jueves, 14 de diciembre de 2017

"TENER UNA VIDA": EL AGUJERO QUE NOS COLONIZA



Tener una vida

Daniel Jándula

Editorial Candaya,  Avinyonet del Penedès (Barcelona), 123 páginas.



    

   Tras haber publicado en 2009 El Reo, una novela no-ficción sobre la vida del teólogo luterano y disidente alemán Dietrich Bonhoeffer, en la que establece una relación entre la ficción y la biografía real del personaje, Daniel Jándula (Málaga, 1980) publica en estas fechas una novela enteramente ficcional que surge entre la memoria y la disolución, la tragedia y la farsa, tal como el mismo confiesa, alejándose en lo posible de la autoficción, pero no de la introspección.

   Aunque no carente de argumento, Tener una vida, la novela de Daniel Jándula, rompe con las estructuras canónicas de las piezas de ficción a las que estamos habituados: exposición-nudo-desenlace. Se ajusta sin embargo al concepto de estructura semionarrativa en la terminología de Julien Greimas, es decir, se mueve en el terreno de la competencia y de la formación del discurso narrativo en el nivel de la estructura profunda, de modo que el resultado es una novela poco frecuentada por narradores y lectores, pero novela al fin y al cabo. Añado que Tener una vida acredita ser un tipo de escritura ficcional innovadora, vanguardista, fragmentaria y con alguna pequeña dosis de metanarración. Su autor nos la hace llegar convencido de que las fronteras entre realidad y ficción andan revueltas y que las experiencias personales, propias o ajenas, pueden ser recreadas en invenciones perfectamente ficcionales.

   Tener una vida gira en torno a un personaje que nunca ha llevado una vida fascinante: ni demasiado negativa ni plausiblemente positiva. Al contrario, es una persona anublada, visitante no ocasional de la inercia y de la dejadez. Ha viajado demasiado a su propio interior, pero sigue sin saber qué hacer con su vida. Un día decide salir de ese colapso y contrata un viaje transoceánico cuyo destino (Patagonia y Tierra de Fuego) elige como un juego de azar. Y el día que debía emprender el periplo viajero, hacen acto de presencia en su existencia ingredientes insólitos: pierde el avión que debía haberlo llevado a Santiago de Chile porque se queda dormido la mañana de su vuelo y el avión desaparece sin dejar rastro. Y lo que aún le alarma más: descubre en su vivienda un agujero que no deja de crecer, tragándolo todo de forma selectiva al principio. El monstruo fagocitador de su sala le hace pensar en un agujero negro. Mas un físico solar que tiene de vecino, opina que es un túnel a otra dimensión: “el espacio se precipita hacia dentro como el agua por una cascada” (página 117).

   Es aquí y en las frecuentes reincidencias en la contemplación del agujero que todo lo fagocita, donde Daniel Jándula lleva a la máxima expresión pero con marca propia el gusto por lo insólito de Mario Levrero al que se alude en la contracubierta. Un verdadero libertinaje imaginativo. Puertas que se abren al extrañamiento, a lo fantástico, a la ciencia ficción. Historias que juegan con el absurdo, si las miramos desde la lógica clásica. Escribir donde todo es posible, donde se puede dar rienda suelta a los temores, manías o incluso a la reconstrucción de una viaje a la Patagonia y a Tierra de Fuego. Un viaje seguramente poco coherente, pero eso no importa, porque en los sueño no hace falta serlo, se nos dice en el texto.

   Pero la novela no acaba aquí. Es mucho más. El protagonista, a pesar de su ensimismamiento, decide recuperar y reordenar sus sensaciones, sus experiencias vitales, sus temores: la relación sentimental con Lidia y la amarga ruptura, reflexiones, relatos de experiencias, registro de lo que acontece en cada momento, incluso de sus cansancios, de los agotamientos que supone el paso de los días. Intenta, así mismo, penetrar en el fondo de los recuerdos fragmentados: los recuerdos de la abuela contando historias muy duras de la guerra, de los limoneros que había  cerca de casa, de las intrigas familiares, de la fascinación que, en su primer trabajo como proyeccionista, provocaban en él las películas francesas de arte y ensayo. Rememoración también de los miedos que empaparon su adolescencia y de los actuales a mirar dentro de sí (“La existencia nunca ha sido tan neblinosa como ahora, tan llena de dudas”, página 105). La reconstrucción de los buenos momentos pasados con su ex novia.

   Y en la experiencia de extrañamiento por la irrupción de lo fantástico, tienen cabida otros muchos ingredientes que convierten a Tener una vida en una novela que bordea la narrativa híbrida: tales como las relaciones amorosas y sus posos de aflicción cuando se rompen, reflexiones sobre la lectura, relación entre trabajar y vivir, la memoria histórica y referencias a la dictadura española y a las de América Latina con frases  apodícticas : “La dictadura que nuestros padres conocieron, está en nuestra leche materna” (página 26), “Nosotros no acabamos con la dictadura, sólo la agotamos” (página 27).

   Y lo más importante y que convierte a esta novela en una ficción alegórica: la sensación de vacío que el innominado protagonista experimenta a lo largo de todo el relato, relacionándolo erróneamente con el agujero fagocitador, pero que, en la páginas finales, el extravagante físico solar interpreta de forma correcta: es él como agujero el que se ha ido tragando cada aspecto de su biografía a medida que la atraía con su fuerza gravitatoria. Ese, y no el de una estrella, es el gran colapso, el agujero negro que lo coloniza.

   Una novela, en resumen, asentada en la literatura imaginativa, que no es ninguna golosina para paladares delicados o acostumbrados a historias golosamente lineales, magra en sus dimensiones, pero no un libro menor y cuyo mayor aliciente es, sin duda, el de hacernos pensar. Pensar en tener una vida y poder apresarla.



Francisco Martínez Bouzas





Daniel Jándula


Fragmentos



“Sé que debería sentirme una pizca más culpable por haber perdido el avión. Pero también me sobrepasa la cantidad de decisiones que he ido tomando en estas últimas semanas, sin apenas valorarlas. Parece que son los acontecimientos mismos quienes se han molestado en mostrarme todas las etapas y fórmulas posibles de la vergüenza, la pérdida o el fracaso. Hace un mes, poco después de comprar el billete a Santiago de Chile (de allí tendría que tomar otro vuelo a Punta Arenas, y de Punta Arenas un tercer vuelo hasta Porvenir, en la Isla Grande de Tierra de Fuego), fui  a la playa para enterrar nuestras cosas, las mías y las de Lidia. La intención era dejar, en un gesto tal vez excesivamente abstracto y simbólico, el veredicto de nuestra relación al peso de la arena (…) La tarde siguiente, a causa de una crecida de la marea, nuestras cosas salieron a la superficie, revueltas entre la espuma canela de las olas. La negrura engullía la arena y la brisa espolvoreaba un extraño canto sobre nuestras cartas y fotografías. Alrededor  de los objetos se fueron formando grupos de curiosos que reconstruían mi vida con Lidia. Leían nuestras frases más íntimas y se reían de mis intentos de romanticismo. Maldije al mar por desvelar nuestro pasado, que ahora flotaba entre cenizas, plumas de pájaro, algas, madera herrumbrosa y orina.”



…..



“Recordar la infancia. Confieso que me da pereza volver a ella, que todos hemos pasado por allí. ¿Quién no añora la infancia? Y a la vez, ¿quién quiere volver a ella? Uno tiene que penetrar en el fondo de sus recuerdos, como un explorador hunde su machete en el corazón de la jungla, una jungla cerebral que se espesa hasta donde los rayos de sol no llegan, donde la frondosidad se alimenta de frondosidad y de insectos pequeños, y se respira un aire tan viciado que cuesta hacerlo entrar en los pulmones, un aire formado por una mezcla de humedad, celulosa y excrementos.”



…..



“Emprendo el regreso a casa desde la plaza donde dejo a Lidia y su cojera, que se marchan en metro. La hierba que hay junto a la carretera resplandece eléctrica al paso de los vehículos. Entre las nubes dispuestas como falsas montañas, más ligeras que mi propio peso, se abren claros que muestran un cielo fatigado. Me cruzo con un mendigo tuerto que me recuerda a un personaje de mi barrio. Le llamábamos Niebla, desconozco por qué. Nos pedía un cigarrillo detrás de otro. Es por el corazón, decía, y juraba por un poeta cada vez que nos decía que tal poeta estaba enfermo en la cama, rezando. Como por entonces aún éramos jóvenes y no fumábamos en presencia de adultos, le dábamos granos de café. Entonces se ponía de puntillas y declamaba sujeto a un cartón de vino de mesa: «…clarea es la noche y buena amante.»



(Daniel Jándula, Tener una vida, páginas 23-24, 89, 112-113)

1 comentario:

  1. Escapar de la realidad, es algo que experimentamos todos cuando la vida ahoga, esclaviza. Buscamos en ciertos pasajes de nuestra experiencia, luces que llenen los vacíos, y las usamos para sobrevivir, para no perecer en nuestros propio abismos.Interesante libro, me gustó. Gracias Francisco, por el aprendizaje de hoy. te envío un abrazo.

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