sábado, 2 de diciembre de 2017

"QUEMADURAS": BARRERAS QUE ENJAULAN UNA VIDA

Quemaduras
Dolores  Prato
Traducción de César Palma
Posfacio de Elena Frontaloni
Editorial Minúscula, Barcelona, 2017, 71 páginas.

   

   Dolores Prato (Roma 1892-Anzio 1983) es una extraña figura literaria que atraviesa buena parte del siglo XX, porque en su existencia no hizo otra cosa que escribir, acumulando originales que jamás vio publicados. Antes de su fallecimiento pudo dar a la imprenta Quemaduras que obtuvo el premio Stradanova de Venecia, pero no halló editor. La escritora lo publicó en autoedición  en el año 1967, asumiendo todos los gastos. Es a partir de  entonces cuando Dolores Prato encuentra su verdadera vocación como escritora: escritos autobiográficos extraídos de sus notas, breves fragmentos escritos en primera persona en los que amalgama descripciones, reflexiones y narraciones en un estilo a la vez sencillo y furioso, como hace notar en el posfacio Elena Frontaloni.
   Dolores Prato había proyectado escribir y publicar cinco volúmenes, pero solamente logró componer dos: el ya mencionado Scottature (Quemaduras) y Sagiocondo (1963). Su libro más conocido Giù la Piazza non c’è nessuno, una larga narración autobiográfica, vio la luz en 1980 en Einaudi en un versión mutilada por Natalia Ginzburg con la que la autora nuca estuvo de acuerdo.
   Las circunstancias del nacimiento, infancia y adolescencia de la escritora condicionaron toda su vida y el contenido de este relato: hija de padre desconocido, su madre viuda con cinco hijos a su cargo la cedió a dos familiares ancianos que vivían en Treia, una pequeña población de la provincia de Macerata, donde Dolores pasa toda su infancia y la adolescencia. Primero con los familiares (el párroco del pueblo y su hermana soltera) y posteriormente en el convento salesiano de Santa Chiara dirigido por monjas de clausura.
   Quemaduras es pues un relato autobiográfico en el que Dolores Prato sabe conjugar acertadamente la realidad con la ficción. Por no tener una verdadera familia se considera una especie de tierra de nadie. A un lado, un viejo tío cura que se trasladó a vivir a Argentina; al otro las monjas del convento de Treia que actuaban con relación a la adolescente como con una especie de derecho adquirido, por el uso que habían hecho de ella.
   En el relato, Dolores Prato habla del dolor que siente por no haber sido reconocida por sus padres biológicos; del tiempo transcurrido en la casa del tío sacerdote, de la partida de este para América, un alejamiento cargado de promesas que nunca se cumplieron y cuyo único es un anillo; de la vida en el convento en el que le vetaban el surgimiento de nuevos sueños excepto el de “una sublime renuncia”, y donde constantemente la previenen contra los peligros mortales del mundo, la quemaduras que el mundo provocaba a quien intimaba con él; de la propuesta del tío para que viaje a América y se case con un candidato que él mismo le había buscado, a lo que se oponen las monjas excepto la más anciana. El miedo a la culpa le impide irse. Se sentía atada al convento, considera que debe quedarse para pagar por la educación y la comida, la caridad que el convento había invertido en ella. Pero le permitirán ir a la universidad porque las monjas piensan que retornará al convento con un título universitario muy útil. La alegre ilusión que le produce descubrir el mar que, sin embargo, la quema; las dificultades en su relación con las otras chicas del internado que la pretenden rescatar y, en todo caso, esperarla en el camino de Damasco. La participación, poco menos que forzada, en los misterios conventuales, herméticamente cerrados. Hasta que finalmente se libera de la clausura monjil y simultáneamente de la clausura que se había impuesto a si misma.
   Un relato tan breve como intenso en el que Dolores Prato nos permite visualizar las fotografías que retratan parte de su pasado y del tránsito de una inconsciencia dolorosa a un estado de conciencia igualmente doloroso pero libre. Y, a través de esos fotogramas, una reflexión sobre aquello que nos retiene o nos ata, metaforizado  en la cadena que impide volar a sus anchas a la lechuza del tío cura.
   Los principales ingredientes de este relato autobiográfico son la  reacción  de una joven que se niega  a dejarse enjaular por las reglas de un convento; el descubrimiento del mundo de afuera, a veces amargo y doloroso, pero siempre rebosante de vida; y en definitiva,  la búsqueda de la libertad plena. Todo ello delineado con una escritura ágil, repleta de lirismo que brota desde dentro, desde la verdad que habita en la escritora que es a la vez su propio personaje.

Francisco Martínez Bouzas



Dolores Prato


Fragmentos

“¡No, no podía irme!
Estaba atada a la alcándara, como la lechuza de mi tío. En el convento me habían dado de comer, como mi tío a la lechuza, pero yo, para demostrar mi gratitud, no podía hacer reverencias como ella; lo único que podía hacer era quedarme, porque eso era lo que se esperaba de mí.
Solo era parcialmente deudora de la educación y de la comida; pero, de todos modos, tenía que pagar.
Siempre había intuido que mi tío no se acordaba de mandar con regularidad el dinero de la pensión. ¿De qué? De todo: de los libros escolares, que siempre me tocaban ajados; de la suerte en las rifas, donde siempre me caían bagatelas, mientras que a las otras les correspondían objetos que me acostumbré a considerar prohibidos para mí. ¡No, no! No podía marcharme; primero tenía que pagar.”

…..

“Pero yo había comprendido únicamente que Dios era mi acreedor, no las monjas. (Aún no sabía que el titular de las letras de cambio religiosas también era Él, pero que ellas, para cobrarlas, las endosaban a su propio nombre.) Así pues, si Dios era mi acreedor, podía suspender en el acto el pago, pues tenía con Él la confianza que me faltaba con sus criaturas humanas. No tuve miedo de la testarudez ni de los celos que le atribuía la superiora, sino que más bien me gustó la relación que esa cuenta pendiente creaba entre Él y yo.
Si renunciaba a América ganaría tiempo con las monjas, pero iría a la universidad.”

…..

“En el mundo estudiantil había un pequeño mundo femenino, cerrado y abierto como una iglesia: cerrado a las ideas, abierto a las personas. Todas sus integrantes tenían vocación apostólica y predicaban, refutaban, alardeaban de estigmas y de fe, decían que su mayor deseo era el martirio.
El grupo reparó en mí y me cercó. Por la calle, dejarme en medio, unas cuantas aun lado, otras tantas al otro, era una de sus misiones; decían que era un pájaro de reclamo, al que había que rescatar y volver inocuo.”


(Dolores Prato, Quemaduras, páginas 16-17, 20-21, 29-30)

2 comentarios:

  1. Muy interesante este relato autobiográfico, es triste que no haya publicado más obras esta autora, Así pasa muchas veces, se pierden grandes historias, por no encontrar editorial o simplemente, porque no se luchó en ello. Gracias Francisco, por el arte de tus reseñas, te dejo un abrazo lleno de admiración.

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