domingo, 25 de junio de 2017

"EL TRIUNFO": HISTORIAS CANALLAS CONVERTIDAS EN LEYENDA



El triunfo
Francisco Casavella
Editorial Anagrama, Barcelona, 2017, 162 páginas.

   Sea realidad, leyenda urbana o quizás simplemente literaria -en las que con frecuencia se ornea más que en las urbanas-, lo cierto es que lo primero que figura en la biografía de Francisco Casavella, de nacimiento Francisco García Hortelano (1963-2008) es que se inició en la vida  adulta como botones, el último botones de La Caixa, y que empleaba más de dos horas en realizar un encargo en el que consumía no más de diez minutos. En el resto del tiempo callejeaba y le tomaba el pulso a los barrios de Barcelona, comenzando por el Poble Sec de su nacimiento y sobre todo al barrio del Raval, el barrio chino barcelonés. En la literatura se inició a los veintisiete  años precisamente con El triunfo. Antes había sido exclusivamente lector, primero de golosas revistas golfas, hasta que un día cayó en sus manos una novela de Juan García Hortelano que le pareció más atractiva que esas revistas que entretenían sus ocios. Para evitar equívocos con el autor de El gran momento de Mary Tribune, al que no le unía ningún parentesco, firmó su primer libro como Francisco Casavella. Y como tal agitó los cimientos de la literatura española, porque sus obras, especialmente la trilogía El día de Watusi (2002-2003), mas también El triunfo o Lo que sé de los vampiros  (Premio Nadal en 2008) convirtieron a Casavella en una figura icónica por su huida del tedio, de la pesadez, la pedantería,  por su lenguaje desacralizado y por su estrategia a la hora de amalgamar los barrios altos y bajos barceloneses, y reflejar la vida canalla con ojos de pícaro que aprehende la realidad hostil de la existencia, tantas veces oculta por apariencias lujosas o encubiertas.
   El trinfo (1990), ahora reeditada por Anagrama, fue la primera piedra de un gran fresco social de la España de la Transición. Una novela poliédrica, cercana a lo coral, ambientada en el Barrio (el barrio chino barcelonés) por donde deambulan prostitutas, drogadictos, pícaros y perdedores, negros y moros, gitanos y rumberos. Y sobre todo, hampas. Un barrio de supervivientes en el que manda un ex legionario, el Gandhi, en lucha sin tregua por el control del territorio, no solo con la pasma, sino también con grupos rivales.
   En constante entrecruzamiento, un grupo de monipodios formado por el Nen y sus amigos el Tostao, el Topo y Palito, cuya sisa, su actividad picaresca, no es que esté muy estructurada: se contentan con ser amigos de el Gandhi, quieren triunfar como rumberos, que no los metan en la casa de la Abuela, un invento del ex legionario para meter en vereda a la basca.
   Relata la historia Palito, como si testimoniara ante un juez ausente. Los tres siguen a pie juntillas al Nen, señorito y chinorris, que un día descubre los motivos y circunstancias de la eliminación de su padre, el Guacho, del que se recuerdan sus triunfos  como cantante de rumbas, y el papel que en esa desaparición tuvo su madre, la Chata, en relación sentimental o sexual con el ex legionario. Y ahí empieza el Nen a descartillarse. Ese tinte hamletiano funciona como verdadera trabazón de la novela y como telón de fondo de un callejeo en el que los miembros del séquito monipódico acompañan al Nen en el sakesperiano ajuste de cuentas. Llegan así los días chungos de verdad, y Palito, el Tostao y el Topo consideran que han ganado porque en aquel barrio se trataba de seguir con vida, aunque se rieran de ti. “Y yo he ganado…Porque me pellizco y me duele y estoy vivo…” (página 162).
   La mirada afilada y sin concesiones, la sonrisa entre amarga y socarrona -así definió Juan Marsé a Casavella- le brinda al lector una verdadera galería de historias barriobajeras, las pequeñas y grandes tragedias urbanas, rebosantes de violencia. Es paradigmática la ejercida sobre diez negros que encuentran flotando en el puerto con cabezas convertidas en pelotas envueltas en papel de periódico. Relato por el que circula una retahíla de personajes: yonquis babeantes, colonquitos tristones, lumis feas por la mañana, pero por la tarde “les encontrabas un vicio”, asesinos despiadados, pero que en el relato de Casavella casi provocan la risa: tal es el Naranjito al que llamaban así porque cuando le mandaban cargarse a un tío, dejaba su huella: comía una naranja delante del fiambre y luego esparcía las mondas alrededor.
   Casavella, no obstante los tintes hamletianos, emplea una hábil estrategia narrativa: lleva al lector de forma coherente hacia su propia historia ramificada en mil escenas que producen esa visión poliédrica. Tampoco son un estorbo los fragmentos del cuaderno “Bribia” que recupera, con un cambio de ritmo narrativo y de registro, buena parte de la historia atormentada del Gandhi.
   El estilo de la prosa, basado en un monólogo confesional, acorraló y sigue acorralando a Casavella con etiquetas de escritor maldito porque fue capaz de convertir la oralidad marginal en prosa literaria excepcional: el argot las jergas de los chíos de la mala de los años 90 sustentan esta novela. Casavella quiso que el lenguaje de los personajes los definiera. Añádase a todo esto las expresiones de un peculiar estilo desacralizado. Sirva lo siguiente de ejemplo: “…porque puestos a largar, largo y ya está” (página 46), “…y se agarra un descantille que no veas” (página 48)

Francisco Martínez Bouzas

                                                
Francisco Casavella

Fragmentos

“Llegamos, Palito, me decían, y todo son luces y una música que parece una tormenta, que retumba en todo el baile (y eso que el baile es grande) y te pega en el estómago como si le hubieras hecho algo y se te cuela como grillos en las orejas. Y allí todo el mundo baila y se mueve y siempre te aparece el típico notario vacilón pidiendo bronca. Pero pasando, por lo menos al principio, porque Palito, nen, hay unas chavalas que te ponen a mil con las camisitas blancas por encima del ombligo y los pantaloncillos negros esos que han salido ahora, pegados a las cachas y al bul que te pones ciego con el meneo, ciego perdido, Palito, y tú vas allí y este cabrón (el cabrón era el Dátil) que se llevó el otro día a una al cielo por lo menos, arriba de todo del baile y yo no sé qué le hizo que la quetedije  bajó más acalorada que una cafetera, hirviendo y casi llorando, que le harías, cabrón, lo normal, ya. Y ahí, te lo juro, el que corta el bacalao es el Nen, mariconazo que desde que toca la guitarra se harta de follar, que hacen cola las pavas, no veas, y las que están más buenas, que en cuanto mete un pie en la pista ya empieza el cacareo, Jaime, Jaime, Jaime, y a darle besitos en el morro y a las dos canciones ya se ha subido con una…”

…..

“Me imagino que usted querrá saber quién es la Susi, vamos, digo yo, porque si no lo quiere saber, yo se lo digo y usted se lo traga.
Usted la ve de buenas a primeras y dice: ¡Qué guerra va pidiendo esta chavala! Es así como rubia y tiene muy buena figura y una jeta como de nenita que no ha crecido que te hace dar un tembleque cuando piensas: ¿De dónde ha sacado la nenita ese cuerpazo? Que no parece que sea suyo, vamos. Y camina muy bien, con garbo, la tía. Pero cuando hablas con ella te da muy poco cuartel y para sacarle una sonrisa (y mire que le digo nada más que una sonrisa) tienes que dar saltos mortales lo menos o dejar que te atropelle un carro. Por eso, cuando no la conoces, te parece que, por lo callada y lo seria, la tía debe saber muy bien por dónde camina. Pero qué va,, es más tonta que bailar con un buzón, aunque con no hablar, todo eso que gana.
Pues resulta que a la quetedije el Nen le hacía su gracia de toda la vida, mucha gracia, diría yo: de eso nos dimos cuenta el Tostao, el Topo y yo hace tiempo. Y al Nen, como la tía le importaba un cuerno y sólo la veía cuando estaba el hombre con los nervios, pues que todavía la tía se le colgaba más y se ponía más tonta y se iba por ahí diciendo que el Nen era su novio y yo qué sé qué carajadas.”

…..

“Cuando yo llegué a este Barrio, ni era viejo ni estaba cansado: poseía la mente fría y despejada de un joven ambicioso al que no le hiere el dolor ajeno, porque observa la vida como una larga partida de naipes y exige sin contemplaciones, a todos aquellos que no tienen ni su ambición, ni su coraje, ni su inteligencia, que hagan gala de un discreto saber perder ante un empuje. Yo no disponía de la amplia tradición orgánica que poseen las razas meridionales y mi empresa no fue la reunión de unas cuantas familias, sino de hombres a los que se les exigía la lealtad militar de la que he hablado más arriba. La obediencia a esta ley única fue su grandeza y todos respondieron hasta la muerte como hombres. Una sonrisa morbosa brota de mis labios cuando reflexiono acerca de que, en realidad, lo nuestro fue un juego al que todos los implicados en esa empresa jugamos alegremente.
El Barrio al que llegamos era el reflejo exacto de nuestra ambición: carteles demasiado grandes para calles demasiado pequeñas. Parpadeantes rótulos luminosos, indios móviles, maniquíes disfrazados de cocineros, cubiertos de polvo, despellejados, demasiado grandes. Y en las calles más estrechas pululaba la gente en manadas, pelo abrillantado, sombreros descoloridos, tintes de pelo imposibles sobre estrambóticos cardados, gente que, sin excepción, miraba mal al extraño; forasteros que sentían sobre sus cabezas la ropa blanca de los balcones, moviéndose, entrelazándose según sentencia del aire como una sombra amenazadora.” (BRIBIA:CUATRO)

(Francisco  Casavella, El triunfo, páginas 17, 28-29, 75)

jueves, 22 de junio de 2017

HUIDA HACIA NINGUNA PARTE



Huida en la noche
Emmanuel Bobe
Traducción de Mercedes Noriega Bosch
Editorial Pasos Perdidos, Madrid, 2017, 189 páginas.

   Aunque tardíamente reconocido, Emmanuel Bove (de nacimiento Emmanuel Bobonikoff, París 1898-1945) está considerado en la actualidad como uno de los grandes narradores franceses de la primera mitad del siglo XX. Autor de numerosas y notables novelas, también de títulos populares que firmaba con pseudónimos, y ajenas, según sus mismas palabras, al oficio de escritor, fue descubierto  por Colette lo que le permitió publicar Mes amis  (1924) que cosechó un enorme éxito. No obstante, caerá en el olvido fundamentalmente por ser un escritor ajeno a cualquier causa que no fuese la literatura. Durante la Guerra y la ocupación alemana, tras verse rechazado sus deseos de unirse a la resistencia en Inglaterra, se traslada a Argelia, donde compuso sus últimos textos: La Piege, Départ dans la nuit  y Non-lieu. La traducción de sus obras al alemán por Peter Handke le redescubrirá de nuevo y recibirá años más tarde el aplauso de Sacha Guitry, Rainer María Rilke, Samuel Beckett o Roland Barthes.
   Huida en la noche es su penúltima novela y, como tantas otras de su autoría, nos hace partícipes del tiempo convulso de la Segunda Guerra Mundial, una época de persecuciones, campos de exterminio y pesadillas del nazismo que él, al menos aparentemente, logró esquivar. Así como del convencimiento de la necesidad de sobrevivir a cualquier costa.
   La voz narrativa que lo hace en primera persona, es la de un soldado francés prisionero y deportado a un campo de trabajo alemán. Son días muy duros, agravados por sus problemas físicos, nunca atendidos por el médico del campo y por la aparente afabilidad que, de forma siniestra, muestran a veces los guardianes del campo, así como por los diferentes y contrapuestos intereses de los mismos prisioneros. La seguridad de una muerte que sienten cercana anima a un grupo de ellos a planear una fuga: evadirse del campo y recorrer a pie cuatrocientos kilómetros a través de Alemania, procurando no ser capturados.
   El protagonista prefiere huir solo, mas las dificultades de la evasión le hacen comprender por primera vez lo que significa realmente estar preso. Desde un destacamento de trabajo, elabora un plan para una huida en solitario, más quiere ser solidario a pesar de la mezquindad de sus compañeros que se ríen de su plan, aunque finalmente se fugan. Pero el protagonista es incapaz de olvidar su drama personal: haber tenido que matar a dos guardianes. Caminan de noche y se ocultan de día. La huida es un continuo aflorar de egoísmos, de miedos, del hambre que no cesa de torturar. A pesar de que llega a Bruselas, será una huida a ninguna parte porque sigue el peligro de ser capturado y devuelto al control de los alemanes donde le espera un pelotón de fusilamiento.
   La novela recorre paso a paso la aventura externa de la fuga, pero, sobre todo y con mayor intensidad, las terribles vivencias internas de la que es víctima el protagonista que le convierten en un hipocondriaco, un paranoico que sufre manías persecutorias. Es víctima de su propia imaginación que crea temores absurdos.
   Emmanuel Bove da muestras de una gran maestría a la hora de expresar estos sentimientos del hombre acosado por el miedo porque él mismo los experimentó en carne propia: fue señalado, perseguido y destinado a un campo nazi de concentración y exterminio. Y sus propias pesadillas se hallan transcritas en las páginas de la novela. La misma ambientación del relato (cuevas, canteras, graneros, vagones de carga…) en los que se ocultan los prisioneros y finalmente el protagonista cuando abandona el grupo, da fe de este miedo cerval que atenaza al fugitivo y que Emmanuel Bove transmite en adecuados retratos psicológicos de sus actantes.
   Una novela de estructura lineal, con un relato centrado especialmente en los personajes, aunque quizás demasiado parsimonioso en la exposición de los planes de fuga y en los repetidos intentos del protagonista para convencer a sus compañeros. Un estilo claro y diáfano, alejado de preciosismos y ornamentaciones formales, nos introduce en esta aventura humana laminada por  las angustias y las pesadillas.

Francisco Martínez Bouzas


Emmanuel Bove

Fragmentos

“Aunque hasta el último momento había creído que no me uniría a ellos, de repente, al llegar la medianoche, me levanté. Una vez superado el período de espera, cuando el peligro es inminente, encararlo nos produce un inmenso alivio. En unos instantes sería libre. Ya no podía pensar en otra cosa. La libertad por una parte o la miseria física y moral por otra. En esas circunstancias, ¿cómo dudar del éxito?
Acudía al punto de encuentro detrás de las letrinas. La oscuridad era absoluta. Avanzamos con las manos hacia delante, fingiendo que nos tocábamos por la falta de visibilidad, aunque en realidad lo hacíamos pata infundirnos valor. Cuando llegamos al último barrancón nos detuvimos delante de las alambradas, repentinamente intimidados por la magnitud de la empresa. Por muy avanzada que estuviera la ejecución de nuestro plan, todavía podíamos dar marcha atrás.”

…..

“Antes de partir quise hacer un inventario de los víveres que habíamos traído, porque había reparado en que algunos comían mucho más que otros. Vaciamos nuestros macutos. Cogí una hoja de papel y un lápiz y volví a hacer la lista de lo que cada uno de nosotros habíamos llevado. Según los cálculos que había hecho antes de salir, debíamos tener comida suficiente para catorce días. Pues bien, mi estupor fue mayúsculo al comprobar que no habían pasado ni siquiera veinticuatro horas desde que nos evadimos y ya solo quedaban víveres para un par de días como máximo. Era incomprensible.
Intenté averiguar lo que había ocurrido, pero nadie me lo supo aclarar. Y lo más extraño de todo era que, mientras yo me devanaba los sesos intentando hallar una explicación, mis compañeros, como si ya se creyeran en Francia, no concedían ninguna importancia a un hecho que ponía patas arriba un plan en el que las raciones se habían calculado al milímetro. Como ya en la primera etapa llevábamos un retraso de nueve kilómetros -debo reconocer  que por culpa mía-, aquello prometía.”

…..

“Lo que nos tenía más desesperados era la falta de comida. Algunos hasta se plantearon desenterrar unas hortalizas. A pesar del hambre, me negaba a aceptar esa idea. Me sorprendía enormemente la rapidez con que se resignaban a adoptar las soluciones más extremas. Se lo dije a Roger, que resultó ser de mi opinión. Ambos pensábamos que, por muy difícil que fuese nuestra situación, aún no necesitábamos recurrir a medidas tan radicales. Aún podíamos esperar un poco. Esa manera de dramatizar no auguraba nada bueno. Revelaba nerviosismo.”

(Emanuel Bove, Huida en la noche, páginas 24, 95-96, 112)

domingo, 18 de junio de 2017

ANIQUILAD A UI, EL PINTOR DE BROCHA GORDA



La evitable ascensión de Arturo Ui
Bertold Brecht
Alianza Editorial, Madrid, 2009, 216 páginas
(Libros de fondo)
  
   En un momento de la historia del género humano en el que estamos presenciado el creciente surgimiento de nacionalismos excluyentes de matiz neoliberal y claros partidos fascistas que pueden hacerse con el poder en la vieja Europa, no parece descabellado ni irreverente volver a leer a Bertold Brecht, especialmente alguna de sus parábolas teatrales como La evitable ascensión de Arturo Ui. Y actuar, en vez de tanto hablar, porque como Brecht dejo escrito en el Epílogo de esta pieza teatral: ese monstruo puede llegar y dirigir el mundo porque el seno de donde emergió sigue siendo muy fecundo.
   Bertold Brecht  (Augsburg, 1898 – Berlín oriental, 1956) es una figura mítica de la dramaturgia moderna. Hoy olvidado, olvidado intencionadamente en la últimas décadas y de forma feroz a partir de los “desastres oscuros”, del surgimiento del pensamiento plano de la posmodernidad. Bertold Brecht es autor de uno de los grandes relatos del pasado siglo, de tremendas parábolas teatrales que no alegorizan asuntos efímeros y caducos, sino la siempre  posible continuación de los negocios del gran capital, quizás con otros medios.
   Bertold Brecht fue un traidor a su clase. Un adolescente al que no le agradaba la gente de su clase, ni mandar ni recibir servicios ni servidumbres y que, al crecer, se juntó con gente modesta y se hizo comunista. También, al hacerse adulto, eligió escribir un teatro que amalgama con gran habilidad didactismo, jergas del cabaret literario berlinés, estilo periodístico y textos e imitaciones de los grandes textos culturales y religiosos. Esas síntesis transforman la obra de Bertold Brecht en un teatro muy poco teatral, en el que se deja percibir una misma estética que el escritor aplica a toda su obra: la del efecto de extrañamiento o distanciamiento. El dramaturgo quiere que el espectador tome parte en los acontecimientos y hechos representados para hallar mediante la reflexión -no por medio de la emoción- una posible solución al problema presentado. El punto de partida de Brecht es por consiguiente “antilírico” y “antitrágico”, y rechaza cualquier clase de identificación emocional según la técnica de Stanislavski. Marx sería sin duda la personificación del espectador ideal de sus obras.
   La parábola sobre el ascenso de Arturo Ui, pieza escrita en Filandia en 1941, en el periodo  en el que el autor compuso sus mejores obras, realiza la mayor parte de las características que definen este teatro. Un teatro más épico que dramático, en el que no se pretende que se suponga que las cosas están aconteciendo allí mismo, en el escenario, sino que se narran y explican ciertas suposiciones ejemplificadoras de determinados problemas. Parábola teatral, tal como fue definida por el mismo Brecht esta modalidad de teatro.
   En el presente caso, La evitable ascensión de Arturo Ui transfiere el ascenso del nazismo de la Alemania de los años treinta a una parábola de lucha de gánsteres en Chicago. A través del simulacro escénico, cobran vida y circulan los grandes acontecimientos germanos  y los personajes que están en la génesis y asentamiento del nazismo. De poco sirve que, en la representación, el negocio sea el de la coliflor y que los personajes se apoden Giri, Roma, Givola, Deullefeet o Arturo Ui. El espectador-lector no se equivocará e identificará  en Arturo Ui a aquel Pintor de Brocha Gorda, tal como Brecht le llamaba a Hiltler. Y en trust de la coliflor percibirá a los junkers prusianos e industriales alemanes. Y en los gánsteres de Chicago, el partido  y el ejército privado de Hitler.
  
                                         
Bertold Brecht

 La parábola, La evitable ascensión de Arturo Ui cumple con el propósito que el autor pretendió, si el espectador es capaz de destruir el habitual y peligroso respeto por los grandes asesinos, y los gritos de Betty Dulfeet -el personaje que representa a la mujer de Dollfuss: “Os tenéis que rebelar. Es preciso aniquilar esta peste negra”- son considerados como peldaños de una lucha jamás finalizada, porque el seno de donde emergió el monstruo está siempre fecundo.
   Bertold Brecht escribió esta obra en 1941 y en aquel momento el diagnóstico de su Epílogo (“ahora los pueblos pudieron domar al monstruo”) no encaja con la realidad histórica. El poderío de Ui, el gánster de todos los gánsteres, se hallaba en aquellas fechas en su máxima grandeza.  Así pues, la aniquilación de Ui es un deseo avalado en una ilusión. El único error de esta parábola sobre el nazismo.

Francisco Martínez Bouzas 


 

viernes, 16 de junio de 2017

"PASOS EN LA PIEDRA": UN FRESCO COSTUMBRISTA DE LA ESPAÑA PROFUNDA



Pasos en la piedra
José Manuel de la Huerga
Menoscuarto Ediciones, Palencia, 2016, 366 páginas.

   El pasado mes de marzo, y tras haber sido finalista en cuatro ocasiones, José Manuel de la Huerga, con la novela Pasos en la piedra, obtuvo el Premio de la Crítica de Castilla y León 2016. La relevancia, la calidad y la proyección de la novela fueron algunas de las virtudes literarias que tuvo en cuenta el jurado al galardonar posiblemente la mejor novela del escritor nacido en Andanzas del Valle y residente en Valladolid. La novela echa a andar con un plano -un documental sin cámara- de la vieja ciudad medieval, Barrio de Piedra que José Manuel de la Huerga ha construido para dar vida a un grupo de personajes, y que puede ser percibida como una amalgama de varias ciudades de Castilla y León (Valladolid, Zamora, Toro, Medina de Rioseco…). Un espacio imaginario del poniente mesetario, anclado junto al río Duero, en el que el escritor había ambientado buena parte de los acontecimientos y conflictos de las dos novelas breves recogidas en su obra SolitarioS. Una ciudad que, como escribe el autor en “Reconocimientos y referencias” cambia de fisonomía durante unos días.
   En esos días (miércoles a domingo de de la Semana Santa de 1977), se desarrolla la trama novelesca, y aunque esta está centrada en las vivencias de los dos personajes principales, Germán Ojeda y su amigo alemán Peter Gesteine, por sus páginas deambulan muchos otros actantes que convierten a Pasos en la piedra en una certera novela coral. El núcleo temático de la misma, su columna vertebral son esos cinco días de Semana Santa que terminaron con la legalización del Partido Comunista de España el 9 de abril de 1977, el “Sábado Santo Rojo”.
   Pero antes, la trama ficcional nos permite transitar por el Miércoles Santo; por el Jueves Santo (con la Cena, Prendimiento, Flagelación y Coronación); por el Viernes Santo (Camino, Elevación, Descendimiento, La General); por el Sábado Santo (Desierto, Vigilia) y finalmente por el Encuentro del Domingo de Resurrección. Cada uno de esos días y sus “estaciones” de pasión o de resurrección, están preñados de larvados conflictos entre las posturas inmovilistas de la extrema derecha y tradiciones locales y aquellos partidarios de una mayor libertad o una renovación aperturista en el seno de una Iglesia católica que demuestra todo su poder precisamente en la Semana Santa y en la Cuaresma, con sus manifestaciones religiosas, con la salida de los pasos y la prohibición de hacer uso de la carne en su más amplio sentido.
   A esta ciudad de piedra y madera santas llegan German Ojeda y su amigo alemán, Peter Gesteine en la noche anterior al Miércoles Santo. German es hijo del gobernador civil de Barrio de Piedra, estudia derecho en Madrid y milita en el ilegal Partido Comunista. Son días trágicos: acaba de aperecer el cadáver de su amiga Yolanda, torturada, violada y asesinada por un comando de ultraderacha, los Guerrilleros de Cristo Rey. Debido a la inseguridad latente en Madrid, le aconsejan desparecer por un tiempo y refugiarse en la ciudad mesetaria. Peter, estudiante de antropología, alberga el deseo de disfrutar de la Semana Santa castellana, profundizando en su vertiente social y antropológica.
   Comienzan a vivir la Semana Santa con el fervor y la novedad de las procesiones y pasos. Y junto a ellos, el autor nos presenta un verdadero desfile de personajes, muchos de ellos atados al pasado, otros ansiosos de mayor libertad en aquel ambiente costumbrista y asfixiante que todavía se rige bajo los impulsos de la extrema derecha franquista. Entre esa nómina de personajes, sobresalen por su incidencia en el transcurso de la trama, el fraile Luis Alas, un sacerdote peculiar partidario del aggiornamento del Vaticano II, cuyo lema es acoger, escuchar y compartir. Dirige un grupo de postulantes a frailes de su orden, entre los que se halla Juan, enamorado de la musulmana Ashma. Alas pone en práctica con su grupo una liturgia renovada que no acaba de convencer ni a su superior ni al obispo de la diócesis. Celebran de una forma distinta los ritos de la Semana Santa, especialmente la Cena del Jueves Santo, una cena de los que se aman, mezcla de cena cristiana y cena humana.
   Ajenos a ritos y procesiones hallamos a otros actantes que, sobre todo, permiten que el lector sea testigo de la fuerza de la naturaleza en los bosques de ribera. Uno de ellos es Antonio Lozano, el Pajarero, un monumento vivo en Barrio de Piedra. Un hombre de gustos solitarios, estudioso de los pájaros. La única fe del Pajarero es la aviar. Otro es Claude Bernard, un poeta de origen francés, afincado en la ciudad castellana que, tras un viaje por el Extremo Oriente, cambia su nombre por el de Claudio Pino y decide vivir como eremita en un chozo de piedra.
   La novela, muy detallista y erguida con una sólida arquitectura compositiva, permite que el lector viva los ritos de la Semana Santa desde dentro del sentir, la emoción y la pasión de los cofrades; a la vez que nos muestra la tensión entre los elementos reaccionarios, las cuadrillas de la extrema derecha especialmente, y los que anhelan romper las rutinas de una ciudad anclada en el pasado y vivir alejados de la de las pautas de la dictadura franquista. Ese conflicto es el que hace que la obra de José Manuel de la Huerga sea algo más que la crónica de las semanas santas de una ciudad del poniente castellano, y se convierta en una sugerente novela.
   En la inmersión en los acontecimientos de esos cinco días, el buen hacer narrativo del autor nos permite vislumbrar el mapa de la España profunda, el fresco costumbrista de aquellos años. Pasos en la piedra es una fabulación que seguramente irradia muchas vivencias infantiles del escritor. Una pieza ficcional basada en la realidad muy ambiciosa, ajena a grietas constructivas que solamente aparecen en la impactante portada.
   Tradición, poder de la Iglesia, ansias de renovación, contacto con la naturaleza, arte escultórico, fenómenos atmosféricos propios de esos días de abril, conflictos manifiestos o soterrados…, todo ello transmitido por una narrador ubicuo y omnipresente que goza de un punto de vista sin limitaciones sobre la historia. Y tejido con una prosa de alta calidad, con secuencias rebosantes de un deleitoso lenguaje poético y descripciones que cautivan por su minuciosidad.

Francisco Martínez Bouzas

José Manuel de la Huerga


Fragmentos

“Los pájaros, los árboles y el agua, y el resto de la fauna que contribuía a dibujar aquel paraíso lo habían apresado de por vida el verano de sus doce años. Ahora, apunto de los sesenta y cinco, aquel atardecer de Miércoles regresaba (el Pajarero) de su puesto de vigilancia con la misma dedicación de su niñez, idéntica ilusión por registrar un dato nuevo para su censo de garzas, en las garceras de la orilla de enfrente, en la ribera de Trascastillo, donde el río se remansaba en su curva de noventa grados. La obra del embalse de San José que se había acometido tras la guerra río abajo formó pronto sedimentos, para alegría del Pajarero. Allí crecieron unos generosos carrizos que los habitantes del barrio de San Claudio enseguida bautizaron como la curva de Carrizales. En apenas una década, garzas y patos, somormujos, cormoranes, aguiluchos, chorlitejos, andarríos, zarceros y carriceros convirtieron aquella mancha de juncos y enea en uno de los mejores hostales de paso para migrantes que bajaban de Escandinavia o subían de África.”

…..

“El imaginero no había creído a Alas hasta aquella noche, cuando los actores de esta historia de pasión se habían puesto delante. Se había rendido a la evidencia: en Barrio no puede resucitar Cristo. Aquí solo se podían esculpir cristos para ser prendidos, flagelados y crucificados. La biografía dolorosa de las gentes sencillas acreditaba la idea. Y por si esto no bastara, estaba su propio cuerpo, retorcido y deforme, con unas piernas que parecían raíces secas de encina. La Resurrección, si era, tendría que ser bella y joven, recién salida del jardín del Paraíso, sin pecado, salvaje, sin la carga de sufrimiento con que cualquiera, y no dijéramos él, había sido marcado a fuego desde el nacimiento.”

…..

“Aquel Viernes, pino abrió los ojos cuando sintió la lux fría que se colaba por los resquicios de las piedras. Le llevó un rato despertar unos pies ateridos que masajeó largamente y luego calzó. Salió reptando y se incorporó para apreciar aquel regalo caído del cielo. El claro de los chiviteros le había trasladado a miles de kilómetros, se había convertido en poblado esquimal. El jaiku que brotó de sus labios de improviso no lo iba a olvidar. La memoria de su piel y de sus ojos atesoró aquella hoja de papel intacto, inaugural del mundo.

entre las piedras
    argamasa del cielo,
el sol te abrasa.”

(José Manuel de la Huerga, Pasos en la piedra, páginas 51, 168, 195)