viernes, 13 de marzo de 2015

LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL EN LAS CRÓNICAS LONDINENSES DE AUGUSTO ASSÍA



Cuando yunque, yunque
Cuando martillo, martillo
Augusto Assía
Prólogo de Ignacio Peyró
Libros del Asteroide, Barcelona, 2015, 476 páginas

   Libros del Asteroide  reedita en un solo volumen las crónicas de la Segunda Guerra Mundial que el periodista gallego Augusto Assía, pseudónimo de Felipe Fernández Armesto (A Mezquita, Ourense, 1906 – Messía, A Coruña, 2002), escribió desde Londres como corresponsal para el periódico barcelonés La Vanguardia. Sus crónicas de la Guerra, percibida desde Londres, aparecieron como libros en 1946 (Cuando yunque, yunque) y en 1947 (Cuando martillo, martillo). El autor fue uno de los grandes periodistas españoles del siglo XX: el único que desde Londres informaba de la Guerra; el único, así mismo, con Carlos Sentís, que pudo cubrir los juicios de Nuremberg. Augusto Assía está considerado sobre todo como uno de los padres en España de la crónica internacional  Personaje controvertido, aureolado por una gran personalidad, pero también por incógnitas y misterio. Su dimensión escondida ha sido investigada profusamente  en los últimos años: activista en el Berlín de 1930 de la Internacional Socialista, agente del servicio de espionaje británico, miembro del Partido Comunista de España en los años 30 según la historiadora rusa Natalia Kharitonova, defensor “templado” en 1967 de la equiparación de derechos del gallego con el español, lo que le acarreó una multa del ministro de Información y Turismo franquista, Fraga Iribarne, al director del periódico en el que publicó el artículo reivindicativo. Años más tarde, sin embargo, fue demandado por un partido nacionalista gallego y por el sindicato Comisións Labregas a los que había acusado de colaborar con grupos terroristas.
   La obra que acaba de publicar Libros del Asteroide, nos ofrece en un solo volumen una visión global de la percepción de la Guerra por el periodista desde la capital inglesa: desde sus primeras impresiones, tras llegar a Londres, después de haber sido expulsado de la Alemania nazi, censurado por la República española y por la dictadura franquista, hasta el final de la Guerra.
   Cuando yunque, yunque recoge una selección de textos publicados durante la primera parte de la contienda, la “guerra defensiva”, en la que el sur de Inglaterra y la capital británica eran presa de las bombas de la Luftwaffe con el resultado de al menos cuarenta y tres mil víctimas mortales y más del doble de heridos. Son crónicas que se extienden desde el 3 de diciembre de 1939 hasta el 26 de julio de 1943. La segunda parte, Cuando martillo, martillo rescata los textos cablegrafiados  desde julio de 1943 hasta el 8 de mayo de 1945. Un conjunto selecto de crónicas que retratan la segunda fase bélica, la “guerra ofensiva”.
   En su conjunto, más de un centenar de crónicas en las que, como afirma el prologuista, Ignacio Peyró, Augusto Assía no se limita a ofrecer el parte diario de la guerra. Informa de los aspectos bélicos de la contienda (el regreso de las tropas inglesas procedentes de Dunquerque, los terroríficos ataques alemanes sobre Londres, sobre Coventry, el peligro de los submarinos alemanes, el desembarco de Normandía, el salto sobre Italia, o la victoria narrada desde un rascacielos neoyorquino), pero, al mismo tiempo, profundiza en la esencia y en las costumbres de un país muy peculiar, baluarte de las libertades y al mismo tiempo atado como ningún otro a sus tradiciones. Hay igualmente artículos centrados en personajes ingleses: en Churchill sobre todo, en el que Augusto Assía ve la quintaesencia del espíritu británico; en Lord Lovat, un joven aristócrata, figura deslumbrante de los comandos ingleses, en Bernard Shaw en su ochenta y ocho cumpleaños, un texto rebosante de humor.
Londres bombardeada por la Lutfwaffe
   En todas las crónicas, escritas en un tiempo complejo, Augusto Assía, anglófilo convencido y declarado, supo mantener, incluso en los peores momentos para Inglaterra, su propia visión del mundo, y el convencimiento, que manifestó desde los primeros momentos, de que la derrota de los nazis era obvia, que el nazismo tampoco podría contra la fuerza de la libertad, repitiendo la historia de Luís XIV, de Napoleón o del Káiser Guillermo II.
   Cuando el mundo está a pocos meses de conmemorar el septuagésimo aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial, las crónicas de Augusto Assía, escritas en un clásico y refinado estilo literario y perfectamente contextualizadas por un amplio prólogo de Ignacio Peyró, constituyen un material único, una visión lúcida y muy realista del conflicto bélico, de sus causas y atroces consecuencias. Con un balance igualmente muy clarividente: “Hitler se había echado montañas arriba contra el curso de la Historia, contra el poder de la libertad, contra la fuerza de la gravedad”. “Solo un loco pude intentar de nuevo la tarea de dominar Europa.”

Francisco Martínez Bouzas

                                                     
Augusto Assía
Fragmentos

“Tras pasar por vigésima vez el Canal, esta tarde he caído en un Londres de tal modo disimulado y parapetado contra los ataques aéreos, que apenas si le puedo reconocer. Toda mi erudición, como la del personaje dickensiano Sam Weller, peculiar y extensa, la encuentro enterrada entre sacos de arena, escamoteada bajo el camuflaje o huida hacia no se sabe qué paraderos. Tengo la sensación de estar en una ciudad desconocida.
 Del Eros de Piccadilly, lo mismo que de la estatua de San Jorge, no queda más que el sitio. Ambas han desaparecido bajo una pirámide protectora.
 A los obscuros tejados de las grandes fábricas, de los hospitales y las estaciones, les han surgido inesperados colores.
 La taberna de Simpson, en la Colina de los Cereales, donde se refugia la tradición culinaria inglesa desde hace siglos, se halla resguardada por un imponente parapeto.
Envuelta en obscuridad y niebla, la ciudad semeja el fondo de un inmenso océano, y los londinenses, buceando por las calles con sus lámparas eléctricas, parecen peces fosforescentes.
 En medio de este mundo de confusión y pesadilla sigue latiendo sin cesar la circulación y la vida de la gran metrópoli. En la riada del tráfico han aumentado los camiones y disminuido los coches de lujo. Suben y bajan por el Támesis los barcos que cosen el Imperio. Entran y salen los trenes en las veintiocho estaciones. Se elevan y descienden los aviones en los cinco aeródromos.”

…..

“A la misma hora en que la guerra entraba en el quinto año, las tropas anglosajonas han abierto su último acto penetrando en el continente, dispuestas a dar el golpe de gracia a Italia, dejar sin uno de sus puntos de apoyo al Eje y coger del revés las posiciones alemanas sobre el Mediterráneo, los Balcanes y Francia.
 Si alguna sorpresa ha provocado aquí el desembarco sobre Italia, es su tardanza después del victorioso remate de la campaña siciliana. Muchas gentes creen que este retraso se ha debido, empero, no a causas puramente bélicas, sino a otras razones menos tangibles y más ocultas, cuyo producto puede cosecharse ahora de un momento a otro.
 La idea de que las tropas italianas no harán más que una resistencia simbólica, semejante a la que opusieron algunas fuerzas francesas cuando el desembarco del norte de África, está muy extendida aquí, hasta el punto de que a nadie le extrañaría que si las tropas anglosajonas logran consolidar sus cabezas de puente y hacerse firmes en tierra italiana, el segundo acto de la operación consista en la solicitud de condiciones para capitular por parte de Italia. El general Eisenhower –se dice aquí– tiene amplias instrucciones y poderes absolutos, como general en jefe, para resolver cualquier emergencia que pudiera presentarse.
 De tal manera descartan aquí la posibilidad de que Italia pueda intentar siquiera presentar lucha “auténtica”, que las únicas especulaciones que pueden oírse respecto a la oposición con que habrán de encontrarse los anglosajones giran alrededor de las fuerzas alemanas situadas en la península. Estas pueden equivaler a varias divisiones, reforzadas por la considerable cantidad de material y hombres que lograron salvar de Sicilia, y apoyadas por un número de cazas bastante considerable, situados en el centro de Italia. Pero, sin fuerzas de bombardeo aéreo y sin protección marítima, todo lo más que los alemanes podrán conseguir es batirse en retirada. Nadie parece creer aquí que estén en condiciones de establecer una línea sólida, por lo menos hasta el río Po.”

(Augusto Assía, Cuando yunque, yunque. Cuando martillo, martillo, páginas 7-8, 249-250

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