martes, 5 de diciembre de 2017

LA TRAMPA DE LAS MUJERES ECLIPSADAS

El callejón de los silencios
Paula Izquierdo
Algaida Editores, Sevilla, 2017, 268.

   

   Paula Izquierdo (Madrid, 1962), la autora de El callejón de los silencios, es una psicóloga de formación, con amplia experiencia en los terrenos literarios, tanto en la novela -cinco títulos en su haber- como en el relato, con varias colaboraciones en antologías. Y en el ensayo, con títulos tan significativos como Cartas de amor salvaje, Picasso y las mujeres o Sexoadictas y amantes. Su última novela ha sido galardonada con el X Premio Logroño de Novela. Una novela, confiesa la autora, preñada de complejidades, con temas que se entretejen entre sí, al igual que los sentimientos amorosos.
   Con un tema central que es la traición, de algún modo aludido en el largo subtítulo del libro  y fragmento del texto: “Hay veces que conviene decir las cosas cuando las piensas o hacerlas cuando se tiene oportunidad, por si la parca te atrapa visitándote de forma inesperada.”, la novela tematiza desde la ficción un triángulo amoroso que, en confesión de la autora, está en la novela y refleja en buena medida la realidad cotidiana, porque nunca o casi nunca estamos satisfechos con el objeto de nuestros sentimientos amorosos.
   En el epicentro del relato encontramos a Mirna, un personaje que arrastra un pasado penoso y traumático -había sido víctima de una violación en grupo durante una fiesta-, y a su alrededor gravitan otros personajes: Ernesto, su profesor en los cursos de doctorado, bastante mayor que ella, y con una existencia que es un enigma, y del que Mirna se enamora perdidamente; y Esteban, un compañero de curso que vive obsesionado con Mirna, sin que ella le corresponda.
   Pero antes de eso, la narradora da cuenta de algunos antecedentes de la protagonista femenina: renuncia a su trabajo como profesora en un buen colegio de secundaria que no la motivaba, y comparte piso con otro hombre del que estuvo enamorada, aunque ahora solamente mantienen una relación de casta amistad. Inicia los cursos de doctorado de psicología social centrando sus investigaciones en el papel invisible de las esposas de intelectuales del pasado siglo, que tuvieron una vida anónima, poniendo su talento al servicio de sus parejas varones. El vínculo que une a los tres personajes poco a poco se irá haciendo cada vez más complejo, con sorpresas inesperadas y ciertas patologías que la protagonista analiza en sus estudios.
   Paulatinamente a medida que se va desarrollando la acción, la relación entre los tres pies del triángulo amoroso va cobrando intensidad y se muestra casi indescifrable, hasta que llega un momento fatídico cuyo motivo no revelo por respeto al lector. Anoto solamente que la protagonista, que se había sentido ascendida al cielo, de pronto  se considera arrastrada al infierno por el sentimiento de traición y perfidia que en ella provoca un insufrible desgarro, hasta el punto de sentirse víctima de la trampa de las mujeres eclipsadas que ella analizaba en sus trabajo de curso. Sin embargo esa frustración y ese conflicto son la razón de ser de la novela.
   En el relato coexisten otros temas de interés. Entre ellos, la presencia del mal, atribuible no a ningún principio en lucha con el bien, sino a los comportamientos humanos. ¿Qué motivos conducen a hombres y a mujeres a ser violentos de forma gratuita, sin ningún fin  salvo la oscura pretensión de ejecutar sus deseos?, se pregunta uno de los protagonistas. Es reseñable el análisis que hace la autora sobre el papel histórico y cultural que representaron tantas mujeres, especialmente en la primera mitad del siglo XX: mujeres inteligentes, bien preparadas, anuladas por su parejas y a sus servicio, a las que no solo se las priva de visibilidad sino que incluso se les mutila su nombre, como a María Teresa León a la que convirtieron en la mujer de Alberti. La mayoría de esas mujeres fueron testigos pasivos de los avatares de la historia. Es precisamente ese eclipsamiento el que contextualiza en todo momento el relato y da razón congruente de su desenlace.
   Desde un punto de vista taxonómico, El callejón de los silencios termina convirtiéndose en un thriller en su desenlace, con buenas dosis de melodrama en su desarrollo. La autora conduce a buen puerto su estrategia narrativa: un discurso lineal, ajeno a cualquier complicación. Los personajes no son planos; evolucionan en el corto período de un curso académico, especialmente el representado por Mirna, la verdadera protagonista de la novela, a la que la autora analiza profundamente, a la vez que ella, con su sexto sentido (proxemia) desmenuza los comportamientos masculinos. Son además personajes creíbles. Contribuye a esa verosimilitud el hecho de que la autora sabe rebuscar y verbalizar sus matices.
   Con el relato en tercera persona, al autora se mantiene al margen de la trama novelesca, mas no de la tesis principal de la novela: existen relaciones amorosas capaces de ensombrecer e incluso de eclipsar a muchas figuras femeninas. Un estilo de prosa claro, preciso y tan natural como exento de adornos y de fraseos que se aproximen a lo lírico, le sirve a una escritora con mucho oficio para articular acertadamente una buena novela rebosante de sentimientos y de suspense, pero que desarrolla así mismo temas que siguen siendo de importante transcendencia para las mujeres de hoy. También para los hombres.

Francisco Martínez Bouzas


                                              
Paula Izquierdo


Fragmentos

“Al poco de comenzar su vida en común, mantuvieron una relación íntima que llegó como se fue; sin hacer ruido. Una vez superada la tensión sexual, siguieron conviviendo y siento tan o más amigos que cuando se acostaban. Ahora que Mirna lo intenta razonar cree que ese paso por la cama de Miguel fue una travesía necesaria. Después, el vínculo de amistad perduró, e incluso las confidencias y la comunicación se hicieron más fluidas, sin reproches ni recelos, sin exigencias ni compromisos. Se había ido enfriando el deseo sexual, a cambio, había ganado u amigo que ella consideraba que sería para siempre. Miguel se trasmutó en un confidente incondicional. Hoy en día aún siguen viéndose de vez en cuando. En el momento en que decidieron no seguir juntos, no hubo una palabra más alta que otra. Mirna se dio cuenta de que, a veces, hay una etapa en que el amor se acaba y se transforma en otra cosa, quizás pueda llamársele cariño, amistad, costumbre o necesidad. Se habían vuelto cómplices y la convivencia todavía resultaba más cómoda.”

…..

“Pasado un buen rato, de pronto, entró alguien en el dormitorio donde Mirna intentaba volver a ser y ella, en un susurro con las pocas fuerzas que le quedaban, preguntó arrastrando las sílabas:
-¿Carolina?
Alguien, con voz de hombre y un susurro le contestó:
-No, no soy Carolina
Era una voz apenas audible. Mirna fue  capaz de oír cómo cerraba la puerta y volvía a invadir el cuarto de oscuridad. No sabía quién era el que había entrado en la estancia, pero se encontraba absolutamente inerme e indefensa.
Mirna sentía que todos los músculos se le aflojaban, no conseguía incorporarse, su cuerpo no le respondía. Sólo notó los empellones y envistes del chico que estaba violándola con sarna, vehementemente, tapándole la boca con una almohada para que no gritara. Notaba cómo le faltaba el aire y que respiraba con dificultad. Mientras un dolor insoportable se iba abriendo paso en la vagina.
Llegó un momento en que perdió la noción del tiempo. No sabía cuántos minutos u horas habían transcurrido, ni cuál era el número de chicos que había dentro de la habitación. Todo ocurrió muy rápido o, al menos, eso le pareció a ella, y quizás fue mejor así. No tenía fuerzas para detener esa orgía que se habían montado sin su permiso y, por supuesto, sin un átomo de capacidad para defenderse.”

…..

“Andamos para nunca llegar. Su existencia estaba marcada por la pérdida. Ojalá el tiempo no le hubiera arrebatado los placeres de aquel presente. ¿Por qué las cosas cambian, por qué no pueden permanecer? Notaba cómo la vida se rompía a su paso. Mirna nunca olvidaba la fecha del 22 de diciembre de 1989. Ella engendró el amor que se frustró antes de verlo vivo, respirando por sí mismo. No deja de ser incongruente que Mirna, sin ser consciente de ello, repitiera la conducta sumisa de todas aquellas mujeres de las que hablaba en su trabajo y sobre las que analizó su conducta dócil, manejable y disciplinada como un síntoma psicológico, en una época y en unas circunstancias de vida extrema. Pero, ¿y si estaba equivocada, y era el amor el que construía ese carácter en las mujeres, independientemente de épocas y circunstancias?”


(Paula Izquierdo, El callejón de los silencios, páginas 15-16, 40-41, 266)

2 comentarios:

  1. Una interesante intriga psicológica, que le viene bien el dicho: "caras vemos, corazones no sabemos". Un abrazo Francisco, ´placer siempre disfrutar de tus excelentes reseñas. Gracias.

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