sábado, 20 de julio de 2013

"LA LLUVIA AMARILLA", VEINTICINCO AÑOS DE SOLEDAD Y AGONIA EN AINIELLE



La lluvia amarilla

Julio Llamazares

Editorial Seix Barral, Barcelona, 2013, 165 páginas.





   Con una extraordinaria edición conmemorativa que incluye un prólogo de Julio Llamazares y el DVD documental Ainielle, con la intervención del autor, José Sacristán y escenas de la adaptación teatral, Seix Barral celebra el vigésimo quinto  aniversario de la publicación original en 1988 de una verdadera joya de la literatura española del pasado siglo, La lluvia amarilla de la autoría de Julio Llamazares, convertida hoy en una novela de culto, en un long seller,  en una narración poética que honra a un idioma y que convirtió al escritor leonés en un clásico moderno. Se ha escrito que la obra de Julio Llamazares es un gran glosario de la soledad y por mi parte osaría afirmar que La lluvia amarilla es el calidoscopio que la proyecta de forma simétrica y agigantada hasta el infinito.

   El abandono, la desolación, la locura y la muerte, entre ese viento suave proveniente del río que con las hojas de otoño anega al pueblo abandonado de Pirineo aragonés y lo hiela con la blancura eterna de la nieve invernal, tienen en esta novela la máxima expresión, un verdadero paradigma convertido en arte literario. Completamente abandonado en 1970, las casas de Ainielle resisten a pesar de las inclemencias del tiempo, el musgo y las zarzas que pudren o colonizan sus paredes.

   En una de ellas Andrés, de Casa Sosas, narrador-personaje, tiene su morada y desde ella nos va acercando, a través de un impresionante monólogo, a cada una de las historias de soledad, abandono y alucinación, a las puertas de una  muerte anunciada a partir del capítulo 10. Sus experiencias vitales del pasado (décadas de los cincuenta y sesenta), los habitantes de Ainielle desaparecidos, que murieron o desertaron de la soledad, la lluvia destructora que avejenta las casas y las almas, su visión de Ainielle que, sumida en el abandono y en el olvido, semeja un cementerio. Ahora, en la última noche que precede a la agonía, el protagonista nos señala que se quedó completamente solo, condenado a roer su memoria y sus huesos desde hace casi diez años, como un perro loco.  Y allí, en Ainielle, entre la lluvia amarilla de las hojas caídas en otoño y las ventiscas heladas que colman el pueblo de silencio y desamparo y el óxido y el polvo de los años, construye sobre recuerdos “las pesadas paredes del olvido”, realizando trabajos inútiles  para no volverse loco antes de tiempo.

   Andrés recuerda y narra cando la muerte ronda ya la puerta de su cuarto y el aire va tiñendo poco a poco sus ojos de amarillo. Por consiguiente, Julio Llamazares yergue la estructura de sus novela mediante una gran analepsis, recuperadora de las pesadillas del pasado. Mas en el ir y venir del hilo narrativo, y  a pesar de que toda la novela es un desolado balance de la soledad del protagonista-narrador, podemos diferenciar una estructura dual: una primera parte hasta el capítulo 10 dominada por la sensatez de un hombre solo que recupera las historias del pueblo y su situación personal; y la segunda, a partir de esa línea divisoria, en la que la muerte, “esos pasadizos abisales e infinitos de la muerte” (página 129), comienza a visitarle en forma de alucinaciones: vuelven sus muertos (su hija, Sabina su mujer, su madre).

Las alucinaciones continúan proyectándose en visiones sobre el pueblo abandonado: el agua es amarilla igual que el cielo,  el lamento infinito de los muertos que habitan las cocinas, recorren todo el ambiente. La locura prosigue depositando en su alma sus larvas amarillas, haciéndole presente su propia muerte como una sombra sentada en el fuego al lado de las de sus muertos y anunciada por la lluvia amarilla que llega al final del varano cuando marcha el último vecino: “Pero de pronto, hacia las dos o las tres de la mañana un viento suave se abrió paso por el río y la ventana y el tejado del molino se llenaron de repente de una lluvia compacta y amarilla. Eran las hojas muertas de los chopos, que caían, la lenta y mansa lluvia del otoño que de nuevo regresaba a las montañas para cubrir los campos de oro viejo y los caminos y los pueblos de una dulce y brutal melancolía (…), aquella era la lluvia que oxidaba y destruía lentamente, otoño tras otoño y día a día, la cal de las paredes y los viejos calendarios, los bordes de las cartas y de las fotografías, la maquinaria del molino y de mi corazón” (página 96).

   Novela pues que tematiza muchas cosas esenciales: el universo rural y su abandono, el fluir inexorable del tiempo como el río equívoco y melancólico al principio, precipitado a medida que los años pasan, el mito de los fantasmas y espectros del pasado, la condición social del ser humano (por eso hiere tanto la soledad). Y, definitiva, la condición humana en su integración con la naturaleza.

   Si es verdad lo que de de la obra  de Julio Llamazares se ha dicho-que es un diccionario sobre la soledad-, La lluvia amarilla es una gramática de metáforas. Las hay de todos los colores y muy originales (“el diluvio de la muerte”, “las ciénagas del tiempo”, “vapor de la memoria”, “la larga e inmensa noche del tiempo”…), pero es el color amarillo el que cobra un especial relieve, funcionando, como se ha dicho, como elemento paradigmático de la narración. Basándose en la tradición que llega de los tiempos medievales, el autor erige el amarillo como imagen de la locura, la tristeza, la destrucción, la podredumbre y, en definitiva, de la muerte. Consecuente con el título, toda reverbera de amarillo en esta novela. Su formidable carga alegórica nutre el contorno narrativo, expresado, por otra parte, en un riquísimo lenguaje poético que el autor pone en boca del narrador-personaje, aunque no corresponde a lo que él debería hablar, pero es plenamente consecuente con lo que pretende el autor: impresionar los sentidos de los lectores a través de la fascinación de impactantes licencias poéticas, colocadas en una voz vicaria: la de Andrés, de Casa Sosas, el último que ha guardado, de día y de noche, los caminos de Ainielle, sin que nadie se acerque al pueblo, ahora convertido en ruinas entre “la soledad inmensa y tenebrosa del paraje” (página 165).



Francisco Martínez Bouzas









Julio Llamazares


Fragmentos de la novela e imágenes de Ainielle



“Pronto llegó noviembre con su pálido aliento de lunas y hojas muertas. Los días fueron haciéndose más cortos cada vez y las interminables noches junto a la chimenea comenzaron a sumirnos poco a poco en un profundo tedio, en una pétrea y desolada indiferencia contra la que las palabras se deshacían como arena y en la que los recuerdos daban paso casi siempre a inmensas extensiones de sombra y de silencio. Antes, cuando aún estaban Julio y su familia (y, antes aún, cuando Tomás todavía no había muerto y sostenía tenazmente en solitario la vieja casa y la memoria de Gavín), nos reuníamos todos en una de las casas, junto a la chimenea, y, allí, durante largas horas, mientras la nieve y la ventisca gemían en lo alto del tejado, pasábamos las noches del invierno contándonos historias y recordando personas y sucesos, casi siempre de otro tiempo. El fuego, entonces, nos unía más que la amistad y que la sangre. Las palabras servían, como siempre, para ahuyentar el frío y la tristeza  del invierno. Ahora, en cambio, a Sabina y a mí, el fuego y las palabras nos volvían más distantes, los recuerdos nos hacían cada vez más silenciosos y lejanos. Y, así, cuando llegó la nieve, la nieve estaba ya, desde hacía mucho tiempo, en nuestros propios corazones.”





La luvia amarilla en Ainielle

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“Yo he vivido día a día, sin embargo, la lenta y progresiva evolución de sus ruina. He visto derrumbarse las casas una a una y he luchado inútilmente por evitar que ésta acabara antes de tiempo convirtiéndose en mi propia sepultura. Durante todos estos años, he asistido impotente a una larga y brutal agonía. Durante todos estos años he sido el único testigo de la descomposición final de un pueblo que quizás ya estaba muerto antes incluso de que yo hubiese nacido. Y hoy, al borde de la muerte y del olvido, todavía resuena en mis oídos el grito de las piedras sepultadas bajo el musgo y el lamento infinito de las vigas y las puertas al pudrirse.”




 
Ruinas de Ainielle
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“Lentamente, las horas van pasando y la lluvia amarilla va borrando la sombra del tejado de Bescós y el círculo infinito de la luna. Es la misma de todos los otoños. La misma que sepulta las casas y las tumbas. La que envejece a los hombres. La que destruye poco a poco sus rostros y sus cartas y sus fotografías. La misma que una noche, junto al río, entró en mi alma para no volver ya nunca a abandonarme el resto de los días de mi vida.

Día a día, en efecto, a partir de aquella noche junto al río, la lluvia ha ido anegando mi memoria y tiñendo mi mirada de amarillo. No sólo mi mirada. Las montañas también. Y las casas. Y el cielo. Y los recuerdos que, de ellos, aún siguen suspendidos. Lentamente, al principio, y, luego ya, al ritmo en que los días pasaban por mi vida, todo mi alrededor se ha ido tiñendo de amarillo como si la mirada no fuera más que la memoria del paisaje y un siempre espejo de mi mismo.”



(Julio Llamazares, La lluvia amarilla, páginas 28, 90, 141)

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