imposible. La narración de la relación incestuosa a la que se vio forzada por su padre desde la adolescencia, y narrada, aunque desde ángulos distintos al de esta novela, en El incesto (1999) y Una semana de vacaciones (2012). Esas dos novelas, sin ser propiamente el prólogo de Un amor imposible, forman parte de una trama autoficcional en la que la autora perfila su propia biografía marcada  por el incesto a partir de sus años adolescentes. En esta novela, sin embargo, centra el relato en la relación entre su madre, Rachel Schwartz y su padre, Pierre Angot, una relación erguida bajo los postulados de la dominación masculina y la diferencia de clases sociales; así como en la relación entre la madre y la hija, marcada así mismo por los ojos cerrados de la madre ante los abusos  del padre con su hija.
   Ese contexto se retrotrae a finales de los años cincuenta: Pierre Angot pertenece a  la alta burguesía católica. Rachel Schwartz, en cambio, es una mujer soltera, judía y de clase baja. Pierre no le miente a Rachel: jamás se casará con ella, no la presentará a su familia, pero está dispuesto a tener un hijo con ella. La joven, profundamente enamorada, acepta esas vejatorias condiciones y pronto de esa relación nace Christine, que el padre no reconoce ni le da el apellido hasta que la adolescente alcanza los catorce años. Entonces Pierre, casado con una mujer rica, se acerca a la hija, la reconoce, la invita a pasar fines de semana con él. Y en esos encuentros la fuerza a mantener una relación sexual incestuosa.
   En Un amor imposible la escritora francesa incide de nuevo en el tema del incesto, mas bajo distintos ángulos: la relación entre Rachel y Pierre, sus padres, y entre madre e hija, como ya quedó señalado. Por consiguiente, en la trama novelesca basada en la realidad, la autora urde tres historias, la vida de tres personajes impulsados por pasiones tan ciegas como destructoras: la vida de Pierre Angot y Rachel Schwartz y la de Pierre y Christine, su hija. Una relación que esconde un secreto de una relación que la sociedad actual no admite: el incesto. La relación de los padres de Christine está marcada  por la diferencia de clases, diferencia que Pierre Angot verbaliza, sin complejos, con estas palabras: “Si fueras rica, seguramente me lo habría pensado” le dice a la cara a Rachel Schwartz. Por eso ella tendrá que enfrentarse sola al parto que se produce en los meses siguientes y a la inscripción de la hija.
   Sin embargo, el eje y núcleo central de la novela es la complicada y a la vez amorosa y tierna relación entre una madre soltera y una hija no reconocida por el padre durante su infancia y temprana adolescencia. El reencuentro se produce cuando Christine cumple los catorce años. Pierre, que ha formado otra familia, la reconoce finalmente y le da su apellido. Pasan fines de semana juntos y en esos encuentros se produce algo que la hija oculta a su madre y que le será revelado por el primer novio de Christine: la sodomización de la hija. Un secreto desgarrador que dejó a Rachel boquiabierta y enferma, y que hará imposible una relación normal entre la hija y la madre a la que culpabiliza por no haberse cuestionado nada, por no haber reflexionado sobre su propia responsabilidad. Será la capa de plomo que pende sobre sus cabezas, que transforma la relación madre-hija en otro amor imposible, a pesar de lo mucho que se quieren.
   La novela, especialmente en las páginas finales, explora y ahonda en la lógica de la dominación. En las categorías separadas e irreconciliables del que considera que, por naturaleza, le corresponde estar en lo más alto, en una relación frente a la que está destinada a permanecer en lo más bajo. El hecho de tener un hijo con esta paria judía hace más interesante y excitante para el dominador esa relación: “Voy a tener un hijo con ella, pero en lugar de auparla, la hundiré” (página 217). Mundos e identidades separadas. Un rechazo que llega al extremo de violar repetidamente a la hija porque la prohibición fundamental de que el ascendiente tenga relaciones sexuales con sus hijos, a él no le afectaba. Y eso era la distinción suprema. Así pues, también la vulneración de la norma forma parte del rechazo identitario, de la infravaloración definitiva.
   Otro tema que articula la novela de forma recurrente, si bien no con la intensidad del amor imposible entre el trío de protagonistas, es el de las esperas, las despedidas (“Siempre  era igual, una llegada, una partida.”, página 126). Un permanente adiós de Pierre Angot, disfrazado por una relación epistolar que en el fondo se transforma en las ligaduras con las que el burgués parisino somete a la judía Rachel de forma contumaz y de acuerdo con sus propios intereses. Esperas y despedidas perfectamente ilustradas en la imagen de la portada.
   La novela está marcada, como ya quedó señalado, por la irrupción sin cortapisas de la realidad en la ficción. La realidad, la propia biografía, es la materia prima que sustenta la ficción. La autora habla de su vida y de sus traumas solamente en términos literarios, no autobiográficos. Por lo mismo, resulta arriesgado dilucidar lo qué hay de verdad y lo qué hay de fabulación en la novela. “El espacio real y el espacio ficcional, aclara Christine Angot, están separados completamente, pero el segundo nos permite ver y oír al primero”. Apelación pues a la realidad que está ampliando en nuestros días el concepto de novela.
   El desgarro con el que escribe la narradora señala en buena medida la tonalidad de la novela, en especial cuando relata la relación de dominio y desprecio de su padre hacia su madre. Incluso emplea, sin eufemismos, el lenguaje con tintes patriarcales y falocráticos  del padre para verbalizar ese lenguaje de dominación sibilina, pero incuestionable. Novela erguida con una estructura sencilla y lineal, con rápidos avances en el tiempo y que se acelera en la segunda parte del relato.
   Escritura plana en el inicio de la novela. Estilo de prosa claro y conciso, sin apenas florituras que toma forma en el relato en primera persona de Christine, en las cartas del padre y en las que ella misma cruza con su madre. Por eso, Un amor imposible es un modelo paradigmático de la literatura epistolar.

Francisco Martínez Bouzas

                                                 
Christine Angot

Fragmentos

“Y si quisieras casarte, que lo entiendo, para una mujer es importante, no pondría objeciones.
-¿Con otro hombre, quieres decir?
-Ah, eso sí. Ya te lo he dicho, conmigo es imposible. Para nosotros no cambiaría nada. Nos veríamos tanto como quisieras.
-¿No estarías celoso?
-No.
Entonces se puso a darle cachetes en las putas de los senos, como distraído. Le dijo que se concentrara, y que gozase así. Ella hundió la cabeza en la almohada con los ojos cerrados. Después levantó la nuca, rígida. Lanzó un suspiro, la cabeza le pesó de nuevo. Permaneció tendida unos segundos. Acto seguido se sentó en la cama. Y le agarró el sexo con la mano.
-¿Has tenido muchos amantes?
-No. Sólo uno antes de ti. Pero tuve novio. Cuando era muy joven.”

…..

“Vino a vernos un día. Paseamos. Ella estaba contenta. Y triste en el momento de la partida. Toda partida era siempre la partida. La partida con P mayúscula. La de su padre en el andén de la estación de Châteauroux. Ella tiene cuatro años. Las puertas de los vagones todavía no se cierran automáticamente . Un viajero puede quedarse en el resquicio. Ella está en el andén. Mira la silueta en la puerta abierta. La mano se agita. El tren se pone en movimiento. Luego se aleja, con la silueta que desaparece. Y después nada más durante trece años. Entonces, otra vez la silueta en el mismo andén. Ella tenía diecisiete años. Él se apeó del tren, la tomó en sus brazos. Y soltó un sollozo al estrecharla.
-¿Quién es este hombre que solloza al abrazarme?
Por supuesto, sabía muy bien quién era.”

…..

“Ella estaba feliz de haberlo visto. Triste por verlo marchar. Siempre era igual, una llegada, una partida. No había nada estable. Nos quedamos plantadas detrás del coche que arrancaba, ella lloraba en silencio. Alargué la mano hacia ella. Y le apreté la muñeca.”

…..

“Se trataba de la negación automática. Cambio de punto de vista. En su caso, la prohibición fundamental ya no es la de relaciones  sexuales entre ascendientes y descendientes, sino la del matrimonio desigual. De ese modo siempre estarías tú por un lado y él por otro. Dado que eso era lo que había que preservar a toda costa, para ellos constituía la regla fundamental. Él en su mundo superior. Y tú en tu mundo inferior. Con el añadido, en tu caso, en ese mundo inferior, y con el fin de infravalorarte todavía un poco más, de hacerte caer en los más bajos fondos, pues eso, para rematar, tu hija violada por su padre, y tú la madre que no ve nada, la imbécil, la gilipollas, la idiota, incluso la cómplice, vete a saber. Aún bajas unos grados más en la escala de la respetabilidad, de hecho, ya no se puede llegar más abajo. No hay nada más debajo de eso. Estoy segura de que fue así, mamá.”

(Christine Angot, Un amor imposible, páginas 29, 75, 126, 221-222)

miércoles, 9 de agosto de 2017

LA IMPORTANCIA DE LOS SERES INFRECUENTES



Los seres infrecuentes
Isabel Garzo
Prólogo de Gustavo Martín Garzo
Editorial Pie de Página, Madrid, 2016, 190 páginas.

   Cimentándola en un buen hacer narrativo, con una arquitectura tripartita y con erratas colocadas estratégicamente, según se nos advierte en el paratexto, Isabel Garzo nos regala su segunda novela que, en palabras del prologuista, rinde un generoso tributo a las bodas misteriosas entre sueño y realidad, entre el amor y la muerte. Una novela de difícil catalogación y registro, que no ofrece demasiadas facilidades a la hora de definirla, pero que, si en algún subgénero narrativo puede ser encuadrada, es en la literatura intimista. La literatura intimista no es esclava de cuestiones semánticas; y es por ello penetrantemente narrativa;  pone su foco de atención en los problemas existenciales, en asuntos íntimos, familiares, en las oscilaciones y estados del ánimo humano, en los sentimientos y emociones. Justifico esta taxonomía porque, en esta novela, Isabel Garzo se encuentra a años luz de las actitudes retóricas, tanto en la forma como en el contenido. Huye así mismo de los tonos ampulosos, no ensalza a seres excepcionales, ni canta gestas heroicas, sino que privilegia las representaciones de la vida diaria, y lo hace frecuentemente con un estilo evanecido y en buena medida casi difuminado. La representación de la realidad no es concluyentemente objetiva, sino que nos llega reinterpretada a la luz del mundo interior de los personajes, filtrada a través de sus recuerdos, emociones y estados de ánimo.
   Mas nada de lo dicho significa que Los seres infrecuentes carezca de trama argumental. En la novela conviven tres hilos narrativos que no corren simplemente paralelos. Al contrario, se retroalimentan entre sí, o mejor dicho, los dos secundarios sustentan y suministran sentido al principal: la historia cuyo protagonista es Brais, un personaje que, en compañía de su esposa Elena y de su hijo Jesús, nacido con una malformación cardíaca, vive en Madrid, estrechamente unidos a su abuelo, un gallego de  A Costa da Morte que enviudó al poco tiempo de casarse y se responsabiliza de su único hijo, el padre de Brais, al que este no alcanzó a conocer, pues, tanto él como la madre supuestamente fallecieron jóvenes, con Brais apenas de tres años.
   Tras un viaje a Rumanía para adoptar a una niña, Mirela, la familia efectuará un desplazamiento transcendental a Galicia, a la aldea natal de Ézaro, donde Brais se enfrentará con sus verdaderos orígenes y descubrirá los insospechados giros que da la vida y que no revelaré en esta reseña ya que en ellos reside toda la magia de esta novela, un verdadero tirabuzón, tal como la define el principal protagonista; y no exenta de intriga.
   Y a la par, los otros hilos argumentales: la fábula “Ciudad de Lis” que le contó el abuelo a Brais, un regalo que incluía el permiso para hacer de su vida un cuento sin avergonzarse, ser él mismo, atreverse a elegir a Elena y convencerse de que no existen reglas que valgan para todos. Y la historia de “La pareja de cuento” que tiene gran incidencia  en la trama principal: cuando al marido le importa más su honor que la intimidad con la esposa porque el hijo que ella acaba de parir no se parece en nada  a él y concluye que su mujer le ha sido infiel. Mas los giros y golpes de efecto de los que se nutre la novela, harán que el lector se lleve una indiscutible sorpresa y que la verdadera pareja de cuento sea realmente otra: la formada por la bella joven y el padre de Brais, no el esposo rico con el que aquella se vio obligada a casarse.
   En Los seres infrecuentes todo nos llega filtrado a través de los ojos y de la voz del principal protagonista. Los escasos personajes que intervienen en la triple trama son actantes secundarios, a excepción de la figura del abuelo y de la anciana Ingrid, la meiga de Ézaro. Los otros forman la familia o el entorno de Brais. Personajes cercanos y muy naturales, cualidades que comparten con Brais que no solo es la voz narrativa en su propia historia, sino el referente en buena parte de las otras dos. Brais, como personaje, evoluciona conforma avanza la historia, y llena el texto con agudas reflexiones: la incidencia de los demás  en la propia vida, el cuestionamiento de la existencia, los caprichos del destino, el determinismo de las relaciones familiares y la importancia así mismo de otras que son aleatorias  y que vamos construyendo día a día. Se trata de la relación con los seres infrecuentes con los que nos cruzamos en la vida y que también influyen en nuestras decisiones hasta el punto de poder revolucionar nuestra existencia.
   Acertadas, en mi opinión, varias de las estrategias compositivas que emplea la autora. En especial, el hecho de prestar atención a los pequeños detalles que ayudan, sin embargo, a entender el sentido de la narración. Cobra así mismo un importante valor el factor sorpresa que aligera y hace más soportable una narración centrada sobre todo en el mundo interior de los personajes.
   
Cascada de Ézaro donde el Río Xallas se funde con el Atlántico

                                                          
  
   Pocas descripciones de ambientes y espacios, con una notable excepción: el retrato que la autora hace de Ézaro en A Costa da Morte, desvelada con ajustadas pinceladas. Estilo lento, parsimonioso, mas muy envolvente, para hacernos degustar historias aparentemente sencillas pero profundamente vitales e intimistas. Novela con intensos sabores gallegos; se nos habla de meigas, de  Ézaro, del río Xallas, el principal protagonista lleva un nombre gallego… Desconozco si el empleo del topónimo “La Coruña”, para referirse a la ciudad gallega, es una de esas erratas colocadas estratégicamente. Mas, sea como fuere, quiero dejar constancia de que el nombre correcto y normativo de la capital herculina, tanto en gallego como en español, es “A Coruña”.  La disputa “A Coruña / La Coruña” fue un debate, hoy felizmente superado.

Francisco Martínez Bouzas

                                                  
Isabel Garzo

Fragmentos

“Muchas veces después de aquello, sobre todo en los momentos más felices de mi vida, imaginaba todo lo que no tendría si esa operación hubiera salido mal. Había visto muchas películas en las que parejas que se amaban se separaban porque no podían sobrellevar la pérdida de un hijo. Había leído libros de personas que se veían inmersas en la indigencia de la noche a la mañana tras sufrir algo así y decidir que ya no tenían fuerzas para nada.
Supongo que, al fin y al cabo, aquel momento de la operación y el que ahora enfrentaba en Constanza eran bastante  parecidos  en cuanto a que, salieran como salieran, marcarían un antes y un después en mi vida. De ahí que lo recordara justo ese día, frente a la cinta transportadora de equipajes. La vida fluye en un juego de paralelismos, de actos, momentos y personas conectados por un engranaje de hilo, momentos y personas conectados por un engranaje de hilo invisible que no entendemos. Solo de vez en cuando, gracias a un rayo de luz que se extravía, que seguramente no debería estar ahí, vislumbramos uno de esos hilos. Entendemos, por un momento, la conexión, la coincidencia. Amamos las partes coincidentes antes de dejarlas alejarse de nuevo por quién sabe cuánto tiempo más.”

…..

“En esos primeros encuentros conocí un deseo sin límites y saboreé el respeto que sentía cada uno por el cuerpo del otro. Si nuestras manos se rozaban, si compartíamos cualquier otro gesto, tratábamos cada  centímetro de piel como si estuviera hecho de un frágil y carísimo material. Todos los encuentros románticos o sexuales que había tenido en los años anteriores con otras personas pasaron a convertirse en otra cosa. No tenían nada que ver con lo que hacía con Elena; deberían llamarse de otra forma.
Cada vez que quedábamos, pasábamos nerviosos los primeros minutos. Tardamos semanas en darnos un beso en condiciones porque nos derretíamos cuando nuestros labios se rozaban, lo que hacía que nos quedáramos durante minutos simplemente así, posados el uno sobre el otro, acompasando nuestra respiración, sintiendo. Después de despedirme de ella, ya en la casa que compartía con otros dos compañeros, esos proyectos de beso eran suficientes para desarrollar mi imaginación hasta límites insospechados, para acompañarme una y otra vez durante decenas de noches, para acunarme en los momentos previos al sueño y hacer que me durmiera con una sonrisa.”

…..

“Era difícil  arrancarse uno de la tierra a la que pertenecía. Aunque para la gente de ciudad, siempre con prisa, vivir en Ézaro  podía resultar tremendamente aburrido, lo cierto es que Ingrid había vivido muchas emociones en ese pueblo. La Costa de la Muerte es muy abrupta, los temporales son frecuentes y en esos años no era raro que las olas arrastraran hasta la playa los restos de algún naufragio o la mercancía perdida de algún barco. Ingrid, el abuelo y el resto de su generación habían pasado su adolescencia y juventud rodeados de leyendas, cuentos de fantasmas y misterios que llegaban a la orilla en cajas de madera. Calzado, maniquíes… Quien menos tenía una historia que contar de algo inesperado que las olas llevaron hasta sus pies  como por arte de magia.”

(Isabel Garzo, Los seres infrecuentes, páginas 25-26, 63, 163)

viernes, 4 de agosto de 2017

RETRATO DESPIADADO DEL GRAN SUEÑO AMERICANO



El Gran Gatsby
F. Scott Fitzgerald
Traducción y epílogo de  Justo Navarro Velilla
Editorial Anagrama, Barcelona, 2011 (Panorama de Narrativas), 2012 (Compactos)
(LIBROS DE FONDO)

   Francis  Scott Fitzgerald (1896-1940) es uno de los escritores más importantes y emblemáticos de la literatura norteamericana y el mejor cronista de toda una generación que nace, como él mismo escribió, para hallar muertos todos los dioses, terminadas todas las guerras y toda la fe en el ser humano sometida a una duda radical. Nadie como F. Scott Fitzgerald supo definir la llamada “era del jazz”, la prosperidad derivada de la primera Guerra Mundial; y diagnosticar con crudeza su fracaso, la traición que, con su ignorancia y materialismo, la llamada nueva clase, surgida del enriquecimiento fácil, acabaría por volatilizar todos los ideales del alegre sueño americano. Y supo además definir las coordenadas de ese sueño porque F. Scott Fitzgerald representa de forma modélica a aquella “Generación Perdida”, slogan que empleó Gertrude Stein para encuadrar a ciertos compatriotas suyos más jóvenes y osados que ella, que vivían y, sobre todo, bebían bajo los alientos voluptuosos de los felices años veinte.
   En efecto, el autor de El Gran Gatsby representa muchos más que ningún otro escritor, al modelo del perdedor de la época; un hombre a quien sus escritos, y de forma especial sus relatos, hacen famoso de la noche a la mañana y que finiquita sus días, a comienzos de la década de los cuarenta, alcoholizado, sin dinero, su contorno privado de amor y olvidado por el público norteamericano.
   La genialidad de Scott Fitzgerald consistió justamente en convertir todo esto en un tema artístico; en presentar literalmente al dinero en toda su materialidad, algo voluptuoso y volátil, símbolo de un ideal que es al mismo tiempo tan frágil y efímero como el placer.
   El Gran Gatsby forma parte de aquella literatura que hace de la sátira social y del reflejo de la decadencia y de la corrupción de una sociedad su tema central. Una novela que trata de amores nunca logrados, de la muerte, de fiestas disparatadas, de ideales románticos. Y contiene el retrato despiadado e implacable de la sociedad americana en los años posteriores a la primera Gran Guerra, en los que surgen, como clase social, los nuevos ricos, sin que los pobres hayan dejado de serlo.
   Jay Gatsby, el protagonista de la novela, es el prototipo de esta nueva clase social, amoral e independiente, que desvaría por triunfar sea como sea y que finalmente será destruida por aquellos a los que intenta imitar. Sin embargo, Nic Carraway, narrador de la historia, un ser con especiales cualidades para captar la falsedad y la dureza del sistema clasista americano y el fracaso de su sueño, acaba por rendirse delante del incuestionable hechizo de Gatsby. Su aura romántica hace que el personaje no pertenezca por entero al grupo de los ricos de origen, una clase sin moral y sin posibilidades de redención. De hecho, en Gatsby la necesidad de hacerse rico no tiene otro origen y finalidad que los de conseguir el amor de Daisy.
   En el fondo, F. Scott Fitzgerald es heredero de la idea romántica de que la verdad es hermosura, pero también de que es necesario vivir la vida al instante, puesto que nada mortal es eterno. Así pues, sobre la novela planea un cierto aire de tragedia griega. Personajes como Jay Gatsby, con su indomable capacidad de amar a Daisy, la joven que tiene la voz rebosante de dinero, nos recuerdan a los grandes héroes trágicos clásicos que, cuando se aproximan a la meta, esta desaparece en el horizonte.
   El Gran Gatsby fue publicada en 1925, pero no logró el éxito popular de los relatos breves del autor, ni tampoco el de sus primeras novelas (A este lado del paraíso, 1920, Hermosos y malditos, 1922). No obstante, los críticos más exigentes escribieron que era una de las obras de la literatura más notables de la literatura escrita en lengua inglesa. Una categoría que queda demostrada al comprobar los magistrales enfoques narrativos; la complejidad de la voz narradora, a la vez observador y participante en el destino del protagonista; los diálogos perfectos; las descripciones incomparables; la luz del embarcadero de Daisy en Long Island que Jay Gatsby custodia en el verano y que, desde entonces, se convirtió en la gran metáfora de las ilusiones y de los sueños inalcanzables.

Francisco Martínez Bouzas

                                                 
F. Scott Fitzgerald

Fragmentos

“A medio camino entre West Egg y Nueva York la carretera confluye de pronto con la línea del ferrocarril y corre a su lado cerca de cuatrocientos metros, como si quisiera evitar cierta extensión de tierra desolada. Es un valle de cenizas: una granja fantástica donde las cenizas crecen como el trigo hasta convertirse en cordilleras, colinas y jardines grotescos, donde las cenizas toman la forma de casas y chimeneas y humo y, por fin, en un esfuerzo trascendental, de hombres de ceniza que se agitan como sombras y se deshacen en el aire polvoriento. De vez en cuando una fila de vagones grises se arrastra por una vía invisible, se estremece en un crujido espectral y se detiene, e inmediatamente los hombres de ceniza salen como un enjambre con palas que parecen de plomo y levantan una nube impenetrable que nos oculta sus misteriosas operaciones.
Pero sobre la tierra gris y las ráfagas de polvo inhóspito que soplan incesantemente sobre ella, se distinguen, al cabo de un momento, los ojos del doctor T. J. Eckleburg. Los ojos del doctor T. J. Eckleburg son azules y gigantes: sus pupilas casi alcanzan un metro de altura. No miran desde una cara, sino desde unas enormes gafas amarillas que se apoyan en una nariz inexistente. Algún oculista insensato y bromista los debió de poner ahí para aumentar su clientela en la zona de Queens, y luego se hundió en la ceguera eterna, o los olvidó y se fue a otra parte. Pero sus ojos, algo deslucidos por los muchos días expuestos a la lluvia y al sol sin recibir jamás una mano de pintura, siguen meditando tristemente sobre el solemne vertedero.
Un riachuelo sucio limita el valle de cenizas por uno de sus flancos,  y, cuando el puente levadizo se alza para que pasen las barcazas, los pasajeros de los trenes pueden quedarse media hora contemplando el lúgubre lugar mientras esperan. Es inevitable detenerse allí, aunque sea un momento, y precisamente por eso conocí a la amante de Tom Buchanan.”

…..

“Abrimos al azar una puerta que parecía importante y entramos en una biblioteca gótica, de techos altos y paredes recubiertas de roble inglés tallado, probablemente transportada completa desde alguna ruina de ultramar.
Un individuo corpulento, de mediana edad, con gafas enormes y ojos de búho, algo borracho, se sentaba en el filo de una mesa grande y, titubeante, se concentraba en mirar los anaqueles de libros. Cuando entramos, giró sobre sí mismo, nervioso, y examinó a Jordan de pies a cabeza.
-¿Qué les parece? -preguntó con verdadero ímpetu.
-¿Qué?
Señaló hacia los libros con la mano.
-Eso. Y no tienen que molestarse en comprobarlo. Lo he comprobado yo. Son de verdad.
-¿los libros?
Asintió.
-Absolutamente de verdad: tienen páginas y todas esas cosas. Pensé que serían de cartón hueco, resistente. Pero son absolutamente de verdad. Páginas y… Fíjense, déjenme que se lo demuestre.
Dando por sentado nuestro escepticismo, se precipitó hacia los estantes y volvió con el primer volumen de las Conferencias de Stoddard.
-¡Miren! -exclamó triunfalmente-. Es una pieza auténtica de material impreso. Había conseguido engañarme. Este tipo es un verdadero Belasco. ¡Qué triunfo! ¡Qué meticulosidad! Y también supo dónde pararse: las páginas están sin cortar, sin abrir. ¿Pero qué esperaban ustedes? ¿Qué querían?
Me arrebató el libro y lo devolvió corriendo a su estante, murmurando que si quitáramos un ladrillo toda la biblioteca podría venirse abajo.
-¿Quién les ha traído? -preguntó-. ¿O ustedes han venido por su cuenta? A mí me han traído. A casi todo el mundo lo traen.
Jordan lo miraba muy atenta, feliz, sin responder.
-A mí me ha traído una mujer que se llama Roosevelt –continuó-. La señora Claud Roosevelt. ¿No la conocen? Yo la conocí anoche, no sé dónde. Llevo casi una semana borracho, y pensé que sentarme un rato en una biblioteca a lo mejor me despejaba.
-¿Ha funcionado?
-Un poco, sí, creo. Todavía es pronto para decirlo. Sólo llevo aquí una hora. ¿Les he dicho lo de los libros? Son de verdad. Son…
-Nos lo ha dicho.
Le estrechamos la mano solemnemente y salimos.”

(F. Scott Fitzgerald, El Gran Gatsby)