domingo, 17 de diciembre de 2017

EL QUE TENGA COMERCIO CON UNA BESTIA...



El abismo verde
Manuel Moyano
Menoscuarto Ediciones, Palencia,2017, 166 páginas.

    

   A lo largo de todo El abismo verde resuena con frecuencia la frase bíblica, las palabras del Levítico: “El que tenga comercio con una bestia será castigado con la muerte.” No es preciso ser un experto exégeta para ver en esta fresa una de las prohibiciones fundamentales de la Biblia: el sexo contra natura con animales o seres ajenos a la especie humana. El versículo bíblico alude a lo que posiblemente es el núcleo temático de esta novela, la última aportación a la narrativa de Manuel Moyano (Córdoba, 1963), un escritor avalado por la autoría de varias colecciones de cuentos, microrrelatos y varias novelas, de las que, sin duda, la más conocida y relevante es El imperio de Yegorov, finalista del Premio Herralde en el año 2014.
   Manuel Moyano cultiva una narrativa a caballo entre lo fantástico y lo real; que se aleja de los puramente fantástico, pero, sin embargo, está anclada en la idea de resucitar las novelas clásicas de aventuras en la senda trazada por los grandes maestros del género, los autores fundacionales: Kipling, H.W. Wells,  Stevenson, Conrad o Verne.
   El abismo verde es ciertamente una novela de aventuras, erguida sobre una intriga transida por la inquietud y el desasosiego. Su trama se ajusta al modelo clásico de la novela de aventuras, en las que suceden acontecimientos que en el protagonista no solo hacen que naufrague su fe, sino que lo turban profundamente. La acción transcurre en el año 1975 y el joven protagonista y testigo la narra muchos años después. Un joven sacerdote, con fuertes dudas en sus creencias religiosas, es destinado a un remoto poblado de la selva amazónica, Agaré, antaño próspera colonia minera, habitada ahora por leñadores mestizos cortadores de eucaliptos para una fábrica de celulosa. Agaré es apenas una calle de tierra pisada a cuyo lado se yerguen humildes casas de madera, con tejados de calamina. En ellas vivían los leñadores mestizos, cuya religiosidad apenas disimulaba un profundo salvajismo.
   Habita igualmente en la localidad un avaro mercachifle, representante de la autoridad y el delegado de la compañía papelera: un alemán que cohabitaba con una india, la única mujer que había en aquel lugar abandonado de la mano de Dios y de los hombres en medio de la selva. Un barco a la deriva rodeado de misterios en la cercana jungla. Tales como las extrañas incursiones nocturnas de linternas que los sábados por la noche se internan en las espesuras. El sacerdote descubre que son los mestizos llenadores los que efectúan esas salidas nocturnas. Y descubre la existencia de una antigua ciudad de piedra en medio de la selva, devorada por sinuosas raíces, y habitada por unos extraños seres, hembras blanquecinas, seres calvos, con senos abultados y carentes de sentimientos humanos. En aquellas ruinas viven como en un hormiguero. No eran del todo humanas, pero tampoco simples animales. Son las rameras que esperan a los mestizos llenadores  en medio de la selva. Seres del inframundo con las que copulan en bacanales nocturnos los llenadores. En esos aquelarres, las criaturas de la selva, en su desenfrenada búsqueda del placer, se dejaban llevar por el furor de la cópula hasta el extremo de asesinar a sus parejas.
   La resolución de la novela que ninguna reseña debe desvelar, tienen lugar en la última página. Lo hasta ahora escrito es solamente la sinopsis de una intriga ciertamente inquietante, una novela de aventuras que responde al andamiaje canónico (salida-viaje-retorno). El autor logra articular un relato rebosante de intensidad, en el que la imaginación desbordante y el substrato ético no obstruyen el aliento narrativo, intenso y repleto de  desasosiego. A pesar de esos elementos fantásticos -las hembras que habitan en el inframundo- El abismo verde es una novela creíble que tiene además el mérito de ser una celebración de la aventura. Y es, sobre todo, un viaje interior, una iniciación y no pocos descubrimientos cruciales en la existencia del joven sacerdote que, tras ser testigo e incluso víctima de las orgias sexuales con las hembras del inframundo, es capaz de viajar al abismo de su propia conciencia, y de él salir para iniciar una vida nueva.
   Manuel Moyano describe con pericia escenarios selváticos, las actitudes de una amplia galería de personajes secundarios y, sobre todo, el peso de ese ambiente embrutecido que es Agaré, el salvajismo cruel que perciben los ojos del protagonista y la opresión del abismo asfixiante que es la selva, rebosante de vitalidad, pero que llega a engullir conciencias y caracteres, al igual que las raíces de los árboles centenarios aprisionan y tragan la ciudad de piedra milenaria.
   Novela relativamente breve, escrita con un ritmo que no concede tregua, y una prosa ágil y apropiada, desbordante de colorido. Con estos ingredientes nos introduce Manuel Moyano en un mundo embrutecido, donde no rigen las leyes humanas. En el corazón de la barbarie.

Francisco Martínez Bouzas

                                                 
Manuel Moyano


Fragmentos

“Ya he dicho que aquellas criaturas (o personas, si así cabe llamarlas) carecían de vello corporal y de pelo en la cabeza, exceptuando una especie de cerdas que les crecían sobre el labio superior. Su nariz era chata y las ranuras de sus ojos alargadas; le abrimos los párpados, pero ambos globos oculares se habían desintegrado. En cuanto a las orejas, estaban atrofiadas hasta ser casi inexistentes. Tras separar la mandíbula inferior -que crujió de forma estremecedora al desgajarse del resto del cráneo- vimos que su dentadura no difería de la nuestra en cuanto a la disposición de las piezas, aunque los molares eran más robustos y los incisivos más desarrollados. También en esta ocasión se trataba de una hembra, como evidenciaban no solo sus senos y su vagina, sino la línea curva de sus caderas. Incluso en aquel estado había una acusada feminidad en sus formas.”

…..

“Cuando todos hubieron terminado de desvestirse, el más alto y fornido de ellos alzó una mano y, simulando teatralmente con la otra que se masturbaba, emitió un poderoso grito que resonó como una profanación por toda la selva:
-¡Venid, putas!
Un escalofrío recorrió de arriba abajo mi espina dorsal. Presentí que aquella invocación no era una frase cualquiera pronunciada al azar, sino la plegaria que daba paso a la siguiente fase del ritual, el preludio a un horror absoluto, a la más completa de las abominaciones…Y pronto pude comprobar que no andaba errado, porque, como respondiendo a su llamada, varias figuras blanquecinas surgieron de la espesura en distintos puntos del contorno del calvero (…)
Los monstruos caminaban mostrando sin pudor sus vulvas tumefactas y escandalosamente abiertas, relucientes de humedad incluso en la penumbra. Me santigüé. Eran cuarenta o más, tantas como mestizos las esperaban desnudos en el centro del calvero: Lavinger se había equivocado al suponer que su número era reducido. Intenté cerrar los ojos, no contemplar la lasciva ceremonia que, sin duda, iba a desarrollarse a continuación. Pero no logré resistir la tentación, esa fue mi debilidad, y todo cuanto vi esa noche quedaría fijado para siempre en mis retinas… Cómo describir con simples palabras lo que ocurrió, los jadeos bestiales, la orgía contra natura que durante la interminable hora siguiente se desarrolló ante mis ojos…Cómo describir al sobrecogimiento sin parangón que me invadió.”

…..

“A lo largo de estas décadas no he dejado de preguntarme si aún seremos compatibles genéticamente. ¿Llegaron a dar algún fruto aquellas aberrantes uniones? ¿Concibió la reina monstruosos híbridos como consecuencia de nuestros reiterados encuentros? Tal vez mientras escribo estas líneas, mis descendientes estén reptando por la eterna oscuridad de aquellas galerías, ajenas por completo a la civilización de los hombres. Si es así, confieso que, lejos de sentirme horrorizado ante la idea, me enorgullezco de ser su progenitor. A mis sesenta y tres años de edad cuando tengo la completa certeza de que la vida es algo insignificante, un accidente fortuito en el conjunto del cosmos es cuando la amo más que nunca; en cualquiera de sus manifestaciones, en cualquiera de sus frágiles  e infinitas formas.”

(Manuel Moyano, El abismo verde, páginas 77-78, 91-93, 166)

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