lunes, 5 de diciembre de 2016

LOS CUENTOS COMPLETOS DE KINGSLEY AMIS: ENTRE EL HUMOR Y LA MORDACIDAD

Cuentos completos
Kingsley Amis
Traducción de Raquel Vicedo, 
Editorial Impedimenta, Madrid, 570 páginas

   El año 2011 la editorial inglesa Penguin  Books publicaba, reunidos en un solo volumen, los relatos completos de Kingsley Amis (Complete Stories). El olfato de Enrique Redel, editor de Impedimenta, permitió hace unos meses su recopilación y publicación en español en una edición singular: un volumen de tapas duras que reúne veinticuatro relatos, algunos de dimensiones considerables. Historias que son un reflejo de las ideas creativas del autor, y que, según sus mismas palabras, guardan una notable afinidad con su hermana mayor, la novela. Cuentos publicados entre 1955 y 1993, escritos a lo largo de cincuenta años con el marchamo característico del escritor inglés: entre los humorístico, lo satírico y lo conmovedor; y que nos remiten a la prosa de uno de los diez mejores narradores británicos posteriores a 1954, aunque no ajeno a controversias. Miembro destacado de los Angry Young Men (Jóvenes Airados) junto con Philip Larkin, Harold Pinter o Allan Sillitoe. Poeta, autor de más de veinte novelas -la más conocida Lucky Jim (Premio Somerset Maugham)-, de libros de memorias y de una interesante prosa epistolar, Letters of Kingsley Amis.
   Su vida personal proporcionaría un buen argumento para ese tipo de narrativa, hoy tan de moda, en la que novelistas novelan a escritores. Estalinista en sus años de juventud, con notable sensibilidad hacia la clase obrera, crítico con la dominante. Mas,  a raíz de la invasión de Hungría por las tropas soviéticas, se produjo en Kingsley Amis un giro copernicano, derivando hacia un feroz anticomunismo hasta convertirse en un verdadero reaccionario que adoraba a Margaret Tatcher y a la reina que aparecía, según su hijo Matin Amis, en sus sueños eróticos. Tras conseguir una plaza de profesor en la Universidad de Cambridge, renuncia a los dos años  a la misma (“Después de tres tutorías en un día no me veía capaz más que de poner el gramófono”, fue su justificación). Su vida familiar, rebosante de alcohol, de boutades y de mujeres. Casado en dos ocasiones y divorciado otras tantas. A pesar de su misoginia tenía, a las mujeres entre sus debilidades. Su segunda esposa, la escritora y modelo Elizabeth Jane Howard, harta de sus infidelidades y desplantes, lo abandonó en 1983. Y entonces el camino que toma fue irse a vivir con la que fuera su primera mujer y el tercer marido de esta. Martin Amis cuenta en su libro de memorias que su padre murió hinchado por el alcohol.
   Lo anterior es un pequeño flash a la vida culposa de Kingsley Amis, pero tengamos en cuenta, como escribe Juan Tallón, que sin basura no hay biografía y posiblemente tampoco literatura, añado yo. Por eso, más allá de una existencia extremada y licenciosa, permanece la literatura de Kingsley Amis, en la que por cierto deja constancia de su irresistible amistad con el alcohol y de una crítica social cercana a la política-ficción (The Alteration, 1976), escrita desde un punto de vista cercano al fascismo.
   Los relatos, no obstante su cercanía con las novelas breves, -en el fondo son novelas condensadas- son para Kingsley Amis, como apunta en el Epílogo, como trabajar en vacaciones; una labor que además lo libera de la angustia. La contrapartida es que, para abrirse hueco entre los lectores, el relato “debe destacar entre múltiples culos y tetas impresas en papel couché” (página 567). Sea como fuere, y a pesar de la opinión de su creador, algunos de los cuentos reunidos en este volumen son piezas narrativas de gran calidad, repletas de ingenio, componentes satíricos y dotadas de las suficientes cualidades para divertir al lector. En un amplio abanico temático, Kingsley Amis conjuga  relatos que da la impresión de estar extraídos de su propia geografía biográfica, con otros en los que critica la deplorable eficacia de los servicios sociales, caricaturiza la crítica literaria, ofrece parodias de Sherlock Holmes, eternas historias de amor y desamor, reflexiones en torno a un funeral, o giran en torno a la ciencia ficción asociada a la bebida. En esta última línea, destacan por su capacidad para producir abundantes carcajadas, “El clarete de 2003”, protagonizado por unos personajes que crean un artilugio -TIOPEPE son sus siglas-  capaz de predecir el sabor de la bebida del futuro. Su continuación en “Los amigos del morapio” e “Inversión en futuros” tampoco tienen desperdicio: los tipos de la clase alta deben darse por satisfechos con beber simple cerveza, mientras que los trabajadores degustan el mejor vino. Memorable así mismo, “El secreto del señor Barret” por las razones con las que el padre de Elizabeth intenta evitar su boda con el poeta Browing, así como por su desenlace.
   Cuentos presentados en esta edición de manera cronológica, lo que nos permite comprobar la evolución narrativa del autor, cuyo talento como escritor es innegable. Domina las estructuras narrativas breves y el arte de la palabra, y todo ello se hace presente en cada historia y en cada párrafo, cargado de humor, causticidad, sátira o desvarío. Por todo ello su lectura se convierte en una experiencia literaria tan breve como viva y penetrante.

Francisco Martínez Bouzas


Kingsley Amis


Fragmentos

“En realidad, es cierto que los trabajadores sociales son necesarios, igual que son necesarios los guardas de prisiones, los oficiales de los gobiernos locales, los policías, los policías militares, las enfermeras, los clérigos, los científicos, los encargados de los hospitales mentales, los políticos y -por el momento, en cualquier caso, Dios perdone a todos- los verdugos. Pero eso no significa que uno tuviera que sentirse predispuesto a confraternizar con cada una de esas personas, excepto quizá con alguna que otra enfermera y, en cualquier caso, solo basándose en lo que uno podría llamar fundamentos extrínsecos.
Aunque, por supuesto, uno no debería haber perdido el tiempo pensando en Mair. En lo que a mí respecta, Mair, con su credo de arremángate y-ponte-manos-a-la-obra (sin importar qué sea la «obra»), podía desaparecer del mapa en cualquier momento, en la medida de lo posible después de haber sido atada, amordazada y obligada a escuchar todo lo que Betty tuviera que decirle. Y qué si algo debía o podía hacerse con Betty, y qué si alguien debía o podía hacerlo y cómo: a eso se reducía todo. Me apenaba pensar en que para mí era imposible aparecer en la cárcel el gran día, llevando un ramo de flores y un paraguas de plástico nuevo.”

…..

“-¡Pues me están dando arcadas! -dijo el hombre con violencia-. Esto es un Château La Bouygue de 2003, de uva recolectada antes de la Phulloxera, por supuesto. Eso sí, ligero y libre, no rico en asociación, pero con completa garantía de su honestidad; instrumental mientras que los de 2001 son sinfónicos; la delicadeza de un Braque más que la audacia de un Matisse. ¿Eso es lo máximo a lo que puedes aspirar? ¿Amor y poesía lírica, de verdad? Nunca en mi vida he escuchado una bazofia semejante. No tienes el nivel suficiente para venir aquí, amigo. Mejor será que te vayas a uno de esos pubs con tus compañeros de clase alta: ese es tu sitio.”

(Kingsley Amis, Cuentos completos, páginas 125, 222)

jueves, 1 de diciembre de 2016

LA PATERNIDAD, UN PUNTO ÁLGIDO EN LAS RELACIONES DE PAREJA



El padre infiel
Antonio Scurati
Traducción de Xavier González
Libros del Asteroide, Barcelona, 233 páginas.

   Antonio Scurati (Nápoles, 1969) está convencido, con el protagonista de El padre infiel, que la actual es la primera generación que vive una profunda transformación en múltiples aspectos: entre ellos, en el rol paterno y en la naturaleza y funcionalidad de la pareja en el día de hoy: “Cuando la pareja alcanza su punto álgido, desaparece. Muere. Ya no existe. Da lugar  a la familia.” Ese punto álgido puede ser el nacimiento de un hijo. Y la novela, El padre infiel, pretende dar cuenta de ese proceso a través de un protagonista, Glauco Ravelli, que cuenta su historia desde el principio, remontándose a sus inicios en la edad adulta, a sus prolegómenos como padre y esposo, extraído todo del álbum de los recuerdos. Todo al inicio de un nuevo milenio rebosante de promesas de felicidad, tras un interminable siglo XX repleto de banalidades del mal.
   A pesar de que para el protagonista la familia es una fantasmagoría consumista, decide dar inicio a su vida adulta desprendiéndose de la nobleza arrogante de la misantropía -la heroicidad de su juventud- y formar una familia. Lo hará con Giulia, un amor que germinó y creció a pesar de su misoginia; si bien la razón última de tal paso no fue el enamoramiento sino el aburrimiento. Después de una velada en el más grande festival del mundo dedicado a los quesos, decide, no con el corazón sino con la cabeza, que se enamoraría de Giulia. Y, en efecto, se enamora sin ficciones, sin tropos. Lo que sigue es la historia de una derrota; su primer eslabón es el conocimiento de que va a ser padre; y su final lo anticipa el autor mediante una prolepsis, en una confesión entre sollozos de la esposa:”Quizás no me gustan los hombres”. Pero no es que Giulia hubiera decidido salir del armario del lesbianismo; no, es una confesión de derrota, que no puede más, que no soporta vivir con ese hombre con el que comparte su vida.
   Había transcurrido ocho años desde que se habían conocido, cuatro desde el matrimonio y tres desde el nacimiento de la hija, pero Glauco Ravelli, licenciado en filosofía, cocinero de oficio, es un varón ontológicamente  infiel, si bien la novela es parca en infidelidades carnales. Es infiel a la genitalidad. Después de descubrir e ilusionarse con la paternidad  como experiencia maravillosa, sus cuarenta años, el proceso depresivo de la esposa tras el parto y su rechazo del sexo, hacen que se sienta extraño, alejado y no preparado para el papel de padre; un desempeño que  le exige enfrentarse a problemas -la tiranía infantil, entre otros-, y realizar tareas poco satisfactorias relacionadas con la paternidad. Es el anti-clímax que pone en peligro las relaciones, especialmente las pasionales, con la compañera y que, a la postre, desembocara en la crisis familiar.
   El padre infiel es un crudo retrato de la crisis de la paternidad en las sociedades avanzadas en los inicios del siglo XXI, en el contexto de una sociedad que ha transformado la paternidad y la maternidad en una experiencia obligatoria, en un debe, que hace abstracción, sin embargo, de las exigencias que las mismas implican; y que provocan la infidelidad, no a la esposa, sino a la hija y a las tareas del día a día que impone el hecho de ser padre.
   Antonio Scurati nos ofrece una novela que amalgama ficción y ensayo con no pocas veleidades filosóficas. Se percibe en sus páginas, entre multitud de anécdotas y reflexiones, una crítica sobre el modelo familiar y el rol de la paternidad especialmente en el mundo actual. El autor sabe, no obstante, mantener el equilibrio entre el relato  y la reflexión ensayística. Los personajes, fundamentalmente el del padre cocinero, están bien diseñados. Glauco Ravelli no es un actante plano; evoluciona a lo largo de la novela. Menos elaborada es la figura de Giulia, la esposa. Scurati se fija en su físico atractivo y hermoso, pero no indaga en sus aspiraciones. El tercer personaje, la hija, no dice nada, mas su silencio es elocuente, y permite leer en el mismo lo que quiere de sus padres. El estilo de la lengua no es intranscendente  en este libro: la frialdad quirúrgica  de la narración, ajena a cualquier grandilocuencia, se vuelve menos gélida cuando describe la atmósfera familiar.
   Libro escrito con una tonalidad confesional que nos invita, e incluso nos obliga, a reflexionar sobre nuestra propia existencia cotidiana, sobre hechos teóricamente tan habituales como la convivencia familiar, la crianza  de los hijos, y especialmente sobre el papel de los hombres en la crianza de los mismos. La confesión del protagonista es a la vez feroz y consoladora, luciferina y candorosa, mas no carente de situaciones que nos divierten.

Francisco Martínez Bouzas

                                                 
Antonio Scurati
Fragmentos

“Más tarde descubrirás que el mito de la familia y la fantasmagoría consumista son dos caras de la misma moneda. Un día lejano descubrirás que ninguna de las dos será nunca tu cara. Tendrán, sin embargo que pasar muchos años, por ahora solo tienes un vago presentimiento. Sí, porque en el fondo ya intuyes que, si en el XIX el conde Tolstói escribió que todas las familias felices se parecen, pero que cada familia infeliz lo es a su manera, hoy, a principios del XXI, la única familia feliz es la de las galletas cubiertas de azúcar granulado.”

…..

“Dejé la búsqueda del sentido de la vida. Y de repente comprendí: éramos unos viejos. Éramos una veintena de hombres y mujeres próximos a tener nuestro primer hijo y, sin embargo, aparte de los de Comunicación y Liberación, de la chica magrebí y tal vez de un par más entre nosotros, teníamos todos edad para ser abuelos. Nos sentábamos con las piernas cruzadas en el suelo desde hacía menos de veinte minutos y las articulaciones de las rodillas, la unión entre el muslo y la ingle ya se habían anquilosado. A nosotros, los hombres, salvo raras excepciones, ya nos escaseaba el pelo o estábamos calvos; y nuestras mujeres, incluso antes de amamantar, tenían ya casi todas los pechos caídos.
Ahora me quedaba  clara la nota discordante que había captado en nuestra heroica patrulla desde el momento en el que me senté: era un problema de edad pura y simplemente. Éramos por partida de nacimiento incongruentes con la primera paternidad y la primera maternidad.”

…..

“Sentía en efecto -sería injusto negarlo-  una gran pena por esa mujer nominalmente fuerte, derrumbada  psíquicamente  en el preciso instante en que había parido a su primer hijo; pero también sentía -sería inútil esconderlo- una intensa rabia centrífuga respecto a esa impredecible derrota suya.
Conservamos muchas fotografías de esos días, pero si alguien nos hubiese retratado anteriormente como pareja, en el centro de la imagen se vería a un hombre que vuelve su mirada hacia la parte superior derecha, en busca de una imposible  línea de fuga, y la nuca delgada de una mujer con un corte de pelo masculino. Eso era lo que quedaba de nosotros desde que rompió aguas; dejamos de ser una pareja un instante después de habernos convertido en una familia.”

(Antonio Scurati, El padre infiel, páginas 26, 62-63, 122-123)

sábado, 26 de noviembre de 2016

ANTONIO TABUCCHI Y EMMANUEL CARRÈRE, NOVEDADES DE ANAGRAMA


   A pocas semanas de que Silvia Sesé substituya a Jorge Herralde al frente de Editorial Anagrama, aunque el fundador y director, desde hace cuarenta y siete años, de la editorial barcelonesa seguirá colaborando, apoyando sin interferir, o dedicándose simplemente a leer a Proust, el catálogo de ensueño de Anagrama sigue creciendo, sigue llenando de buenas vibraciones el día a día de los lectores en español, y desde hace años también los que leen en catalán.
   En ese empeño y voluntad de editar “libros” y desechar los “no libros”, han ido surgiendo colecciones que marcan la historia literaria de este país y de otros de Latinoamérica: “Argumentos” en el campo del ensayo, “Panorama de narrativas” y “Narrativas hispánicas” en el de la ficción. “Otra vuelta de tuerca” y “Compactos” que nos permiten recuperar obras de gran calidad, o “Anagrama compendium”, compilación de las mejores novelas y relatos editados con anterioridad por Anagrama.
   En este mes sobresalen los tres títulos de la colección “Argumentos”: Estudios del malestar. Palabras de autenticidad de las sociedades contemporáneas de José Luis Pardo; Contra el tiempo. Filosofía práctica del instante de Luciano Concheiro y La hora de clase. Por una erótica de la enseñanza de Massimo Recalcati.
   En la colección “Panorama de narrativas”, “la peste amarilla”, tal como la definió el patriarca de Planeta, José Manuel Lara, y cada vez más cercana  a los mil títulos, cuatro piezas ficcionales importantes: El gigante enterrado de Kazuo Ishguro, La Esposa joven de Alessandro Baricco, El juego del revés de Antonio Tabucchi y Bravura de Emmanuel Carrère.
   Entre esos libros que suturan por igual éxito y calidad, se encuentra la nueva traducción con material inédito en español de los cuentos de Antonio Tabucchi, editados por primera vez en marzo de 1986 -fue entonces el número 77 de la colección- y Bravura de Emmanuel Carrere. Antonio Tabucchi (Vecchiano,1943-Lisboa 2012), profesor universitario de literatura portuguesa, ha sido conocido sobre todo por sus relatos, por sus novelas y también por su producción ensayística. Enamorado de la literatura portuguesa, hasta el punto de haberse nacionalizado portugués, traductor y comentador de Fernando Pessoa, Tabucchi ha recogido en su narrativa la tendencia del poeta portugués a multiplicar los planos de la realidad, a añadir constantemente nuevas presencias, a extender las situaciones hasta el punto de hacerlas inconmensurables. Si ha habido un escritor versátil, éste es por antonomasia Antonio Tabucchi. Conocido sobre todo por Sostiene Pereira, el narrador italiano es mucho más que ese paréntesis de novelas fáciles, populares, epopeicas como la citada o La cabeza perdida de Damasceno Monteiro. Tabucchi es sobre todo el delicado y exigente refinamiento de Dama de Porto Pim, Nocturno hindú, Sueño de sueños & Los tres últimos días de Fernando Pessoa. Así como su novela epistolar, Se está haciendo cada vez más tarde y el monólogo desencantado de Tristano muere, seguramente su novela más ambiciosa y en la que el maestro italiano, el mejor escritor de su generación, trabajó doce años y que vio  la luz en la mayoría de las lenguas del mundo, incluidas las minoritarias.
   De Emmanuel Carrère, por su parte (París, 1957), es un extraordinario escritor en los últimos tiempos de novelas de no ficción como El adversario, De vidas ajenas, Limónov o El Reino, y de novelas de solo ficción de sus inicios como El bigote, Una semana en la nieve, comentadas en este cuaderno de crítica literaria. Y  podemos leer ahora en castellano Bravoure (París, 1984), igualmente una pieza que mezcla la ficción, la realidad y personajes históricos..
   Con una finalidad divulgativa, reproduzco la información que nos llega a través de las respectivas presentaciones editoriales. En los próximos días o semanas, volveré sobre estas dos piezas de ficción y ofreceré no solo información de tramas y contenidos, sino también mi valoración personal.

Francisco Martínez Bouzas


Antonio Tabucchi
Traducción de Carlos Gumpert
Editorial Anagrama, Barcelona, 2016, 183 páginas.

  «El libro más hermoso de Tabucchi y uno de los más hermosos de la literatura de estos tiempos»: así calificó el gran crítico italiano Pietro Citati El juego del revés, el libro que supuso en 1981 la revelación de la extraordinaria sabiduría narrativa de Antonio Tabucchi. Ahora volvemos a presentarlo, con honores de estreno, traducido de nuevo, revisado y reordenado siguiendo las últimas disposiciones del autor y con varios apetitosos añadidos: dos nuevos cuentos, incluidos en su momento en la segunda edición, y un tercero jamás traducido a ningún idioma, que sólo circuló en 1986 en edición limitada; una tríada que prolonga la tonalidad de un volumen ya clásico, escrito bajo el signo del temor y del asombro que produce el desvelamiento del reverso oscuro de las cosas, del insondable laberinto de la existencia.
   El relato homónimo que abre el libro puede ser considerado la piedra angular de la obra de Tabucchi, quien nos ofrece ya aquí muchos sus grandes temas: las máscaras que paradójicamente nos revelan, los vericuetos del tiempo, las voces que nos acechan desde fuera y desde dentro, el juego infinito de la literatura. Aunque todos los relatos rayan a gran altura, cabría quizá destacar el bellísimo «Carta desde Casablanca», «Las tardes del sábado», magistral cuento de fantasmas, o «El pequeño Gatsby», bajo el ala de Scott Fitzgerald.”

Bravura
Emmanuel Carrère
Traducción de Jaime Zulaika
Editorial Anagrama, Barcelona, 2016, 355 páginas.

   “De 1816 se dijo que fue «el año sin verano». La erupción de un volcán indonesio alteró la meteorología incluso en lugares tan lejanos como Suiza. Allí, en la villa Diodati, Lord Byron y sus invitados –su médico y secretario Polidori y los Shelley, Percy B. y su esposa Mary– soportaban como podían la lluvia y el frío del inexistente estío. Para combatir el aburrimiento, se retaron a escribir cada uno una historia de terror. En aquella velada, que se conoce como «la noche de los monstruos», nació el Frankenstein de Mary Shelley, y también El vampiro de Polidori.
   De los cuatro personajes, Emmanuel Carrère se centra en el menos relevante, en el paria, en el fracasado: Polidori, al que encontramos en el Soho londinense, adicto al láudano que le proporciona una joven prostituta llamada Teresa, al borde del suicidio y carcomido por el resentimiento porque cree que Byron se ha apropiado de El vampiro y considera que Shelley le ha robado una idea para escribir Frankenstein.
   Pero Polidori acaso sea un personaje manejado por la pluma de otro escritor, el capitán Walton, que está fraguando una versión alternativa de la historia de Victor Frankenstein en la que su amada Elizabeth desempeña un papel relevante. Esta versión la leerá Ann, que redacta libros para una colección de novela rosa y visita a Walton en un extraño hotel regentado por chinos. Y así se despliega un juego de muñecas rusas, una novela de novelas en la que el relato gótico da paso a la novelita rosa y ésta a la narración detectivesca y a la ciencia ficción, en una adictiva sucesión de sorpresas.

   El título, Bravura, hace referencia a una expresión francesa, un morceau de bravoure, que designa aquel fragmento de una obra en la que el creador despliega todo su virtuosismo. Y la novela es precisamente eso: una exploración de los mecanismos de la narración, una sugestiva indagación en el papel del escritor y también del lector, y sobre todo una propuesta literaria de una inventiva torrencial, que deslumbra y atrapa.”

miércoles, 23 de noviembre de 2016

LAS NEBULOSAS DE LA DESMEMORIA



Lo que olvidamos

Paloma Díaz-Mas

Editorial Anagrama, Barcelona, 2016, 163 páginas.



   Paloma Díaz-Mas (Madrid, 1954), es una narradora con una sólida trayectoria consolidada sobre todo en Anagrama. Fue finalista en el año 1983 del primer Premio Herralde de Novela con El rapto del Santo Grial. Lo ganó años más tarde, en 1992, con El sueño de Venecia.  Otros galardones, como el Premio Euskadi 2000, jalonan su carrera literaria. En la editorial barcelonesa han aparecido la mayoría de sus libros, tanto novelas como relatos autobiográficos. El pasado mes de octubre, Anagrama editaba su última entrega narrativa, Lo que olvidamos, una pieza literaria que reproduce una dura experiencia, anclada sobre todo en lo emocional, sobre el proceso de la enfermedad del olvido, vivida por la madre de la protagonista, una paciente de Alzhéimer,  y reflejada por la hija.

   Un núcleo diegético no ajeno a la obra literaria anterior de la escritora, servido especialmente en el contexto de la recreación del pasado, de todo aquello que levita entre el día y la noche de nuestra memoria, de los contenidos que, con el paso del tiempo, se derrumban y se evaporan de nuestros recuerdos.

   Lo que olvidamos es una muestra paradigmática de la narrativa confesional e intimista, centrada en torno a una experiencia familiar, y sobre el puzle vital de un político de la Transición que ya no sabe quién es, ni se recuerda de sí mismo saliendo el 24 de febrero de 1981 del Congreso de los Diputados.

   Una posible experiencia autobiográfica le proporciona a la autora los materiales para ilustrar, desde una intimidad doliente y respetuosa, el proceso de la perdida de la memoria, la enfermedad de la edad avanzada. El relato es ajeno a la visión médica de la dolencia, y se centra en la vertiente humana de un estado progresivamente más angustioso cada día para el paciente y quizás aún mucho más para sus allegados. Con desasosiego que crece a medida que pasan  las páginas, el lector asiste a una experiencia familiar que supera lo meramente anecdótico: una hija que es la voz narrativa, visita, en una residencia de la tercera edad, a su madre víctima del Alzhéimer, y por lo tanto carente de anclajes en el mundo. Allí se relaciona también con otros dolientes de la desmemoria que reclaman su ración de cariño, la afectividad de los besos. Reconstruye Paloma Díaz-Mas el proceso del deterioro mental de la madre (“un goteo de despropósitos” al principio, un entramado de mentiras absurdas, palabras inanes…) que va abriendo un abismo entre la madre y los familiares que presencian horrorizados la carrera imparable de la destrucción. La construcción sobre la marcha de una biografía ficticia y otros penosos acontecimientos acrecientan el período de estupor familiar. La confusión de su propia personalidad y el olvido del hogar les obliga a buscar una nueva vida para la enferma, también para la familia, en un hogar sustitutorio donde se harán cargo de ella. Una vida nueva ancorada únicamente en el presente, sin pasado.

   La voz narrativa entrelaza historias concernientes a la familia, a la casa de siempre, a los objetos allí guardados desde hace muchos años, historias que ya no existen para la madre doliente, pero que son muletas en los que se sustentan los recuerdos futuros. Es así como surge la historia de Pedro, otro enfermo de la residencia y cuyo rostro, treinta y cinco años más joven, ve en la portada de un periódico correspondiente al 24 de febrero de 1981. Es el mismo Pedro saliendo del Congreso de los Diputados tras el asalto de Tejero; en su día posiblemente una personalidad de la Transición. Comienza así la novela del hombre que vive en el olvido; y la recuperación de una parte importante de la historia reciente de España; el testimonio de la Guerra convertido en un puzle de historias contadas desde recuerdos borrosos; el sentimiento de incertidumbre y miedo ante la posibilidad de otra tragedia, intensamente temida durante una larga noche. Y los hombres y mujeres que hicieron la Transición condenados hoy a la amnesia individual y colectiva.

   El laberinto de los núcleos familiares -madre e hija son términos confusos para la que ha perdido la memoria de su propio yo y la de sus allegados- impulsa así mismo a la autora a bucear en los arcanos más inmediatos de la familia materna. Así recupera la figura de la abuela materna, en su niñez, en los años sufridos bajo las bombas, el final de la Guerra; el fallecimiento del abuelo.

   Relato a la vez analítico sobre el progresivo avance del Alzhéimer, y emocional que refleja especialmente el dolor de una hija ante el derrumbe interior de la madre. Con acento melancólico, la voz narrativa trae a escena sus propios recuerdos y su desmemoria, ráfagas del pasado suscitadas por la nueva relación doliente de su progenitora. La singularidad de esta novela-testimonio, escrita desde un doloroso realismo, reside sobre todo en que el acto escritural no se concentra exclusivamente en la fase en la que el deterioro de la persona ya está consolidado, sino en el desarrollo y avance de la enfermedad y en la punzante factura que proyecta sobre los familiares.

   Huelga decir que, en esta bajada a los infiernos de las nebulosas impenetrables de la demencia, Paloma Díaz-Mas huye de lo truculento, del sentimentalismo lastimero. Sin llevar la narración al tremendismo fácil, tampoco ahorra nada. Mas si algo hay que destacar en la tremenda intensidad de esta historia es el propósito autorial de subrayar la importancia de las relaciones humanas, incluso en las fases más agudas del deterioro mental.

   Todo ello presentado a veces con curiosas dosis de humor y con un estilo pulcro y sencillo, que sin embargo a veces ronda lo lírico. Un plus que favorece la intensidad emocional de una novela -muestra plausible del arte de contar- que no es patética, pero sí realista.



Francisco Martínez Bouzas



                                                 
Paloma Díaz-Mas

Fragmentos



“Ya voy a salir, pero no puedo irme así, viendo la cara de desamparo de Ángela y Carmen: tengo que besarlas a ellas también, o se quedarán desconsoladas, le dirán a la cuidadora: «Hoy ella no me besó»; no recordarán mi nombre ni sabrían decir quién soy yo, quién ha sido aquella que se marchó sin besarlas, pero sí que sabrán sentir eso que les falta: que hoy vino alguien que besó a otras y no las besó a ellas. De paso, beso también a esta otra señora sin nombre, la mujercilla de pelo blanco vestida de negro como una abuela antigua, la que está siempre inmóvil como un árbol, mirando al infinito con unos ojos que son, sin embargo, vivarachos y expresivos; vivarachos y expresivos, aunque no se sepa lo que quieren expresar. La beso también a ella, que ni lo espera ni me lo ha pedido ni es capaz de decir su nombre -por eso no sé cómo se llama-; la beso por si acaso, con un beso preventivo, podríamos decir.”



…..



“Quizás, si lograse averiguar algo sobre aquel pseudo-Pedro de la fotografía de 1981, me atrevería a preguntarle algo  a su hijo: si, de verdad, el Pedro de los puzles es aquel diputado del cual yo sé esto y lo otro. Tal vez se sintiese halagado al comprobar que, al cabo del tiempo, alguien ha reconocido a su padre, un hombre que sin duda fue importante un día, que tuvo una relevancia pública hoy ya pasada y olvidada. O a lo mejor lo que sentiría el hijo no sería halago (un impulso de vanidad por la importancia de su padre), sino alivio: alivio al saber que ese hombre que ya apenas reconoce a su propio hijo es, sin embargo, reconocible por otros. Que no todo ha pasado y que su padre no ha cambiado tanto, al fin y al cabo; que está un poco perdido, con la cabeza un tanto ida, por la edad, pero sigue siendo el mismo, tan el mismo que alguien ajeno fue capaz de reconocerlo y decir: es él.”



…..



“Estoy sentada junto a mi madre y de repente la mujer que está en el sillón de al lado me agarra  del brazo, me zarandea enérgicamente, haciéndome un poco de daño. Su mano aprisiona con fuerza mi muñeca para conseguir que la mire, que le preste atención. Y cuando vuelvo la cara hacia ella, me dice bajito, con apenas un hilo de voz: «Creo que estoy preñada.»

Veo sus ojos de susto, el gesto angustiado. Es una mujer de aspecto un tanto rudo, como una campesina antigua, y aparenta más de ochenta años. Tiene miedo. Repite: «Creo que estoy preñada», y su frase es un grito de socorro: quiere que yo le diga algo que la ayude a salir del trance, que la salve, y no sé cómo. Luego se retrae en el sillón, se apoya en el respaldo y añade, algo más tranquila pero todavía preocupada, con un anhelo de quien cree que nada grave ha pasado, que en realidad no ha sucedido el temido desastre: «No, no, no. No estoy preñada. Creo que no estoy preñada.»

En ese declarar y negar entreveo, completamente vivo, un miedo adolescente, el de la jovencita que hace mucho años, en otra sociedad y en otro mundo -en un mundo rural desaparecido, en un país tan cambiado que ya no existe-, tuvo un desliz  (así se decía: «un desliz») y temió el embarazo no deseado o tal vez realmente se quedó preñada  -así: preñada, no embarazada ni encinta; preñada como se quedan las hembras cuando los machos las fecundan, como se quedaban las mujeres del campo y las ovejas, las cabras y las vacas que ellas mismas cuidaban- y tal vez tuvo ese niño o tal vez no o quizás fue solo una falsa alarma, un retraso de unos días en la esperada regla del mes, esa cosa incómoda que de repente se volvía deseable, la menstruación aguardada con impaciencia, esperada como una salvación, recibida -si llegó- con alivio.”



(Paloma Díaz-Mas, Lo que olvidamos, páginas 8-9, 74-75, 118-119)