miércoles, 17 de enero de 2018

LA BAJADA AL INFIERNO DEL "PÚJIL BAILARÍN"



El campeón prohibido
Dario Fo
Traducción de Carlos Gumpert
Ediciones Siruela, Madrid, 2017, 176 páginas.

   

    Con esta historia en la que desde la ficción Dario Fo recrea la aciaga vida de Johann Trollmann, (1907-1943), Rukeli para los gitanos sinti, campeón de los pesos semipesados, un título del que fue desposeído por el régimen nazi, queda patente que no todo está dicho sobre la barbarie del nazismo y de la Segunda Guerra Mundial. Una época tan accidentada y explosiva sigue guardando tremendas historias, historias de maldades e injusticias que muestran la ambivalencia de nuestra especie, capaz de lo mejor y de lo peor.
   Razza di zíngaro, traducida al español para Siruela por Carlos Gumpert, es la última novela publicada en vida por el Nobel italiano fallecido en 1916. Y de nuevo, como ya ocurrió con Lucia Borgia, la hija del Papa y Hay un rey loco en Dinamarca, Dario Fo llega al lector con una novela verdad, en la que,  a los acontecimientos reales, meticulosamente investigados, se les inyectó el marcador semántico de la ficción, mas sin alterar los hechos, ni su valor de verdad. La ficción en este caso explica los elementos históricos, a los que además ilustra bellamente.
   Dario Fo escribe este libro “para remover conciencias”, como ya lo había hecho con sus monólogos recuperados del personaje del bufón medieval, o con los diálogos de Muerte accidental de un anarquista, en los que denunciaba los abusos del poder en Italia. Esa fue una de las razones por las que le fue otorgado el Nobel: “mofarse del poder y restaurar la dignidad  a los oprimidos en la más pura tradición de la juglaría medieval”. Es el otro lado de la historia personalizada en personajes que son víctimas de sus avatares y que al mismo tiempo revelan la dignidad del ser humano. Y bajo esa dimensión Johann Trollmann es una figura paradigmática.
   Dario Fo, en efecto, revisa la vida de Trollmann, llamado Rukeli (árbol) por la etnia a la que pertenecía, los gitanos sinti. Y la ilustra con una hermosa colección de bocetos reproducidos en las páginas finales de la publicación. En la vida real, Johann fue un boxeador alemán perteneciente a la etnia gitana sinti. Desde los ocho años mostró un gran amor por el boxeo; tras un breve entrenamiento, noqueó a un compañero con experiencia profesional. Su técnica -el baile de piernas heredado de las danzas sinti- la recibió con sus genes. Con su piel ambarina y cuerpo de elegancia escultural, fue el fan de las chicas alemanas que veían en él la reencarnación de un dios griego. Mereció ser seleccionado para las Olimpiadas de 1928, pero, en un país que rendía tributo a la raza aria, Alemania no podía estar representada por un gitano. Posteriormente será desposeído del título del peso semipesado que había obtenido venciendo a Adolf Witt. Una desposesión caprichosa, basada aparentemente en la técnica del baile de piernas impropio del estilo alemán, pero en realidad fueron motivos racistas los que la provocaron. No podían aceptar que un miembro, según ellos, de una raza inferior fuera campeón de Alemania. Y el acoso continuó: a riesgo de perder la licencia, se vio forzado a pelear en ferias y espectáculos circenses apara alimentar a su familia.
   Posteriormente le obligaron a divorciarse para proteger a su mujer y a su hija, ya que una mujer alemana no podía estar casada con un gitano. En 1939, cuando el Tercer Reich  inicia la guerra, fue llamado a filas junto con miles de gitanos. Los judíos en cambio fueron excluidos. Enviado a combatir a Polonia y posteriormente a Francia, en 1943 como consecuencia del “Decreto de Auschwitz”, fue arrestado, esterilizado junto con cientos de miles de gitanos e internado en el campo de concentración de Neugamme. Allí realizó su último acto de dignidad: fue obligado a pelear contra un kapo y no se dejó vencer. Una victoria que le costaría la vida. Entre las distintas versiones sobre su muerte, Dario Fo se decanta por la que parece más obvia: una venganza del kapo vencido y humillado.
   Dario Fo recupera una historia verdadera y olvidada gracias a las investigaciones de Paolo Cagna Ninchi y Jana Pavlović, activistas de los derechos de los gitanos. En sus investigaciones se asienta el esqueleto de la novela, una reconstrucción narrativa, con la que indirectamente nos habla de un presente que nos negamos a ver y que sigue atormentando a muchos seres humanos: el racismo que está vivo y presente en nuestros días.
   
                                                 
Fotografía real de Johann Trollmann

 La estructura narrativa que emplea el autor, parte de la narración del Rukeli que se aficiona al boxeo, los primeros puñetazos y entrenamientos en Hannover, hasta su muerte a los treinta y seis años en el campo de concentración. Y entre esas dos fechas, la adolescencia a la que el autor le dedica un amplio espacio. Años transcurridos en entrenamientos, con el recuerdo del abuelo violinista, los días transcurridos con los tíos, criadores de caballos, y con los primos artistas del circo. Son momentos narrativos que le permiten a Dario Fo revelar la cotidianidad de los gitanos sinti, sus danzas y ritos, muy útiles para permitirnos conocer orígenes y tradiciones, desacreditando prejuicios resistentes y peligrosos todavía en nuestros días. Más tarde, los títulos arrebatados; Trollmann se verá obligado a esconderse en el bosque; la llamada a las armas en 1939 en las filas del ejército alemán. Finalmente, la persecución, la esterilización por ser miembro de una raza degenerada en base a teorías genéticas absurdas; la deportación y el asesinato.
   Tanto esta, como las otras dos novelas que conocemos de Dario Fo, están escritas en un estilo señaladamente oral. Más que lectores de un relato, parecemos oyentes y espectadores que escuchan a Dario Fo contando una historia, con una tonalidad aparentemente ligera -frases cortas y contundentes-, pero rebosantes de recursos escénicos. Y sobre todo manteniendo un cierto equilibrio entre lo trágico y lo cómico. Así nos hace llegar Dario Fo la cotidianidad, a la vez brillante y trágica de Johann Trollmann. La bajada al infierno del púgil bailarín, muerto por venganza, pero jamás vencido.

Francisco Martínez Bouzas


Dario Fo


Fragmentos

“Por último, les planteó una cuestión que va más allá de las discusiones acerca de supuestos méritos deportivos. ¿Puede representar un sinti al gran Reich alemán en las Olimpiadas, los juegos que todo el mundo observa? Y si por casualidad -en el boxeo podría suceder- este representante nuestro llegara a alcanzar el máximo reconocimiento de la competición, ¿qué escribirían los grandes periódicos de las otras naciones? ¿«Alemania carece de campeones y ha de recurrir a  los gitanos»? Merece la pena que meditemos sobre este particular.
-Perdoné -prosigue el otro-, pero usted trata a este grupo étnico como si fuera una horda de bárbaros llegados de las estepas. Pues bien, me he informado, y no estoy de acuerdo. He averiguado que los sinti tienen reglas y comportamientos propios de notables civilizaciones. ¿Por qué discriminarlos? ¿Por qué discriminar a un buen púgil por ser sinti? No hay ninguna razón para hacerlo.”

…..

“Olga entra en la habitación en la que está sentado Johann.
-Zirzow viene hacia aquí. Vamos, sal de la cama, no puedes seguir ahí toda la vida. Tal vez venga a traerte buenas noticias.
- Olga, mi amor, ¿qué buenas noticias quieres que me traiga ¿Qué los gitanos han sido readmitidos en los combates nacionales, siempre y cuando se presenten con los tobillos atados el uno al otro, de modo que no puedan brincar como canguros en el ring? ¿Es que no entiendes que todo ha terminado para mí? He sido campeón. ¡Durante una semana! Una semana con la corona y la medalla y luego, de repente: «¡Nada de eso! ¡Esto no es para ti! Me han arrebatado el título sin una razón deportiva, solo porque soy de raza sinti, después de los judíos ahora nos toca a nosotros abandonar el pugilato. ¿Te acuerdas de Seelig? Era un gran campeón. Huyó el mismo día en el que tenía que disputar la pelea por el título. Huyó a París, al parecer. Para convencerlo de que hiciera las maletas, ¿qué crees que le habrán dicho?

…..

“Johann está realmente fuera de sí:
-¡Estos nazis son unos auténticos locos criminales! Primero me excluyen de los Juegos Olímpicos porque un gitano no puede representar a Alemania, después me quitan el título de campeón porque un gitano no puede convertirse en un campeón alemán, luego van y me obligan a divorciarme para salvar a mi esposa y a mi hija, porque una mujer alemana no puede estar casada con un gitano, ¡pero para ir a la guerra a defender a Alemania, un gitano vale perfectamente!”

(Dario Fo, El campeón prohibido, páginas 92-93, 129-130, 152)

sábado, 13 de enero de 2018

FÁBULA MODERNA Y SÁTIRA CONTRA LAS DICTADURAS



Rebelión en la granja
George Orwell
Editorial Debolsillo (Penguin Random House Grupo Editorial), Barcelona, 2017, 144 páginas
(Libros de siempre)

   

   En tiempos de crisis, suele ser una buena receta apostar por lo seguro. Y en el campo de la literatura, lo seguro acostumbra a estar en los clásicos. En los clásicos de nuestro tiempo, eses que vivieron intensamente, y muchas veces en su propia carnes, los grandes problemas humanos que existen desde siempre, porque desde que el mundo es mundo humano, existen dominantes y dominados. Gente que ordena y manda de una forma absoluta y gente sometida, oprimida por las armas del poder. Uno de los grandes narradores de nuestro tiempo, aunque escribió sus obras en el siglo pasado, que mejor supo conectar con la sensibilidad actual con relación a los problemas del poder, del origen de las jefaturas y de su ejercicio despótico, fue Eric Blair (1903-1950), que escribió bajo el heterónimo de George Orwell piezas tan memorables como Homage to Catalonia, 1984 y Animal farm. Esta última traducida a la mayoría de las lenguas del mundo y llevada al cine en dos ocasiones.
   Me acerco, una vez más a la lectura de Rebelión en la granja sin ser capaz de olvidar aquel interrogante de Etiénne de la Boétie: ¿cómo puede ocurrir que tantos hombres, tantas aldeas, tantas ciudades, tantas naciones sufran y soporten de cuando en cuando a un tirano solo, que no tiene otro poder que el que el mismo se otorga? En este libro hallamos un respuesta hallamos una respuesta, a la vez lúcida y realista. También paradigmática porque la resonancia política de sus obras hizo de Orwell una referencia proverbial. Hasta tal punto que  el adjetivo orwelliano se emplea en la actualidad casi tanto como el kafkiano. George Orwell, marxista, pacifista y antisoviético, perfecto conocedor de lo que acontecía en la URSS, escribe esta novela claramente distópica, píticamente incorrecta, porque descubre el meollo de lo que nadie reconoce, las maldades de la sociedad. Y lo hace echando mano de un artificio sumamente pedagógico: la fábula alegórica con la que plasma su radical rechazo y condena de las sociedades totalitarias, basándose en la traición de Stalin a la Revolución rusa.
   Esta sátira de la revolución rusa y del triunfo del estalinismo, escrita en 1945, se ha convertido, por derecho propio, en un hito en la cultura contemporánea y en uno de los libros más mordaces de todos los tiempos. Ante el auge de los animales de  la Granja Manor, la Granja Solariega, detectamos las semillas del totalitarismo en una organización aparentemente ideal; y en los líderes más carismáticos, las sombras de las opresiones más crueles.
   En el grupo de animales de la Granja que se rebelan, expulsan a los humanos y crean un sistema de gobierno propio que termina por convertirse en una feroz tiranía, están retratados, es verdad, los agentes y colectivos de la Revolución Bolchevique de 1917 y su evolución hacia una dictadura tiránica y corrupta bajo las garras de Stalin. Mas su significado transciende el caso particular soviético. Orwell, empleando un lenguaje sumamente sencillo, realiza un análisis profundo de la corrupción que genera el poder, una diáfana diatriba contra todos los totalitarismo, tan antiguos como nuestra civilización, sin ser exclusivos, por mucho que los afirmara Popper de la sociedades cerradas. En ese largo territorio espacial que va desde las sociedades tribales hasta las sociedades abiertas, brotan siempre personajes y colectividades como las que Orwell alegorizó en Rebelión en la granja. Por consiguiente, concluyo el comentario de esta obra literaria perfecta, tal como escribió T.S Eliot, con otro interrogante, esta vez tras la estela de Foucault: ¿no será que el poder tiene como función esencial no solo prohibir y castigar, sino vincular en una espiral indefinida la represión, el placer y la verdad?

Francisco Martínez Bouzas

                                                  
Georges Orwell

Fragmentos

“Pronto cesó el tumulto. Los cuatro cerdos esperaban temblando y con la culpabilidad escrita en cada surco de sus rostros. Napoleón les exigió que confesaran sus crímenes. Eran los mismos cuatro cerdos que habían protestado cuando Napoleón abolió las reuniones de los domingos. Sin otra exigencia, confesaron que estuvieron en contacto clandestinamente con Snowball desde su expulsión, colaboraron con él en la destrucción del molino y convinieron en entregar la «Granja animal» al señor Frederick. Agregaron que Snowball había admitido, confidencialmente, que era agente secreto del señor Jones desde muchos años atrás. Cuando terminaron su confesión, los perros, sin perder tiempo, les desgarraron las gargantas y entretanto, Napoleón, con voz terrible, preguntó si algún otro animal tenía algo que confesar.
»Las tres gallinas, que fueron las cabecillas del conato de rebelión a causa de los huevos, se adelantaron y declararon que Snowball se les había aparecido en sueños incitándolas a desobedecer las órdenes de Napoleón. También ellas fueron destrozadas. Luego un ganso se adelantó y confesó que había ocultado seis espigas de maíz durante la cosecha del año anterior y que se las había comido por la noche. Luego una oveja admitió que hizo aguas en el bebedero, instigada a hacerlo, según dijo, por Snowball, y otras dos ovejas confesaron que asesinaron a un viejo carnero, muy adicto a Napoleón, persiguiéndole alrededor de una fogata cuando tosía. Todos ellos fueron ejecutados allí mismo. Y así continuó la serie de confesiones y ejecuciones hasta que una pila de cadáveres yacía a los pies de Napoleón y el aire estaba impregnado con el olor de la sangre, olor que era desconocido desde la expulsión de Jones.
Cuando terminó esto, los animales restantes, exceptuando los cerdos y los perros, se alejaron juntos. Estaban estremecidos y consternados. No sabían qué era más espantoso: si la traición de los animales que se conjuraron con Snowball o la cruel represión que acababan de presenciar. Antaño hubo muchas veces escenas de matanzas igualmente terribles, pero a todos les parecía mucho peor la de ahora, por haber sucedido entre ellos mismos. Desde que Jones había abandonado la granja, ningún animal mató a otro animal. Ni siquiera un ratón. Llegaron a la pequeña loma donde estaba el molino semiconstruido y, de común acuerdo, se recostaron todos, como si se agruparan para calentarse: Clover, Muriel, Benjamín, las vacas, las ovejas y toda una bandada de gansos y gallinas: todos, en verdad, exceptuando al gato, que había desaparecido repentinamente, poco antes de que Napoleón ordenara a los animales que se reunieran.”

…..

“Días después, cuando ya había desaparecido el terror producido por las ejecuciones, algunos animales recordaron -o creyeron recordar- que el sexto mandamiento decretaba: «Ningún animal matará a otro animal». Y aunque nadie quiso mencionarlo al oído de los cerdos o de los perros, se tenía la sensación de que las matanzas que habían tenido lugar no concordaban con aquello. Clover pidió a Benjamín que le leyera el sexto mandamiento, y cuando Benjamín, como de costumbre, dijo que se negaba a entrometerse en esos asuntos, ella instó a Muriel a que lo hiciera. Muriel le leyó el mandamiento. Decía así:
«Ningún animal matará a otro animal sin motivo». Por una razón u otra, las dos últimas palabras se les habían ido de la memoria a los animales. Pero comprobaron que el mandamiento no fue violado; porque, evidentemente, hubo motivo sobrado para matar a los traidores que se coaligaron con Snowball.”

(George Orwell, Rebelión en la granja)

miércoles, 10 de enero de 2018

LA CULPA QUE JAMÁS SERÁ BORRADA



Calle Este-Oeste
Philippe Sands
Traducción de Francisco J. Ramos Mena
Editorial Anagrama, Barcelona, 2017, 601 páginas.

   

    El autor de este libro, Phippe Sands (Londres, 1960) no es un escritor de ficción sino un prestigioso jurista, profesor de Derecho Internacional en el University College de Londres, abogado con relevantes intervenciones en el Tribunal de Justicia de la Unión Europea y en la Corte Penal Internacional de La Haya; entre ellas la invasión de Irak, Guantánamo y varios casos de genocidio. En el libro, Calle Este-Oeste, que en los últimos meses editó en España Anagrama, escribe sobre acontecimientos y casos reales. Un libro pues non-fiction, y que, sin embargo, despliega algunos de sus elementos: ciertos tintes detectivescos, thriller judicial y, sobre todo, un profundo y muy completo relato histórico sobre el Holocausto -el autor mantiene que es sobre la memoria y los secretos- y acerca de aquellos personajes que consiguieron que los conceptos de Crímenes contra la Humanidad y Genocidio entrasen a formar parte del Derecho Internacional frente a la barbarie. Quizás por eso Anagrama publica este libro en la colección “Panorama de Narrativas”, ya que, como escribe Antony Beevor, “ninguna novela podría plasmar la verdad con tanta precisión.”
   La obra surge como resultado de una invitación. El autor fue invitado, en el año 2010, a impartir una conferencia sobre crímenes contra la humanidad y genocidio en la ciudad ucraniana de Lviv (Leopolis , Lemberg cuando en el siglo XIX pertenecía al imperio austrohúngaro o Lwów a raíz de la Primera Guerra Mundial al pasar a formar parte de Polonia). En esa ciudad que tantas veces cambió de nombre, había nacido su abuelo. También Hersch Lauterpacht, y en ella vivió así mismo el abogado y fiscal Rafael Lemkin, los dos juristas que lograron que los conceptos de Crímenes contra la Humanidad y Genocidio adquirieran carta de naturaleza en el Derecho Internacional. Y en la misma población dejó su huella Hans Frank, abogado y gobernador general nazi de Polonia, responsable de millones de muertes, entre otras las de los familiares de los tres personajes. Philippe Sands siguió investigando y convirtió aquella conferencia en este libro monumental. La coincidencia de esos personajes en la ciudad de Lviv le impulsó a investigar las posibles conexiones entre ellos, sin olvidar la peripecia personal del abuelo que se casó con la abuela Rita y que, más tarde, acabaría en París como amante de un hombre; un secreto convertido en tabú familiar y del que no se hablaba. El abuelo Leon Buchholz jamás habló de aquel período ni de los familiares ausentes. Vivió en la oscuridad de los acontecimientos para resurgir con la dignidad intacta tanto en las “tierras sangrientas” de Lviv, como en Francia.
   También reconstruye Sands parte de las vicisitudes de la abuela Rita, una mujer que jamás sonríe en las fotografías y que nunca intercambió con el marido sentimientos afectuosos, al menos en la correspondencia epistolar. Otro tabú familiar: el hombre de la pajarita: la abuela Rita y un desconocido, posiblemente un nazi alemán -en una foto aparece con calcetines blancos, dato revelador- habían sido amantes en aquella Viena tan hostil a los judíos.
   Acto seguido Philippe Sands sigue el rastro de dos jóvenes que vivieron y estudiaron en Lviv y cuyas ideas han tenido una resonancia capital en el ámbito del Derecho Internacional: Lauterpacht y Lemkin. El primero heredó de Hans Kelsen, su profesor en Viena, la idea de que los individuos tienen derechos constitucionales inalienables frente al concepto conservador del derecho dominado por la idea de que el derecho estaba al servicio del soberano. Su gran aspiración, especialmente a raíz del exilio en Inglaterra, será articular un derecho que concrete los poderes del estado. En Inglaterra llegará a obtener la cátedra Derecho Internacional en la universidad de Cambridge mientras el ruido de fondo del nazismo resultaba cada vez más amenazador. De hecho los nazis arrestan y asesinan a varios de sus familiares. Su gran logro: en el Estatuto del Juicio de Núremberg consigue introducir el concepto de Crímenes contra la Humanidad. Sus argumentos sobre los crímenes del estado contra el individuo se incorporaron así al Derecho Internacional.
   Rafael Lemkin, dos años más joven que Lauterpacht, otro importante jurista, así mismo formado en Lviv. Siendo estudiante se atrevió a discutir con uno de sus profesores sobre el concepto de soberanía del estado, rechazando el argumento del docente de que si un hombre que tiene gallinas puede hacer con ellas cuanto le apetezca, lo mismo puede hacer el estado con sus súbditos. Dedicó su vida a la defensa de su gran obsesión: desarrollar normas internacionales para proteger a los grupos. Los actos de genocidio, en la definición de Lemkin, son aquellos “dirigidos contra individuos no en su calidad de tales, sino como miembros de grupos nacionales. Conocedor así mismo de que sus familiares habían sido aniquilados por aquellos a los que en Núremberg estaban juzgando, tuvo el consuelo de que la palabra genocidio se incorporase finalmente al Proceso en las intervenciones de varios fiscales, pero quedó desolado por la omisión del término genocidio en la sentencia. Sin embargo, unas semanas más tarde, la Asamblea General de las Naciones Unidas adoptó una resolución señalando al genocidio como un crimen del Derecho Internacional.
   El otro personaje que estuvo en Lviv, recibiendo allí honores absolutos, fue Hans Frank. Nombrado por Hitler gobernador general de la Polonia ocupada por los nazis, actuó como un soberano, trató de disolver la idea de que Polonia fuera un estado constitucional en el que la gente, especialmente los judíos, tuviera derechos. Asumiría además el control absoluta sobre la vida y la muerte. Philippe Sands investiga su brutal trayectoria. La de el criminal de guerra, el carnicero de Varsovia, apelativo del que se sentía orgulloso. La convergía de las vidas de Hans Frank, Lauterpacht y Lemkin se hizo real cuando en Núremberg el primero fue acusado de crímenes contra la humanidad y de genocidio.
   Y como telón de fondo, el escenario de Núremberg: la primera vez en la historia en la que se llevaba a un juicio a los líderes de un estado por crímenes contra la humanidad y genocidio. Dos delitos nuevos. Protección de los individuos como postulaba Lauterpacht y de los grupos nacionales o raciales en el pensamiento de Lemkin. En ese escenario de Núremberg, y a pesar de ser contrario a la idea de Derecho Internacional, resuenan las palabras de Hans Frank en una de sus respuestas en los interrogatorios:”Pasarán mil años y esta culpa de Alemania aún no se habrá borrado”.
   El dilema entre crímenes contra la humanidad y genocidio, que hoy ya no lo es, actúa como hilo conductor en la obra de Sands. Philippe Sands no es un novelista sino un académico. No obstante el valor más relevante del autor de Calle Este-Oeste es haber convertido una obra de no ficción que se debería limitar a reproducir existencias y acontecimientos reales, en un texto que reúne  todos los ingredientes de la ficción. Profusamente documentada (casi cien páginas de fuentes y citas), sin desviarse un ápice del periplo vital de los personajes reales presentes en el libro. Philippe Sands no inserta ficción en la realidad. A pesar de ello, la habilidad compositiva con la que está escrito este libro, incita a leerlo como una pieza de intriga y eso, a pesar de que el hilo conductor teórico esté formado en base a conceptos del Derecho Internacional. A ese ambiente de suspense contribuye un cierto tinte detectivesco al indagar, con escalofriantes ejemplos, las conexiones entre Hans Frank y la desconocida señorita Tilney, una enigmática misionera que ayudó a varios judíos, entre ellos a la madre del autor, a escapar de los alemanes.
   La obra además bucea en los silencios y secretos de su propia familia a través de la figura del abuelo Leon Buchholz. Historias que permanecían escondidas. Otras como la de Niklas, el hijo de Hans Frank que no tuvo reparo en decirle: “Soy contrario a la pena de muerte, excepto en el caso de mi padre” (página 492). O declaraciones personales del trato recibido por los deportados enviados al este que hielan la sangre. Una de ellas registraba el siguiente testimonio sobre Auschwitz: “cuelgan a la gente sin razón alguna, mientras suena la música” (página 87).
   Esto es algo de lo que planea en este libro: abismos existenciales y familiares en la historia europea del pasado siglo, la banalidad del mal en palabras de Hannah Arendt, una convergencia desquiciante y diabólica de asesinatos masivos de judíos, gitanos y miembros de otras minorías que finalmente, gracias al esfuerzo y empeño de algunos de los personajes a los que el autor da vida en este libro, desencadenarán la gran revancha que, al menos aparentemente, nos ha hecho más humanos o más temerosos, en algunas zonas de nuestro planeta,  y ha significado el fin del estado soberano con poder absoluto sobre la población.

Francisco Martínez Bouzas

                                                  
Philippe Sands

Fragmentos

“Pero la soberanía, replicó Lemkin, se había concebido para otros fines, como la política exterior, o la construcción de escuelas y carreteras, o la garantía del bienestar de las personas. No para dar a un Estado el «derecho a matar a millones de personas inocentes». Si lo hacía, el mundo necesitaba una ley contra aquel tipo de conducta. En el relato que hace Lemkin de una conversación con un profesor, que no se pudo verificar, el nivel de la discusión se fue intensificando hasta dar lugar a un grandioso momento de epifanía.
«¿Acaso intentaron siquiera los armenios hacer detener al turco (Pashá) por la masacre?»
«No había ninguna ley conforme a la cual se pudiera detener», respondió el profesor.
«¿Ni siquiera por desempeñar un papel en el asesinato de tanta gente?», repuso Lemkin.
«Tomemos el caso de un hombre que tiene unas cuantas gallinas», replicó a su vez el profesor. « Va y las mata. ¿Por qué no? Eso no es un asunto de usted. Si interfiere, es una injerencia ilegal.»
«¡Los armenios no eran gallinas!», dijo Lemkin secamente.
El profesor ignoró el comentario del joven, y luego cambió de enfoque.
«Cuando uno interfiere en los asuntos internos de un país, está infringiendo la soberanía de dicho país.»
«Entonces ¿es un crimen que Tehlirian se cargue a un hombre, pero no lo es que este se haya cargado a un millón de hombres»?, preguntó Lemkin.
El profesor se encogió de hombros. Lemkin era «joven y vehemente».

…..

“Frank se sentía orgulloso de que el New York Times le identificara como un criminal de guerra. A comienzos de 1943 anunció en una reunión oficial: «Tengo el honor de ser el número uno.» Aquellas mismas palabras fueron consignadas en su diario sin el menor sentimiento de vergüenza. Incluso cuando el curso de la guerra se volvió desfavorable para los alemanes, él siguió creyendo que el Tercer Reich duraría mil años, sin sentir la menor necesidad de mostrar contención en relación con el trato dado a polacos y judíos o las palabras que había pronunciado sobre ellos.«Tienen que marcharse», había declarado a su gabinete. «En consecuencia, voy a abordar los asuntos judíos con la perspectiva de que los judíos desaparezcan.»

…..

“Habló con voz comedida y tranquila del viaje desde el gueto de Varsovia en agosto de 1942, del transporte en tres en condiciones inhumanas: ocho mil personas apretujadas en vagones de ganado. Él era el único superviviente. Cuando el fiscal ruso le preguntó por el momento de la llegada, Rajzman le explicó cómo les habían hecho desnudarse y aminar a lo largo del Himmelfahrtstrasse, el «camino al cielo», un corto paseo hasta la cámara de gas, cuando de repente un amigo de Varsovia lo sacó de la fila y se lo llevó: los alemanes necesitaban un intérprete; pero antes le hicieron cargar la ropa de los muertos en trenes vacíos que partían de Treblinka. Pasaron dos días; luego llegó un transporte procedente de la pequeña población de Vinegrova en el que venían su madre, su hermana y sus hermanos. Él los vio caminar hacia las cámaras de gas, sin poder intervenir. Varios días después le entregaron los papeles de su esposa, junto con una fotografía en la que aparecía esta con su hijo.”

(Philipe Sands, Calle Este-Oeste, páginas 213, 340-341, 405)