miércoles, 27 de diciembre de 2017

TRAS LA GUERRA, TAN SOLO EL SILENCIO



Morir en primavera

Ralf Rothmann

Traducción de Carles Andreu

Libros del Asteroide, Barcelona, 2017, 232 páginas.



    

   Sobre Ralf Rothmann, el autor de esta obra, se ha escrito que es el único digno sucesor de Heirich Böll debido a su capacidad de recrear ambientes, el buen uso del ritmo narrativo y el realismo lírico que en Morir en primavera alcanza cumbres ciertamente difíciles de escalar. Y sobre la novela, no falta quien la considere “la mejor novela en años sobre la guerra alemana y un profundamente humano hermoso relato antibélico de validez universal” (Cecilia Dreymüller). Lo que resulta indiscutible es que, a estas alturas cuando han transcurrido más de setenta años del final de la Segunda Guerra Mundial, aquel espantoso pasado bélico sigue presente no solo en la literatura sino también en el arte en general. La gran catástrofe europea y mundial sigue surtiendo de temas y motivaciones a las distintas generaciones de escritores y artistas. El rechazo a tematizar los horrores y sangrientas memorias silenciadas con amnistías o indultos difícilmente justificables -el más reciente el de Alberto Fujimori-, acaba de explotar, como afirma Ralf Rothmann en la frase que es el íncipit de este libro: “El silencio, el rechazo absoluto a hablar, especialmente sobre los muertos, es un vacío que tarde o temprano la vida termina llenando por su cuenta con la verdad” (página 9).

   Ralf Rothmann, un poeta, dramaturgo y novelista alemán que ha recibido algunos de los premios más prestigiosos de la literatura germana, realiza en esta novela lo más difícil: analizar lo ocurrido en la contienda bélica desde el lado de los perdedores, reflejar el clima entre los soldados alemanes durante los estertores de la Guerra. Un tema todavía tabú en muchos ambientes familiares alemanes porque los que sobrevivieron, con frecuencia padres e hijos cazados en el mismo infierno de una contienda ya perdida, guardaron un sepulcral silencio, solamente roto por algunos narradores.

   En el inicio de la novela, el narrador visita a su padre en el lecho de muerte de un hospital, y le solicita que le cuente algo de aquellas semanas de la primavera de 1945, hasta entonces, un permanente silencio en la vida familiar. El padre se niega una vez más a hablar expresamente de aquellos días apocalípticos en los que fue movilizado con apenas diecisiete años, si bien rememora detalles en sus sueños alucinatorios. De este modo se inicia una historia que el progenitor no verbaliza expresamente, sumido en una existencia de amargo silencio, pero que el narrador reconstruye.

   Ralf Rothmann penetra en los finales de la Segunda Guerra Mundial, y más en concreto, en la vida privada de su protagonista, Walter Urban, desde el momento en el que acude a una fiesta con baile que organizan las SS en el pueblo en el que habita, pero que realmente era una encerrona  para reclutar a los que, en el colapso final, las mentes paranoicas de Hitler y sus asesores, consideraban que servían para luchar en el frente: jóvenes de diecisiete años y ancianos. Walter Urban es el hombre del mono azul, un joven ordeñador en una granja en el norte de Alemania. Es ordenador y nada quiere saber sobre política. Junto con su amigo Fiete y otros jóvenes y viejos son obligados a presentarse “voluntariamente” en las Waffen-SS.

   Con una despedida “especial” por parte de Elizabeth, su novia, y una promesa de ser readmitido en su puesto de trabajo, y tras tres semanas de instrucción, es enviado a defender el frente de Hungría, a las afueras de Budapest. Él y sus compañeros adolescentes ya son hombres de relevo de las Waffen-SS. Walter obtiene el permiso de conducir y es destinado a una unidad de abastecimiento. Asume la situación e intenta capear ese final de la Guerra como puede. Fiete, en cambio, se muestra contestatario, incapaz de acomodarse a la mentalidad de rebaño del régimen nazi. Terminará por fugarse y de esa deserción deriva el meollo de la trama, porque Fiete se ha puesto él mismo la soga al cuello. Walter y sus camaradas de cuarto se verán obligados a cumplir con la orden de fusilamiento del amigo y camarada.

   Un conflicto terrible en la conciencia del adolescente que marcará los silencios del resto de su vida. Es realmente el sentimiento de culpa que atenaza a quien nunca la tuvo pero que suele traducirse en silencios. El protagonista que solo tuvo que disparar un tiro no  salió indemne  de profundas heridas internas en esos meses en los que la primavera revienta con fuerza a sus alrededor, acompañada de escenas escalofriantes del final de la locura bélica y del delirio nazi. Lo que el protagonista vio y soportó le llevaron a una situación agónica que, pasados los años, lo convertirán en un anciano taciturno, incapaz de conversar sobre el pasado. Eso fue aquella Guerra que arrastró por el barro no solo a la tan reiterada y grandilocuente cultura alemana, sino también a los grandes valores o ideales de la civilización occidental.

   Ralf Rothmann coloca en manos de los lectores un relato rebosante de dinamismo y agilidad narrativa, sin peroratas ni frases enfáticas, sin digresiones moralizantes, narrando únicamente y sin eufemismos la crudeza y el horror de la Guerra. El día a día, la espera de la muerte por parte de los heridos en un hospital instalado en una cueva; el desmoronamiento de un ejército derrotado, sabedor además de que lo está; el embrutecimiento y la fría crueldad de los oficial veteranos, insensibles ejecutores de un desvarío final en el que detectan traidores y desertores en todas partes; el horripilante catálogo de barbaries: oficiales borrachos, civiles convertidos en antorchas ardientes, víctimas de las bombas de fósforo; ríos que arrastran tantos cadáveres que quedan cegados, orgías delirantes cuando ya todo estaba perdido y la muerte llamaba a la puerta.

   El autor relata todo esto manteniendo una encomiable amalgama entre la crueldad de los seres humanos  en la Guerra y una excelente tonalidad narrativa. Plausible es así mismo la estrategia del escritor que, dueño de un buen ritmo narrativo, coloca astutamente en la mutad de la narración lo que es el punto culminante y central de la experiencia vital del principal personaje. El fusilamiento de su amigo por un pelotón del que se vio forzado a formar parte. Acierta igualmente al presentar como protagonistas no a generales o jerarcas que dirigen o huyen del desmoronamiento bélico, sino a seres menores, adolescentes arrastrados contra su voluntad por el río turbulento de los acontecimientos de los que no fueron victimarios sino víctimas desesperanzadas, situadas al margen de la Historia.



Francisco Martínez Bouzas



                                                   
Ralf Rothman

                                  


Fragmentos



“Mientras hacían cola para el reparto, los jóvenes lanzaban miradas furtivas a aquellos hombres mal afeitados, extenuados y viejos solo en apariencia, con la mirada perdida, tan agotados como estupefactos. Muchos masticaban con la boca desencajada y enseñando los dientes, como si quisieran evitar que el pan duro les tocara el paladar o las encías. Nadie hablaba ni prestaba atención a los recién llegados, con sus uniformes tan limpios, y en todo caso ignoraban intencionadamente sus miradas, algo que daba a sus rostros un aire áspero, una expresión de rabia que a lo mejor tenía algo que ver con la vergüenza. De pronto uno estiró el cuello y, con los párpados cerrados, soltó un suspiro antes de volver a hundirse en sí mismo, en silencio.”



…..



“En un roble, antes de llegar al cruce, donde había también una tahona enlucida de blanco, colgaba un ahorcado, un soldado de las Waffen-SS. Llevaba una voluminosa venda en la mano derecha y tenía la cara cubierta de polvo, los ojos cerrados y la boca abierta. Debía de tener más o menos la edad de Walter. En la mejilla, que casi le tocaba el hombro, se distinguían ya algunos picotazos de ave, y colgando sobre el pecho llevaba un cartel de madera con la inscripción: «Soy un COBARDE. Esto es lo que les pasa a los traidores de la patria que abandonan a sus camaradas. ¡VICTORIA O  SIBERIA!». Habían pintado las letras góticas, que casi parecían impresas, con un pincel, sobre una raya dibujada a lápiz.”



…..



“Mientras tanto, entretenemos la espera reparando los vehículos de los yanquis; aparte de esto no hay gran cosa que hacer. Algunos se suben a los tejados de los barracones para ver el bloque de mujeres. Allí tienen encerradas a las vigilantes de los campos, verdaderas pistoleras de la División Totenkopf de las SS que en pleno invierno ataban a las prisioneras a las alambradas y les tiraban agua por encima. Y si no morían lo bastante rápido, ellas les echaban una mano con cuchillos de cocina. Ahora no tienen nada que perder y les enseñan a los hombres lo que quieren ver.”



(Ralf Rothmann, Morir en primavera, páginas 67-68, 119, 183)

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