sábado, 28 de diciembre de 2013

"PLATAFORMA", PANEGÍRICO DE LA PROSTITUCIÓN TAILANDENSA Y LA SUPRANACIONAL DEL SEXO



Plataforma

Michel  Houellebecq

Traducción de Ecarna Castejón

Editorial Anagrama, Barcelona, 316 páginas

(LIBROS DE FONDO)


 En el año 2001 Michel Houellebecq publicó su cuarta novela, Plataforme, traducida al año siguiente por Anagrama con el título de Plataforma. Este título y los que le seguirían hasta que con El mapa y el territorio obtuvo el premio Goncourt 2010, sus libros de ensayo, artículos y films, lo han convertido en la primera referencia de la literatura francesa actual. Sin embargo esta novela suscitó en todo el mundo una cruda polémica y transformó a su autor en figura mediática y controvertida. Polémica que él mismo fomenta por las declaraciones negativas que hizo a la revista Lire sobre el Islam, aunque en octubre del año 2001, Michel Houellebecq reconocería, en la presentación de la novela, la desmesura de las mismas.
   Las cuatro novelas escritas hasta ese momento por Houellebecq han hecho de él el fabulador de moda y lo sitúan en el centro del debate. En la primera, Ampliación del campo de batalla (1994), nos muestra, en un texto repleto de humor, los entresijos oscuros del siglo XXI, el siglo de la informática y de la presunta liberación sexual (Xavier Lloveras). Le siguió en l998 Partículas elementales que le catapultó al éxito y le colocó en la estela de la controversia, pero que en el fondo no es otra cosa que una novela confusa que intenta suturar, sin conseguirlo plenamente, la conductas sexuales de los ex-sesentayochistas con inciertas utopías sobre la clonación. Vendría después Lanzarote, un texto híbrido de narrativa y ensayo.
   Y ahora llega la provocación con mayúsculas con el nombre de su cuarta entrega narrativa, Plataforma. Para algunos, entre ellos Fernando Arrabal su gran valedor en España, Houellebecq, es el nuevo genio de la literatura de hoy, el nuevo comentador social de moda al estilo de Ilusiones perdidas de Honoré de Balzac. Y Plataforma sería la muestra.
  Otros críticos aprovecharon la aparición del “fenómeno Houellebecq” para rescatar del olvido la escuela de novelistas que, en los comienzos del siglo pasado, quiso montar el escritor argentino Roberto Arlt, una escuela en la que proponía como senda educativa que los alumnos aprendieran a escribir mal. La academia del argentino nunca dejó de ser un sueño pero las intenciones de Roberto Arlt están siendo asimiladas por Michel Houellebecq que escribe mal, al menos hasta la novela que le supuso el premio Goncourt, en todos los sentidos imaginables.
   Sin embargo, en ningún caso se le puede negar a Houellebecq el valor de elegir con maestría sus temas y argumentos, verdaderas dianas realistas que reflejan las prácticas cotidianas, el ethos de nuestros días y el cinismo erótico de la sociedad de consumo. La novela fue definida por sus censores como el panegírico de la prostitución tailandesa, fronteriza con la pedofilia, con salones de masajes emparentados con los mercados de esclavos.
   Pero no es Plataforma un libro de juzgado de guardia, sino el espejo de la globalización monopolista de las finanzas del amor-sexo. Arranca la narración bajo la sombra ficticia de El extranjero de Albert Camus. Michel, el protagonista y narrador, un funcionario cuarentón, incapaz de experimentar ninguna emoción y habituado a los peep-shows (exhibiciones de gente desnuda) hereda de un padre, al que odia (“el muy cabrón había disfrutado de la vida; se las había apañado de puta madre”), una buena suma de dinero y viaja como turista sexual a Tailandia. Mas la copia de Camus no es tal porque la relación con el padre no es de indiferencia, sino de repulsa, cosa que no le ocurre al protagonista de El extranjero.
   En el oasis del turismo sexual, el sexo femenino no hace aflorar en Houellebecq pensamiento, creatividad heterodoxa, al contrario de lo que le sucede a Henry Miller, sino caudalosos ríos de esperma. Mas allí conoce a Valérie, una mujer capaz de sentir placer y de realizar sus deseos. Será un encuentro trascendental que desentierra a Michel de su existencia apática, racista sin militancia, compulsivamente onanista y enemigo de cualquier forma de seducción, porque para los occidentales, ofuscados por el trabajo, el amor y la seducción se presentan como empresas harto embarazosas.
   No obstante la vitalidad de su nueva amiga transforma al protagonista y, a su regreso a París, emprenden juntos una insólita aventura empresarial: una red mundial de colonias turísticas en las que los deseos se compran y venden, el sexo se practica libremente, la prostitución es una actividad legal y las felaciones con frambuesa una forma cotidiana de placer. Pero entonces surge la tragedia. Un grupo de fundamentalistas islámicos atenta contra una de las colonias y asesina a la regeneradora de Michel y a 117 turistas de la nueva supranacional del erotismo sin que nadie condene a los agresores iluminados.
    Es entonces cuando de los labios de Michel surgen esas palabras terribles que escandalizaron a medio mundo, escándalo acompañado de una condena radical e indiscriminada de Houellebecq, confundiendo la opinión de los personajes de una ficción con su autor: “Cada vez que oía que un terrorista palestino, un niño palestino o una mujer palestina embarazada habían sido asesinados en Gaza, me estremecía de entusiasmo pensando que había un musulmán menos” (página 306).
   Seguramente que el libro de Houellebecq, tejido con una lengua de fácil lectura, no es ese tratado de moral y el poema lírico del amor de nuestro tiempo que quiere Fernando Arrabal. Entre otras razones porque sus líneas delinean un nuevo maniqueísmo al contraponer el universo angelical de los defensores y practicantes del gozo sexual sin barreras con los que condenan el sexo, los islamitas y su "religión insensata". Sin embargo, en el haber de Houellebecq tenemos que reconocer la osada asunción literaria de algo que se encuentra muy cerca de nosotros, porque Plataforma es un reflejo de lo que hay, de lo dado y de esa felicidad a la que no debemos temer, pues no existe como se podía leer en el frontispicio de la página  oficial de Michel Houellebecq.



Francisco Martínez Bouzas




(Texto publicado con leves modificaciones en el periódico El País de Cali, Colombia, el 8 de agostote 2004)






Michel Houellebecq

Fragmentos



“Por lo general, a la salida del trabajo me daba una vuelta por algún peep-show. Me costaba cincuenta francos o a veces, si tardaba mucho en eyacular, setenta. Ver coños en movimiento me despejaba la cabeza. Las tendencias contradictorias del videoarte contemporáneo, el equilibrio entre la conservación del patrimonio y el apoyo a la creación viva…, todo eso desaparecía deprisa ante la magia fácil de los coños en movimiento. Yo me vaciaba agradablemente los testículos. A la misma hora, por su parte, Cecilia se atiborraba de pasteles con chocolate en una confitería que estaba cerca del Ministerio; las motivaciones eran más o menos las mismas.”



…..



“A pesar de las pequeñas dimensiones del establecimiento, la chicas llevaban insignias numeradas. Me decidí rápidamente por la número 7: primero porque era bonita, y luego porque no parecía prestar una atención desmesurada al programa de televisión, ni estar sumida en una apasionante conversación con su vecina. Y en efecto, cuando la llamaron se levantó con visible satisfacción. La invité a una Coca-Cola en el bar y luego pasamos a una habitación. Se llamaba Oôn, o por lo menos eso es lo que entendí, y venía del norte del país: de un pueblecito cerca de Chiang Mai. Tenía diecinueve años.

Después del baño que tomamos juntos, me tumbé, cubierto de espuma, en el colchón; en seguida me di cuenta de que no iba  a lamentar mi elección. Oôn se movía muy bien, con mucha flexibilidad; se había puesto justo la cantidad necesaria de jabón. Me acarició las nalgas con los senos durante mucho rato; era una iniciativa personal, no todas las chicas lo hacían. Su coño, bien enjabonado, me frotaba las pantorrillas como un cepillo pequeño y duro. Con cierta sorpresa, tuve una erección; cuando ella me dio la vuelta y empezó a acariciarme el sexo con los pies, llegué a creer que no iba a poder contenerme…”



…..



“Entonces vi a los atacantes, tres hombres con turbantes que avanzaban rápidamente hacia nosotros, con metralletas en las manos. Estalló una segunda ráfaga, un poco más larga, los ruidos de porcelana y cristal se mezclaron con los gritos de dolor. Debimos quedarnos paralizados durante unos segundos; a pocos se les ocurrió protegerse debajo de las mesas. A mi lado, Jean-Yves lanzó un grito breve; acababa de ser alcanzado en el brazo. Entonces vi que Valérie resbalaba muy despacio de la silla y se desplomaba en el suelo. Me abalancé sobre ella y la abracé. A partir de ese momento ya no vi nada. Las ráfagas de metralleta se sucedían en un silencio roto únicamente por el estallido de los cristales; me pareció interminable. El olor a pólvora era muy fuerte. Luego volvió el silencio…”



…..



“Está claro que uno puede seguir con vida sólo porque alimenta un deseo de venganza; mucha gente ha vivido así. El islam me había destrozado la vida, y desde luego el islam era algo que podía odiar; durante los días que siguieron, intenté sentir odio por los musulmanes. Me salía bastante bien, y empecé a prestar atención otra vez a la información internacional. Cada vez que oía que un terrorista palestino, un niño palestino o una mujer palestina embarazada habían sido asesinados en Gaza, me estremecía de entusiasmo pensando que había un musulmán menos. Sí, se podía vivir así.”



(Michel Houellebecq,  Plataforma, páginas 23, 48, 289, 306)

martes, 24 de diciembre de 2013

"INTEMPERIE" ELEGIDA LA MEJOR NOVELA DE 2013



  No era de extrañar. Muchos de los que hemos podido leer Intemperies, la novela de Jesús Carrasco, escritor debutante, editada a principios del año por Seix Barral,  lo presentíamos. Y en efecto el Gremio de Libreros de Madrid la ha elegido como la mejor obra de ficción de 2013. El jurado valora sobre todo la aparición de “una voz nueva en el panorama literario español, que es a la vez clásica y moderna, una voz que, con un lenguaje intenso y poderoso, se inscribe en la mejor tradición narrativa de nuestro idioma”. La novela, prosigo con el dictamen del jurado, “adentra al lector, con un estilo sin concesiones, en un universo rural -claro protagonista de la historia- de tremenda dureza y violencia ancestral en la que los personajes se mueven, rodeados de sequía y miseria, en un tiempo y espacio indefinidos, pero en el que los valores universales como la amistad, la solidaridad y la compasión prevalecen”.

     El 24 de febrero de este año, en este Cuaderno de crítica literaria, tuve la oportunidad de reseñar Intemperie, coincidiendo en buena medida con el criterio de los Libreros madrileños  Como homenaje a la buena literatura que surge de donde uno menos lo piensa, reproduzco aquella reseña.

   Las obras finalistas a juicio del jurado de los Libreros de Madrid  son En la orilla de Rafael Chirbes, editada por Anagrama y reseñada en esta bitácora; Las lágrimas de San Lorenzo de Julio Llamazares (Alfaguara); La ridícula idea de no volver a verte de Rosa Montero (Seix Barral e igualmente reseñada en este blog) y Nada se opone a la noche de Delphine de Vigan, editada igualmente por Anagrama. A continuación, mi juicio valorativo de Intemperie:



INTEMPERIE”, EL MIEDO Y LA DIGNIDAD EN EL PAISAJE DE LA DESOLACIÓN



Intemperie

Jesús Carrasco

Editorial Seix Barral, Barcelona, 2013, 223 páginas.



   Intemperie es el debut afortunado de Jesús Carrasco, hasta ahora redactor publicitario, porque  antes de que su novela apareciese publicada en español, trece países ya habían adquirido en la Feria de Franckfurt los derechos de edición. Seix Barral, el sello editorial barcelonés está promocionando la novela en España comparándola con la riqueza de Miguel Delibes y con la fuerza de Cormac McCarthy. Todo ello, amalgamado en una voz propia, fresca y diferente. Hoy Intemperie se ha convertido en una de las grandes apuestas editoriales de Seix Barral para 2013.

   Intemperie se yergue sobre el miedo y la dignidad como temas de fondo desarrollados a través e una historia extremadamente austera y de unos actantes, un niño acosado y un cabrero anciano, prácticamente como únicos materiales. Todo lo demás es atemporal y ajeno  a cualquier geografía concreta. Solamente sabemos que ese dúo de protagonistas y sus perseguidores se mueven por un páramo calcinado por el sol y que el muchacho huye de algo, sin que se nos diga el qué, aunque sospechemos que se trata de situaciones malignas. También del desamparo.

   Todo da comienzo en un agujero en el que un niño se esconde después de haber escapado de su casa. Los vecinos lo buscan. Ese es el peligro. Cuando pasa, se encuentra caminando hacia el norte evitando senderos y perdido en una inmensa llanura de terrones de arcilla y piedra, asolados por la sequía. Hasta que se encuentra con un viejo cabrero. Uno y otro irán atravesando el paisaje hostil, sin ningún destino concreto. El niño huyendo de la implacable persecución de un alguacil de quien guarda un obsceno secreto. Ambos, el niño y el cabrero, parecen unir sus destinos porque luchan por la supervivencia en aquel paisaje desolado, atenazados por la sed, la insolación -las leyes del llano- y la violencia del alguacil y sus hombres cuando los localizan.

   A partir de aquí el relato revienta en ciertas  constantes que lo configuran: el miedo, la violencia y la presencia del mal, un mal viscoso, nunca nombrado de forma explícita, pero que ha estado esclavizando al niño. Y una cierta ética como la que impone el deber de enterrar a los cuerpos a los que se ha abatido.

   Intemperie -lo reconoce Jesús Carrasco- es una novela que forma parte de su propio proceso de aprendizaje. El referente más inmediato parece ser sin duda La carretera de Cormac McCarthy: esa itinerancia hacia el sur de un hombre y un chico en un mundo apocalíptico. Pero la novela de Jesús Carrasco  es mucho más escueta y desnuda, lo que le permite manejar con más precisión los elementos narrativos. En la novela, ni el cabrero, ni el niño, ni ningunos de los perseguidores tienen nombres. Tampoco los lugares. Todo esta difuminado en ese medio sumamente hostil y de este modo surge nítida la sustancia de la ficción: la relación del ser humano con el medio por más desolado que sea y la opción por la justicia con la toma de partido frente a la violencia. Los personajes además tienen mucho de arquetipo: ellos son la víctima propicia e inocente, el perseguidor corrupto y la frágil figura del cabrero, paradigma de una justicia primitiva. Por eso mismo, la novela transita toda ella hacia el terreno de la fábula.

   Entre los muchos méritos de la ficción de Jesús Carrasco desearía destacar ante todo lo apropiado del desarrollo narrativo, con variación de ritmos: lento cuando narra el trasiego interminable por ese paisaje desolado, quemados los protagonistas por el sol y la sed. Vertiginoso  cuando el miedo se convierte en acontecimiento real e inminente. Y junto a ello, el exquisito laboreo estilístico. El autor es un gran observador. En esa llanura desolada -“un mar de arena brava”- funcionan todos los sentidos, nuestra plena animalidad, la sensorialidad que es capaz de convertir un secarral en algo estético. Y en esa rica relación con el entorno, el escritor se siente apoyado por el rescate de una prosa tradicional -veja le llama él- que busca la palabra justa, rescatándola muchas veces de un corpus léxico de voces arcaizantes, arrancadas de la vida rural y que hoy parecen olvidadas. Con ellas, una sintaxis simple y precisas y sobrias aunque abundantes descripciones que convierten al erial desolado en protagonista así mismo de la narración, hilvana Jesús Carrasco una buena novela, en la que, si algún pero puede atribuírsele,  es un cierto desajuste al poner en boca de un niño interrogantes y razonamientos impropios de sus edad.



Francisco Martínez Bouzas







Jesús Carrasco (Foto de Claudio Álvarez)

Fragmentos



“Descendieron por una vereda estrecha conteniendo al burro, que perdía apoyo a cada paso. Las cabras, cada una por su lado, najaban haciendo que se deslizaban sobre hachas, hasta llegar al fondo de la sima donde algunas de ellas fracturaban costillas prístinas. Huesos en todas las etapas posibles de degradación. Sedimentos de polvo cálcico, hileras de vértebras vacunas, poderosas pelvis. Arcos costillares y cornamentas. Una res sin ojos a la que todavía le aguantaba el pellejo. Un saco hediendo en medio del día que despuntaba. El faro de su descanso.”



…..



“Entendió que el viejo no sería quien le entregara la llave al mundo de los adultos, ese en el que la brutalidad se empleaba sin más razón que la codicia o la lujuria. Él había ejercido la violencia tal como había visto hacer siempre a quienes le rodeaban y ahora, como ellos, reclamaba su parte de impunidad. La intemperie le había empujado mucho más allá de lo que sabía y de lo que no sabía acerca de la vida. Le había llevado hasta el mismo borde de la muerte y allí, en medio de un campo de terror. Él había levantado la espada en lugar de poner el cuello. Sentía que había bebido la sangre que convierte a los niños en guerreros, y, a los hombres, en seres invulnerables. Creía que el viejo le haría pasar, coronado de laurel por un esclavo, bajo el arco de la victoria.”



(Jesús Carrasco, Intemperie, páginas 68, 162)

lunes, 23 de diciembre de 2013

HACER EL AMOR COMO ASIDERO EN LOS CONFINES DEL FINAL



Hacer el amor
Jean-Philippe Toussaint
Traducción de David Martín Copé
Editorial Siberia, Barcelona, 2013, 120 páginas.


   Hacer el amor es la primera parte de la trilogía -parece ser que habrá más entregas- sobre la ruptura amorosa, escrita por el novelista y cineasta Jean-Philippe Toussaint, nacido en Bruselas en 1957, aunque arraigado en Francia por sus estudios y por haber asimilado la cultura francesa. Sin embargo, ha sido la última en ser traducida al español, pese a que su edición original data del año 2002. La versión española es muy reciente y nos llega de la mano de Editorial Siberia. Con anterioridad se habían incorporado al español el segundo volumen, Fuir (2005, en gallego desde el 2007), así como el tercero, La vérité sur Marie (2009).
   Con la trilogía hasta ahora publicada Jean-Philippe Toussaint, uno de los grandes escritores actuales en francés, legatario literario del Nouveau Roman y que escribe en la tradición francesa, tras la senda de Flaubert y en una línea semejante a Jean Echenoz, ofrece  a los lectores la posibilidad  de bucear en la más dilatada ruptura amorosa de una pareja, convertida en ficción. En un pieza literaria articulada con  paños minimalistas, pero poseedora, no obstante, de un profundo calado literario.
   Hacer el amor es la melancólica crónica de la ruina sentimental de una pareja: la que forman el narrador y su novia Marie. En un especial y casi ilusorio escenario: la ciudad de Tokio que con sus luces de neón desgarrando la noche, con la nieve que blanquea sus calles, con sus olores y sabores, no solo es el fondo escénico de la historia, sino que participa en la dilatada apuesta  de sensaciones en las que se anegan los protagonistas para dilatar su ruptura, el distanciamiento que sigue a una relación.
   El innominado narrador y su pareja Marie, estilista y artista plástica que había creado en la capital nipona su propia marca, viajan a Tokio, viaje que Marie realiza dispuesta a quemar las últimas reservas amorosas de su relación, reservas ya agotadas y cuya imagen más emblemática la constituye el recorrido desde el aeropuerto de Narita al hotel, viajando por separado en dos taxis. Pero no será la única que se reitere en una noche de agotamiento e insomnio y en su amanecer recorriendo alucinados las calles de la ciudad: miradas fulminantes, incidentes aparentemente banales que cada uno macera en su fuero interno, son vestigios elocuentes de que “nos amábamos pero ya no nos soportábamos más” (página 55). Porque con la desintegración del amor sobreviene  de inmediato la desintegración personal y el rechazo de la persona cuyo primer beso fue como un elixir cuyos efectos hubiéramos deseado prolongar para siempre.
   Mas la ruptura de la pareja, que venía de atrás, solamente se prolonga en Tokio en la habitación del hotel en el que se hospedan, en sus calles húmedas y heladas, en las salas del museo donde Marie monta su exposición. Un verdadero seísmo sentimental que coincide con los frecuentes temblores del suelo que sacuden la ciudad. Y hacen el amor por última vez en el desagarro del amor que se lleva la vida. Hacen el amor de una forma violenta, frenética, onanista, alejados de cualquier caricia inútil, de cualquier sentimiento. Como seres desconocidos. Por eso -y es uno de las grandes virtudes de la novela- Toussaint sabe transmitir en este libro una gran desazón, la gelidez  de la ruptura de un amor que se quiebra definitivamente y que, sin embargo, convive con el latente e irresoluto deseo carnal.
   Otra pieza narrativa de un gran escritor que sabe reflejar, a la vez con fuerza y habilidad, el caudal de emociones que nacen y florecen -mustias y melancólicas flores negras- en la alegría y en la tristeza cuando una  pareja que ha compartido muchos años de su vida, intenta pasar página, alejarse, estirando no obstante el tiempo, entre lágrimas femeninas y un frasco corrosivo de ácido clorhídrico y cuya finalidad descubrirá el lector en el desenlace, siempre en el bolsillo del protagonista narrador.
   Y en esta historia de tragedia sentimental toma parte así mismo el escenario, la ciudad de Tokio. La acertada descripción de un Tokio congelado, nevado, inhóspito, sacudido por terremotos, acertada metáfora de las turbulencias del alma, corre en paralelo con la desazón y el desagarro de una pareja que vive sus últimos instantes y trata de superar su desolación con el último encuentro sexual.
   Jean-Philippe Toussaint es un consumado especialista de los detalles. Su prosa, una joya de alta orfebrería minimalista, se proyecta sobre los pequeños detalles y pormenores, los describe con lo que él llama “energía novelesca” e incide sobre personajes, acciones, lugares e incluso objetos como la vestimenta (“el pantalón desabrochado a la altura de las bragas transparentes, página 18). Y con esa prosa exquisita el escritor logra lo que es fundamental en esta novela: el reflejo de las más insignificantes sensaciones, la inmersión  en la vida interior de sus personajes, el lúcido y penetrante retrato del decorado hasta hacer de él poco menos que un personaje.
   En definitiva, una pequeña gran novela, vertida al español con una prosa igualmente refinada y llena de bríos y que ennoblece a una editorial independiente de reciente creación, que echa a andar con cuatro propuestas literarias de gran calidad y hermosamente editadas. Es la “zona cálida” que busca Siberia.

Francisco Martínez Bouzas


 
Jean-Philippe Toussaint

Fragmentos

“El mismo día que Marie me propuso acompañarla a Japón, comprendí que estaba dispuesta a quemar nuestras últimas reservas amorosas en aquel periplo. ¿No hubiera sido más sencillo, si de separarnos se trataba, haber aprovechado ese viaje previsto con tanto anticipo para tomar un poco de distancia el uno del otro? ¿Era una buena idea viajar juntos, si era para romper? En cierto modo, sí, ya que aunque la proximidad nos desgarraba, el alejamiento nos hubiera acercado. En efecto: emocionalmente éramos tan frágiles y nos encontrábamos tan desorientados que la ausencia del otro era, sin lugar a dudas, lo único que aún podía acercarnos, mientras que nuestra presencia sólo podía, por el contrario, acelerar el desagarro, sellar la ruptura. Si era ella consciente de aquello al invitarme  a Tokio y si me había invitado adrede para que lo dejáramos, es algo que ignoro, no creo.”

…..

“Era tarde, puede que pasadas las tres de la mañana, y hacíamos el amor, hacíamos el amor lentamente en la oscuridad de la habitación, atravesada aún por largas estelas de luz roja y sombras negras que dejaban sobre las paredes el rostro de su paso. La cara de Marie, inclinada en la penumbra, con los cabellos desordenados en el tumulto de las sábanas deshechas, de los albornoces y los vestidos enmarañados a nuestro alrededor, permanecía como retirada de nuestro abrazo, abandonada en la esquina de un cojín, con los labios apretados, sin renunciar en ningún momento a  esa terrible expresión de angustia grave y muda que yo conocía. Desnuda entre mis brazos, cálida y frágil en la cama de aquella habitación de hotel por cuyo techo pasaban fugaces filamentos de luces de neón rojas, yo la oía gemir en la oscuridad cada vez que entraba en ella, pero apenas sentía sus manos sobre mi cuerpo, ni sus brazos alrededor de mi espalda. No, era como si ella evitara con sumo cuidado todo contacto innecesario con mi piel, toda caricia inútil, toda unión entre nosotros que no fuera puramente sexual. Tan sólo su sexo parecía tomar parte en todo aquello, su sexo caliente  y ávido, que yo había penetrado y que se movía de manera casi autónoma, áspera y furiosa, mientras ella apretaba sus piernas para encerrar mi verga dentro de la presa de sus muslos y se frotaba violentamente contra mi pubis persiguiendo un placer que yo la veía dispuesta a conquistar. Tenía la sensación de que utilizaba mi cuerpo para masturbarse contra él, que restregaba su angustia contra mí para perderse en la búsqueda de un goce deletéreo, incandescente y solitario, doloroso como una quemadura interminable y trágico como el fuego de la ruptura que estábamos consumando…”

…..

“Y a pesar de mi inmenso cansancio esperaba que no amaneciera en Tokio ese día, que no amaneciera nunca más y que el tiempo se detuviera en ese momento, en aquel restaurante de Shinjuku donde nos sentíamos tan bien, cálidamente envueltos en la ilusoria protección de la noche, porque sabía que la llegada del día traería consigo la prueba de que el tiempo pasaba, irremediable y destructor, y que había pasado sobre nuestro amor. Pronto iba a amanecer, y, cuando me disponía a salir a la calle, me di cuenta de que estaba nevando: imperceptibles copos de nieve pasaban lateralmente ante el cristal y desaparecían en la noche, arrastrados por el viento. (…) Yo miraba la nieve caer silenciosa en la calle, posarse ligera e impalpable sobre los neones y los farolillos de papel, sobre el techo de los automóviles y los aislantes de cristal que sujetaban los cables de los postes telegráficos. Y aquella nieve me pareció una imagen del paso del tiempo -al atravesar la claridad de una farola, los copos giraban enloquecidos un instante en la luz, como una nube de azúcar glasé disipada por un soplo invisible y divino-, y en la inmensa impotencia que sentía por no poder evitar que el tiempo siguiera su curso, tuve el presentimiento de que con el final de la noche terminaría también nuestro amor.”

(Jean-Philippe Toussaint, Hacer el amor, páginas 16, 21-22, 46-47)

miércoles, 18 de diciembre de 2013

"EL LEVIATÁN", EL ORFEBRE DE CORALES QUE SE TRAICIONA A SÍ MISMO



El Leviatán
Joseph Roth
Traducción de Miguel Sáez
Acantilado, Barcelona, 2013, 73 páginas.

    El Leviatán es un relato o novela breve perteneciente a la narrativa de la última época de Joseph Roth y publicada póstumamente en 1940. Esta pequeña obra maestra la escribió Joseph Roth (1894-1939) en su exilio francés, antes de alcanzar los cuarenta y cinco años. Joseph Roth es uno de los grandes escritores del pasado siglo. Un autor esencial, sobre todo del período de entreguerras. Roth nació en Brody, una aldea ucraniana que formaba parte del Imperio Austro-Húngaro. Era un judío rural que, al trasladarse a la ciudad, perdió la conciencia de su judaísmo -para él algo tan accidental como su bigote rubio, que igualmente hubiera podido ser negro- y en su madurez se convirtió al catolicismo. Desterrado tanto de su lengua como de su tierra, su existencia fue un continuo deambular por las capitales de la Europa Occidental, haciendo de los hoteles su domicilio, pero siempre con la botella en la mano y en un constante despedirse de su propia identidad, como sobre él escribió Caludio Magris. Su vida es un ejemplo paradigmático del lento suicidio provocado por el alcohol, consumación de la miseria en la que se había convertido su vida. En medio de tanta turbulencia existencial fue, no obstante, capaz de escribir excelentes obras de ficción, la más conocida, sin duda, es La marcha de Radetzky  (1932).
   El Leviatán es una nouvelle escrita al año siguiente de la llegada de Hitler al poder. Al poco tiempo los libros de Roth arderían en la hoguera y con la quema, su memoria debería arder también y desaparecer para siempre de la faz de la tierra. Y en efecto, su memoria, igual que la de otros grandes escritores como Stefan Zweig, se disipó años más tarde, pero afortunadamente de las cenizas de la pira incendiaria nazi ha renacido con fuerza la figura y el prestigio de este gran escritor.
   Esta pequeña obra de fina orfebrería literaria transporta al lector a la pequeña ciudad de Progrody donde vive Nissen Pieczenik, judío pelirrojo, comerciante y artesano de corales por los que siente una ternura poco menos que familiar. Analfabeto pero muy respetado en la comarca debido a su honradez y a la fiable calidad de sus corales a los que considera animales vivos que solo por inteligente modestia fingen ser plantas, para eludir el ataque de los tiburones. Sin embargo, en consonancia con las tradiciones judaicas, afirma que son animales marinos, administrados en el fondo primitivo de las aguas por el Leviatán, si bien su ardiente deseo es emerger a la superficie, ser trabajados por los orfebres para cumplir el verdadero cometido de su existencia: adornar a las hermosas aldeanas.
   Nissen Piczenik siente una inmensa nostalgia del mar y por eso un día viaja a Odesa acompañando a un joven marinero, ya que él mismo siente que su patria son las aguas marinas, igual que sus corales. Pero de pronto aparece en su vida Jenö Lakatos que, en una población vecina abre una tienda de corales mucho más baratos que los de Piczenik. Son corales artificiales hechos de celuloide. No obstante, el diablo le mete en la cabeza la idea de comprarle algunos y mezclarlos con los auténticos. Y así, seducido por el demonio, supera al mismo diablo y se traiciona a sí mismo y como consecuencia el destino se vuelve en su contra, aunque su trágico final paradójicamente supone una realización de su íntimo anhelo: ver realizado el deseo nostálgico al que cree pertenecer.
   Con un estilo directo y sencillo, hermosamente pulcro, escribió Joseph Roth esta breve fábula, una historia redonda que transmite con suma eficacia el tono de una parábola talmúdica. Un breve pero sutil apólogo que echa mano de unos pocos personajes arquetípicos para explorar la complejidad del ser humano y postular la necesidad de la autenticidad y la integridad personal. Sirviéndose de un lenguaje que imita la  llaneza de los cuentos tradicionales transmitidos de forma oral, la prosa de Joseph Roth es capaz de comunicar, a través de sugestivas imágenes, una verdadera lección moral, en la que el trágico castigo por dejar de ser fiel a la propia autenticidad, es al mismo tiempo la consumación de la más íntima aspiración: fundirse con las aguas marinas a las que el protagonista, igual que sus corales, cree que pertenece. Parábola pues sobre la traición de la propia identidad, transmitida a través de escasos personajes arquetípicos y el ensamblaje de la tradición judía en una perfecta pequeña historia.

Francisco Martínez Bouzas



Joseph Roth



Fragmentos

“Tenía su propia teoría, muy especial, sobre los corales. En su opinión eran, como ya he dicho, animales marinos que, en cierto modo sólo por inteligente modestia, fingían ser árboles y plantas, a fin de no verse atacados y devorados por los tiburones. Los corales deseaban ardientemente ser cogidos y llevados a la superficie de la tierra, tallados, pulidos y ensartados, para servir finalmente al verdadero fin de su existencia: ser joyas de las hermosas aldeanas. Sólo allí, en el cuello blanco y firme de las mujeres, en la proximidad más íntima de la arteria palpitante, hermana de  los corazones femeninos, los corales revivían, adquirían brillo y hermosura y ejercitaban su mágico poder innato de atraer a los hombres y despertar pasiones amorosas. Verdad era que el viejo dios Jehová lo había creado todo, la tierra y sus animales, los mares y todas sus criaturas. Sin embargo, al Leviatán, que se enroscaba en el fondo primitivo de  las aguas, el propio Dios había confiado por cierto tiempo, es decir, hasta la llegada del Mesías, la administración de los animales y plantas del océano, y especialmente de los corales.”

…..

“De esta forma tentó el diablo al comerciante de corales Nissen Piczenik por primera vez. El diablo se llamaba Jenö Lakatos, era de Budapest e importaba los corales de celuloide que, cuando se encienden, arden tan azuladamente como la cortina de fuego que rodea el infierno.
Cuando Nissen Piczenik llegó a casa, besó indiferentemente a su mujer en ambas mejillas, saludó a las ensartadoras y comenzó, con ojos un tanto confundidos, confundidos por el diablo, a contemplar sus queridos corales, los corales vivos, que no le parecieron tan perfectos, ni con mucho, como las falsas piedras de celuloide de su competidor Jenö Lakatos. Y el diablo sugirió al honrado comerciante de corales Nissen Piczenik l idea de mezclar corales falsos con los auténticos.”

(Joseph Roth, El Leviatán,  páginas 10-11, 59-60)

domingo, 15 de diciembre de 2013

"OPERACIÓN DULCE", UNA HISTORIA DE AMOR EN LA ENCRUCIJADA DEL ESPIONAJE DE LOS AÑOS 70



Operación Dulce
Ian McEwan
Traducción de Jaime Zulaika
Editorial Anagrama, Barcelona, 2013, 395 páginas.

   Afirma  Ian McEwan que resolvió escribir Sweet Tooth, recientemente traducida por Anagrama, después de descubrir que a finales de la década de los cuarenta, en la de los cincuenta y  a principios de los sesenta, la CIA dedicó ingentes cantidades de dinero a difundir la cultura capitalista occidental para convencer a los intelectuales de que Occidente era la mejor opción, el mejor de los mundos posibles. Más de uno recordará cómo con la leche en polvo, el queso y la mantequilla a las escuelas españolas llegaban revistas “made in USA”, verdaderos panegíricos del estilo de vida norteamericano. ¡Como si entre el magisterio español de aquellos años hubiese veleidades comunistas! Fue una verdadera Guerra Fría cultural, dirigida sobre todo a países como Francis o Italia, donde un partido comunista fuerte se hacía notar y no ocultaba sus simpatías hacia la Unión Soviética. Hasta que la CIA descubrió que el principal enemigo estaba en casa, que era la propia izquierda democrática que, queriendo defender una sociedad igualitaria, se miraba en el ejemplo de la Unión Soviética.
   En este contexto -la ideología binaria de los años de la guerra fría-, plantea Ian McEwan (Aldershot, Reino Unido, 1948), uno de los representantes más destacados de la narrativa contemporánea, la trama de su novela: una historia de espionaje cultural en plena Guerra Fría, en cuya intriga se incrusta una historia de amor. Ian McEwan construye, en efecto, un relato de espías protagonizado por Serena Frome, joven y atractiva licenciada en matemáticas por Cambridge, que cuarenta años más tarde decide contarnos cómo el M15 le encomendó una misión secreta, para la que la recluta una vaca sagrada de Cambridge, que primero fue su amante.
   Año 1972, Serena Frome, hablando en primera persona, nos informa de los antecedentes  que la llevaron a trabajar para el  M15 en un proyecto que sus compañeros consideraban realmente interesante: la Operación Dulce. Debido a su afición a leer literatura contemporánea, el M15 le encarga representar a una fundación (Internacional Libertad) que pretende captar y apadrinar a prometedores escritores, aunque, como en las artimañas de espionaje nada es lo que parece, su verdadera finalidad es crear propaganda anticomunista.
   Es así como entra en su vida un joven escritor, Tom Haley, el mundo del espionaje y hace aparición el amor, porque la protagonista acaba enamorándose del escritor prometedor, de la víctima que los jerifaltes del M15 le habían seleccionado. En efecto, Serena Frome se enamora de Tom Haley leyendo lo único que ha escrito: sus relatos breves que McEwan introduce como ramificaciones de su novela. La lectora compulsiva de gustos escasamente refinados, se enamora de Tom Haley, un escritor antagónico de sus preferencias literarias, seguidor de Borges, Cortázar, Pynchon o Barthes.
   El desenlace no es preciso que el lector lo presienta. La misma narradora lo adelanta en el párrafo que inaugura el libro:”No salí indemne. Me despidieron dieciocho meses después de mi ingreso tras haberme deshonrado yo y haber arruinado a mi amante, aunque sin duda él colaboró en su perdición” (página 11). Pero el hilo conductor que tira del lector de esta novela radica precisamente en saber cómo se desarrolla todo eso que resumen las cuatro líneas iniciales.
   La protagonista acaba enfrentándose a sus propios dilemas al comprobar cómo para cumplir su misión en el espionaje británico tendrá que engañar al joven escritor, Tom Haley, claro alter ego de McEwan en su juventud. El escritor apadrinado por el M15 y el propio McEwan compartieron la misma universidad (Sussex), el mismo entorno literario, el contexto cultural de sus primeras publicaciones en el que también debutaron Martin Amis,  Julian Barnes, James Fenter, Craig Raine y Salman Rushdie un poco más tarde, aunque a él, confiesa con ironía, nunca se le acercó una estupenda mujer a ofrecerle unos emolumentos fantásticos.
   Novela de espionaje por supuesto, pero sobre todo una historia de amor, no solo entre una mujer y un hombre, sino de amor a la literatura. El espionaje, en efecto es solo uno de los muchos motivos que McEwan entreteje en su narración, porque la novela esconde, como matrioskas  literarias, muchas otras novelas, al menos en ciernes, así como inspiraciones a la que el escritor les presta atención preferente: el amor a la literatura, la relación entre ésta y el poder, el  compadreo   de los escritores con los servicios secretos, la paradoja de la promoción de valores como la democracia y el pluralismo político y el secretismo del espionaje con el  se promovían dichos valores.
   La novela es además un fresco de los contradictorios años 70 en un país como Inglaterra: huelgas mineras, el terrorismo del IRA, un país al borde de una crisis nerviosa, como le gusta decir al escritor, crisis política, social, cultural y de identidad, aunque con una vida cultural muy excitante y con el inicio o la consolidación de los grandes movimientos reivindicativos, tales como el feminismo y el ecologismo.
   Con ingredientes como la intriga, dosis de romanticismo, de sexo y de metaliteratura, Ian McEwan nos permite leer una buena novela, que no está seguramente a la altura de otras suyas como Expiación o Amsterdam, pero que nos deja ver con acierto el poder de la escritura, de la imaginación y no deja de plantearnos dilemas éticos fundamentales, como los intentos de manipulación de las personas al pretender inculcarles ciertas ideologías.

Francisco Martínez Bouzas


Ian McEwan


Fragmentos

“Si la CIA se oponía al comunismo, tenía que haber algo bueno en él. Sectores del partido laborista todavía sostenían a los avejentados  y brutales dirigentes del Kremlin, con sus mandíbulas cuadradas y sus proyectos truculentos, y todavía cantaban La Internacional en el congreso anual e intercambiaban estudiantes en misiones de buena voluntad. En la ideología binaria de los años de la Guerra Fría, no estaba bien visto simpatizar con la Unión Soviética mientras el presidente de Estados Unidos libraba la guerra de Vietnam. Pero, en la cita a la hora del té en Copper Kettle, Rona, incluso entonces tan pulcra, perfumada, preciosa, dijo que lo que la inquietaba no era el contenido político de mi columna. Mi pecado consistía en hablar en serio. En el número siguiente de su revista no apareció mi firma. En lugar de mi espacio publicó una entrevista a la Incredible String Band. Y  a continuación Quis? Quebró.”
  
…..

“A las cinco de aquella tarde de sábado ya éramos amantes. No fue  todo sobre ruedas, no hubo una explosión de alivio y placer en el encuentro de cuerpos y almas. No fue un éxtasis como lo fue para Sebastián y Mónica, la mujer ladrona. No al principio. Estuvimos cohibidos y patosos, como si tuviéramos conciencia de las expectativas de un público invisible. Y el público era real. Cuando abrí la puerta del número setenta e invité a Tom a pasar, mis compañeras de piso, las tres abogadas, estaban congregadas al pie de la escalera, con tazas de té en las manos, a todas luces matando el tiempo antes de volver a sus habitaciones y a una tarde de machacar temas jurídicos. Las mujeres del norte examinaron a mi nuevo amigo con un interés no disimulado mientras él estaba de pie en el felpudo. Hubo bastantes sonrisas y arrastrar de pies significativos cuando se las presenté a regañadientes. Si hubiéramos llegado cinco minutos más tarde nadie nos habría visto. Mala suerte.”

…..

“Abordamos otra vez el tema de la Operación Dulce. Me dijo que no era nada infrecuente que las agencias promovieran la cultura y cultivaran a la clase de intelectuales idónea. Los rusos lo hacían, ¿por qué no nosotros? Era la Guerra Fría blanda. Le dije lo que te dije a ti el sábado. ¿Por qué no dar el dinero abiertamente,  a través de algún otro ministerio? ¿Para qué una operación secreta? Greatorex suspiró y me miró, moviendo la cabeza con un gesto conmiserativo. Dijo que debía comprender que cualquier institución, cualquier organización se convierte a la larga en un dominio autosuficiente, competitivo, que actúa de acuerdo con su propia lógica y propende a sobrevivir y ampliar su territorio. Era tan inexorable y ciego como un proceso químico. El M16 había obtenido el control de una sección secreta del Ministerio de asuntos Exteriores y el M15 quería su propio proyecto. Los dos querían impresionar  a los americanos,  ala CIA, que  alo largo de los años había financiado más iniciativas culturales en Europa de lo que nadie se imaginaba.”

(Ian McEwan, Operación Dulce, páginas 21, 220, 374-375)

jueves, 12 de diciembre de 2013

"LOS ÁNGELES MUEREN POR NUESTRAS HERIDAS", UNA GRAN HISTORIA DE EXCLUIDOS



Los ángeles mueren por nuestras heridas
Yasmina Khadra
Traducción de Wnceslao-Carlos Lozano
Ediciones Destino, Colección Áncora y Delfín, Barcelona 2013, 378 páginas.

   Es quizás la novela más grande jamás escrita sobre la Argelia colonial. Así califica el escritor argelino Yasmina Khadra (Mohammed Moulessehoul es su verdadero nombre) su última novela, Les anges meurent de nos blessures, editada casi a la par en Francia y en España. El autor, Yasmina Khadra (Sáhara argelino, 1955) es un escritor reconocido en todo el mundo, con muchas de sus obras traducidas en más de cuarenta países. A los pocos años de sus anterior novela, Lo que el día debe a la noche, 2008), adaptada recientemente a la gran pantalla, Yasmina Khadra sumerge a los lectores en la Argelina colonial de entre guerras (años veinte y treinta del pasado siglo). Es un regreso del escritor a sus orígenes con una gran historia de amor y aventuras, pero sobre todo de superación. El relato del incansable tesón de un hombre que busca el amor y la dignidad en el contexto de una época y de un ambiente social que el escritor retrata con maestría: la reconstrucción de un mundo devastado por la Gran Guerra, el choque cultural, religioso, de mentalidades distintas en la ciudad argelina más europea: Orán.
   En las paradojas y contrastes grises y brumosos de ese período de entre guerras, recién salidos de las monstruosidades bélicas, se inspira Yasmina Khadra. Y entre las arenas movedizas de ese período, coloca el escritor a su protagonista, Turambo, al que hace hablar en primera persona desde la cárcel y en espera de subir al patíbulo y ser guillotinado.
   La novela, en efecto, echa a andar en un presidio de la Argelia colonial. El joven Turambo aguarda la hora de su ajusticiamiento como castigo por un crimen cuya naturaleza no revela el autor. Son semanas que actúan como maléfico presagio de la fatalidad que guía la existencia del protagonista. Lo que le sobra es el tiempo y Turambo hace hablar a su memoria y rememora su biografía desde el momento en que en su infancia un corrimiento de tierras borra del mapa el pueblo de su nacimiento, dejando a su familia sumida en la miseria. A los once años, “que me sabían a once cadenas perpetuas”, Turambo se marcha a vivir  a Graba, un lugar donde la gente se limita  a ser pobres, nadie paga por sus crímenes y sus habitantes lo comparten todo excepto las desdichas. Rodeado de perdedores, niños convertidos en matones, homosexuales que el puritanismo de la época les obliga a esconder su condición, prestamistas que violan para cobrar deudas.
   Turambo no se resigna a ser uno más. Él se ha propuesto gobernar su propio destino y por eso se traslada a Orán, en búsqueda de una vida mejor. Y lo hará iniciándose en el boxeo tras una pelea callejera y con el propósito de convertirse en una estrella del ring, así poder vivir como un europeo y dejar de ser un paria en una sociedad controlada por inmigrantes racistas provenientes de Europa, que trata a los musulmanes como basura social.
   La novela se divide en tres grandes secciones, rotuladas  con nombres de mujer: Nora Aïda e Irène. Ellas forman el esqueleto del libro y nos permiten conocer los avatares sentimentales, profesionales y sobre todo vitales del protagonista. Esas tres mujeres dejan sus huellas, y también sus heridas, en el corazón del protagonista. Heridas sangrantes, mucho más aún que las del boxeo, porque a través de amores complejos, inconvenientes o incondicionales, Turambo busca el sentido a una vida que ya no se contenta con gloria y dinero. Su gran trofeo será el amor de una mujer.
   Son muchas las virtudes de este libro. Yasmina Khadra convierte su historia en un viaje iniciático, en el que la superación y el amor son la gran fuerza que impulsa en el recorrido. El escritor sigue además la senda de las narraciones clásicas: el libro, por eso mismo, es un gran mosaico de vidas, de personajes, pergeñados y dibujados con gran maestría. Con un argumento al estilo de las grandes historias, tejido con una prosa de excelente calidad y luminosa plasticidad literaria. Considero oportuna así mismo la narración en primera persona, desde el punto de vista del protagonista que, en mi opinión no le resta verosimilitud a la novela y mucho menos cuando el héroe de la misma nos deja entrever sus heridas, sus desgracias, las lacras que lo convierten en antihéroe. No es mérito menor el realismo con el que Yasmina Khadra describe los ambientes sin adulterarlos y la veracidad con la que da voz  a los excluidos sin caer en ningún género de literatura panfletaria ni maniquea. En resumen, una excelente novela recomendable para aquellos lectores que todavía andan a la caza de grandes historias.

Francisco Martínez Bouzas

 
Yasmina Khadra


Fragmentos

“En Graba, la noche no llegaba ni caía, sino que se vertía desde el cielo sobre nosotros como una gigantesca caldera de alquitrán fresco, elástica y espesa, tragándose las colinas y los bosques, mientras impregnaba las mentes con su negrura. La gente callaba repentinamente, como senderistas sorprendidos por una avalancha. No se oía el menor ruido, el menor crujido en la espesura del monte bajo. Luego, poco a poco, sonaba el chasquido de un correaje, el chirrido de una verja, el vagido de un bebé, una riña entre chiquillos. La vida regresaba por sus fueros y las angustias nocturnas emergían como termitas, royendo las tinieblas. Y, justo cuando se apagaban las velas para dormir, los aterradores berridos de los borrachos sonaban a coro, y los rezagados se apresuraban en regresar a sus casas, no fueran sus cuerpos a aparecer de madrugada encharcados en sangre.”

…..

“Los ogros no son sino los frutos alucinógenos y las coartadas de nuestras supersticiones, de modo que apenas valemos más que ellos, pues, siendo a la vez falsos testigos y jueces expeditivos, solemos condenar antes de deliberar.
El ogro Graba no era tan monstruoso.
Viéndola desde el mirador de mi colina, esa gente me parecía apestada y sus chabolas trampas mortales. Estaba equivocado. Bien pensado, el gueto era llevadero. Sin duda parecía un purgatorio, pero no lo era. En Graba, nadie pagaba por sus crímenes ni por sus pecados; nos limitábamos a ser pobres.”

…..

“Aída clavó un codo en la almohada, apoyó la mejilla en la palma de la mano y se quedó viendo como me vestía. La satinada sábana destacaba la armoniosa curva de su cadera. Estaba espléndida en su pose de ninfa exhausta de amor a punto de dormirse. Su larga cabellera negra se desparramaba sobre sus hombros y sus pechos, que aún llevaban la huella de mis abrazos y parecían dos frutos sagrados. ¿Qué edad tendría? Parecía tan joven, tan frágil. Cuando la abrazaba, cuidaba de no apretar demasiado su cuerpo de porcelana. Hacía ya dos meses que acudía con regularidad a recuperarme en su aromatizada estancia, y cada vez mi corazón latía con más fuerza por ella. Creo que la amaba. Procedía de la alta cuna beduina de la Hamada. La habían casado a los trece años con el hijo de un cadí en alguna parte de las Altas Mesetas. Al año su marido la había repudiado por infecunda, y su propia familia, para la cual aquello supuso una afrenta, le dio de lado. Marcada por el estigma de la esterilidad, ningún primo se dignó tomarla por esposa. Una mañana, echó a andar sin mirar atrás. Unos nómadas la dejaron en la entrada de un pueblo colonial, donde la acogió una familia cristiana. Bien entrada la noche, y por su turno, los hijos de sus empleadores acudían a abusar de ella en el sótano donde, entre telarañas y trastos arrumbados, se alojaba. Cuando a sus violadores les dio por convertirse en verdugos, Aïda se vio obligada a huir hasta que, al cabo de unas semanas, la detuvieron por vagabundeo. Luego pasó de manos de un chulo  a las de una alcahueta, como si fuera mercancía de contrabando, antes de ir  aparar al club de madame Camelia.”

(Yasmina Khadra, Los ángeles mueren por nuestras heridas, páginas 25, 35, 230-231)

domingo, 8 de diciembre de 2013

"LA INTERPRETACIÓN DE UN LIBRO": LA LITERATURA COMO FETICHE



La interpretación de un libro
Juan José Becerra
Editorial Candaya, Avinyonet del Penedés (Barcelona), 2012, 124 páginas.

   La interpretación de un libro es la primera novela que se publica en España del escritor argentino Juan José Becerra (Junín, Buenos Aires, 1965), ensayista, novelista y articulista. Edita la novela la catalana Editorial Candaya, uno de los pocos sellos editoriales que apuestan por escritores innovadores. Una novela donde una vez más la metaliteratura actúa como plataforma narrativa y nos deja percibir, y también apropiarnos de todos sus frutos, sin entorpecer el desarrollo de la historia, que en una escueta sinopsis se podría contar en dos líneas: un hombre conoce a una mujer y deciden ir a vivir juntos. Lo hacen y poco más tarde se separan.
   A primera  vista, una cuotidiana y banal historia de amor entre dos seres humanos, pero resulta que en el fondo esa historia de amor es por los libros. Una obsesión amorosa, enfermiza, corrosiva, delirante proyectada en los libros. Por eso mismo, la novela de Juan José Becerra no solo es reiteración de ese discurso de la literatura dentro de la literatura -una matrioska literaria más-, sino un relato sobre el libro convertido en objeto de deseo, objeto fetiche.
   El corazón de la trama nos presenta a un escritor, Mariano Mastandrea. Acaba de publicar una novela titulada Una eternidad. Pero su libro no termina en las manos lectoras, sino en pilas polvorientas de ejemplares acumulados en las mesas de saldo de las librerías de la Avenida Corrientes. El autor pasa los días sumergido en la contemplación de su fracaso: miles de ejemplares y ningún lector. Y en una obsesiva pesquisa: recorre la ciudad de Buenos Aires intentando descubrir a alguien que lea su libro. Y la pesquisa detectivesca un día da sus frutos. Mastandrea halla un día en el tren subterráneo bonaerense a una joven y bella mujer portando en sus manos un ejemplar de su libro. Es Camilla Pereyra, la “loca de los libros”, tal como la conocen los empleados del Jardín Botánico. El escritor sigue sus pasos y, sin otra presentación que la de ser el autor del libro que ella se dispone  a leer, la aborda y la interroga sobre las razones de su elección lectora.
   Es el inicio de una relación entre ambos que terminan convertidos en pareja. Será, sin embargo, una relación amorosa muy peculiar: la del autor y el lector, porque, a lo largo de la novela, se amalgaman tanto los sentimientos que entre ellos surgen, como los que brotan del acto de crear convertido en un delirio, una suerte de religión marginal, como la define el escritor. Y también de la lectura cuando ésta es así mismo una compulsión enfermiza. La relación intempestiva entre el frustrado escritor y su única lectora.
   Pero así como La interpretación de un libro tiene un comienzo, tras el paso de los días tediosos y estáticos en el monoambiente de Mastandrea, también llega el final: el escritor que ya no escribe y la lectora que ya no lee, se rinden ante la distancia sentimental que los está separando, porque en realidad  viven en mundos tan distantes e idealizados que jamás confluyen. Vegetan únicamente a expensas de sus sueños y estos solamente se entrecruzan en un breve período de tiempo.
   Es reseñable en la novela de Juan José Becerra la sutura de ficción y realidad que se produce en la relación de ambos personajes: las personas físicas terminan convertidas en personajes de ficción. El escritor argentino crea así mismo una novela que él mismo define como omnívora: asimila cualquier cosa: el ensayo, un tratado de amor, una crítica de arte. Incluso una guía telefónica podría tragarse con la seguridad de que nada le va a ocurrir. La metaliteratura juega igualmente un papel importante: el hilo conductor de la fracasada historia de amor es la literatura, que en este libro actúa como un fetiche entre un escritor que en su monoambiente se convence de que su fracaso es el gran triunfo y una lectora loca que lee con el cuerpo. El autorrobo que Becerra hace de uno de sus libros, utilizando párrafos enteros de su novela larga Miles de años, tiende a reforzar ese talante metaliterario, ya que una novela empieza a tener vida en otra novela. Echa mano así mismo el escritor de elementos del lenguaje pictórico, por ejemplo los cuadros de Hopper que, desde la llegada de su lectora compulsiva, empiezan a decorar el interior del monoambiente. Cuadros que son la representación más plástica posible de mujeres entregadas al vicio de la lectura. En definitiva, una excelente reflexión sobre el desamparo amoroso condimentado con buenas dosis de literatura entendida como  un talismán obsesivo.

Francisco Martínez Bouzas



Juan José Becerra

Fragmentos

“Pero por alguna razón el libro fue un fracaso. Las revistas de literatura no lo reseñaron, ni siquiera refirieron su existencia, y pronto terminó apilado  en las mesas de saldo que Mastandrea controla, sin que surjan novedades, cada día, cada semana. En algún momento de su recorrido en tren, el novelista emerge del subsuelo y patrulla las librerías de oferta de la Avenida Corrientes con una modalidad similar a la que utiliza como pasajero del ramal D: de punta apunta, de ida y vuelta, del margen izquierdo y del derecho, y varias veces. Es un desplazamiento que obedece a la táctica del rastrillaje, un tipo de movimiento que comienza la exploración y la termina completamente pero que en su recorrido pierde los  detalles más profundos que desea extraer, siempre borrado por el exceso de atención.”

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La emisión de Mariano Mastandrea, desde el punto de vista de Camila Pereyra, no es de índole sexual sino literaria. El fluido se desprende de sus depósitos calefaccionados, viaja a gran velocidad por los tubos interiores –mangueras finas en el interior de mangueras gruesas- y se esparce en las amígdalas, la lengua, las encías, los dientes y el paladar de la lectora; y ésta, purificada por la bendición del arte verbal, ya no sólo piensa sino que experimenta la analogía. El líquido blanco entrando en el cuerpo oscuro es para Camila un trazo de tinta a mano alzada inscribiéndose en el papel que lo absorbe, lo conserva en forma de letra, de palabras, de frase y le da un sentido.”

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“El distanciamiento del novelista y su lectora en el interior del departamento se ha hecho tan ancho y tan profundo que la vida cotidiana que han estado llevando gracias a coincidencias espontáneas y naturalizadas se ha convertido en dos líneas paralelas de hábitos basadas en un doble uso horario. Si Mastandrea duerme de noche, Camila lo hace de día, y así van rotando, turnándose en las salidas sin compartir ninguna, y omitiendo los encuentros básicos, aunque  a veces, en los puntos de encastres de las líneas que arman la rueda del día, encastran ellos mismos de manera todavía apasionada y silenciosa.”

(Juan José Becerra, La interpretación de un libro, páginas 19, 79, 106)