lunes, 26 de febrero de 2018

LITERATURA DEL HOLOCAUSTO: DOS OBRAS FUNDAMENTALES




   Pasan los años, las décadas, pero hay ciertos temas que siguen estando de actualidad, y posiblemente así continuarán. Porque han impactado profundamente en las conciencias de las generaciones que los vivieron, especialmente como víctimas, y de una forma semejante en las de sus hijos y nietos, que sin ser testigos ni martirizados directamente, fueron y siguen siendo conscientes de aquellos interminables días, meses y años en los que el horror se apoderó de la vieja Europa. Es probablemente una de las razones por la que la literatura del Holocausto sigue estando presente.
   Una pléyade de autores publicaron sobre aquellos horrores a los pocos años de su consumación. Ellos son los clásicos: Primo Levi (Trilogía de Auschwitz), Imre Kertész (Sin destino), Jorge Semprún (El largo viaje, La escritura o la vida, Viviré con su nombre, morirá con el mío, Aquel domingo), Hannah Arendt  (Eichmann en Jerusalén. Un informe sobre la banalidad del mal). Otros lo hicieron más tarde, dando así mismo testimonio de que la atrocidad no se había borrado de las conciencias humanas. Incluso el Nobel, Patrick Modiano retrató en Dora Bruder la desoladora peripecia vital del sufrimiento de toda una época, encarnándolo en una adolescente fugada de un colegio de mojas y cuyo apellido aparece más tarde en una lista de deportados al campo de exterminio de Auschwitz.
   Pero, como he dicho, se siguió y se continúa escribiendo sobre el sufrimiento vital de toda una época, Luce d’Eramo lo hizo en 1979 con Desviazione, traducida y publicada en este mismo mes de febrero por la Editorial Seix Barral. En el año 1956, vieron la luz las memorias de Janusz Korzak, inéditas también hasta ahora en España, y que el mismo sello editor barcelonés acaba de publicar en español con el título Diario del gueto.
   Me acerco hoy a estas dos obras de la editorial catalana únicamente para dar noticia de ellas como novedades editoriales, basándome en las respectivas sinopsis de presentación. Sobre ellas volveré en los próximos días o semanas con mi valoración personal.

Francisco Martínez Bouzas



Desviación
Luce d’Eramo
Traducción de Isabel González Gallarza
Prólogo de Nadia Fusini
Editorial Seix Barral, Barcelona, 2018, 508 páginas.

Sinopsis:

  El 4 de febrero de 1944, Lucía, una joven de apenas dieciocho años hija de una familia italiana fascista, parte voluntaria hacia un campo de trabajo alemán dispuesta a refutar, con sus propios ojos y experiencia, las calumnias que ha oído sobre ellos. Pero la realidad con la que se encuentra supera, en todo, a su imaginación.
   Publicada por primera vez en Italia en 1979 e inédita hasta hoy en nuestro país, Desviación es una obra fundamental en la literatura del holocausto, una aventura vital extraordinaria que mezcla la crónica en primera persona del horror vivido en los campos de concentración con la novela de formación; es la historia de un despertar, de la caída de los propios ideales y de las ilusiones que uno pierde y consigue recuperar después.
   Luce d’Eramo (1925-2001) se dio a conocer como escritora con este «libro inmenso» (Doppiozero), un relato autobiográfico que no ha dejado de reeditarse desde su publicación y que se considera «un clásico contemporáneo”


Diario del gueto
Janusz Korczak
Tradución de Jerzy Slawomirski  y Ana Rubió Rodon
Editorial Seix Barral, Barcelona, 2018, 361 páginas.

Sinopsis:

  “Janusz Korczak (1878-1942), pedagogo, pediatra de éxito y autor de fama mundial, renunció a una brillante carrera para dedicarse al cuidado de los niños de un orfanato. Tras la ocupación de Polonia durante la Segunda Guerra Mundial fue enviado, como tantos otros judíos, al gueto de Varsovia. Allí se hizo cargo de la Casa de los Huérfanos, que cobijó y alimentó a doscientos pequeños, haciendo frente a una situación cada vez más precaria. Se mantuvo firme tanto tiempo como le fue posible, hasta que empezó el desmantelamiento del gueto y marchó con los niños en el tren que los transportó hasta el campo de exterminio de Treblinka.
   Considerado un clásico, Diario del gueto constituye un emotivo testimonio autobiográfico y un documento de incalculable valor histórico. La publicación, por primera vez en España, de las memorias de este hombre excepcional en un tiempo adverso es un acontecimiento largamente esperado desde que esta obra saliera a luz en Polonia en 1956.
   Janusz Korczak es una de las personalidades más destacadas e interesantes de la pedagogía contemporánea. Su extensa obra, centrada en defender los derechos de los menores, fue el antecedente en el que se basaron la Declaración de los Derechos del Niño de 1959 y la Convención sobre los Derechos del Niño aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1989.”

jueves, 22 de febrero de 2018

LAËTITIA PERRAIS, UN HITO EN EL ORDEN DEL MAL



Laëtitia o el fin de los hombres
Ivan Jablonka
Traducción de Agustina Blanco
Editorial Anagrama (por convenio con Libros del Zorzal), Barcelona, 2017, 415 páginas.

   

    En un libro que no es una simple crónica periodística y mucho menos de tintes amarillistas, el historiador Ivan Jablonka (París, 1973) reconstruye la vida de Laëtitia Perrais, asesinada y descuartizada en la noche del 18 de enero de 2011. Laëtitia tenía entonces dieciocho años y, sobre su persona, un cúmulo de experiencias negativas que el autor nos permite ver en la novela. Era una camarera domiciliada en una pequeña población del departamento francés del Loira. A esa edad, en efecto, ya había sido víctima de la incomprensión, el abandono y la violencia que Jablonka, en una suerte de prólogo, resume así: “Cuando Laëtitia tenía tres años, su padre (se refiere al abuelo) violó a su madre; luego su padre de acogida abusó de su hermana (…) desde la infancia sufrió inestabilidades, idas y venidas, descuidos, se acostumbró a vivir con miedo, y ese largo proceso de debilitación esclarece tanto su final trágico como a nuestra sociedad en su conjunto.”
   Todo este ambiente miserable en el que estuvo inmersa la niña y la joven convierte al libro en una biografía de la víctima, no para rendirle honras a la hora de su muerte, sino para rehabilitarla en su existencia, devolverle su dignidad a una joven que, a los ojos del mundo y de las redes globales de comunicación, nació en el instante en que murió. Antes su nombre no aparecía en ninguna parte. El autor piensa -y este es el porqué de su libro- que lo que más importa no es la muerte de esta joven, sino su vida, especialmente porque es un hecho social ya que encarna fenómenos mucho más graves y preocupantes que ella, incluso en su trágico final: la vulnerabilidad de los niños y la plaga cósmica de la violencia de género, ese mundo donde la mujer sigue sin contar como sujeto de pleno derecho, donde, casi como en el código napoleónico la violencia sexual forma parte del derecho del hombre -algunos hombres así lo creen-. Por eso muchas mujeres son víctimas de la saña más brutal a la que suelen responder con el silencio. En Francia más de 80.000 mujeres son víctimas de violación o de intento de violación cada año, pero apenas un 10% lo denuncia.
   Todos estos antecedentes, algunos muy cercanos a Laëtitia -me refiero a las violaciones a las que era sometida su hermana melliza Jessica, otras niñas y quizás ella misma por el padre de acogida-, convierten al asesinato de Laëtitia, más en un crimen de la sociedad en su conjunto, que en un acto macabro de un psicópata solitario, Tony Meilhon. Porque Laëtitia Perrais nunca desconfió del hombre que posiblemente la violó, la asesinó y la desmembró: en el mundo que ella conocía, las mujeres son insultadas, golpeadas y violadas todos los días. Por eso no receló de ese asesino con el que liga y tontea y que la obliga a acudir a una cita fatal. Durante toda su vida se vio rodeada de hombres con ese talante que la consideraban siempre una víctima sexual o alguien a quien se puede hacer daño. Su vecino y asesino no le pareció peor que los demás. Y así Laëtitia se transformó en alguien altamente vulnerable, presa fácil de hombres depredadores. “Su sistema de defensa fue desactivado desde los primeros años de vida, acaso en su vida prenatal, puesto que su padre violaba a su madre”, aclara el escritor. Someterse a la ley de los hombres  le parece a Laëtitia una ley de vida.
   Un libro con la amplitud y riqueza temática como Laëtitia o el fin de los hombres difícilmente puede ser reducido a una breve sinopsis. Es preciso leerlo. Subrayo, por consiguiente, solamente alguno de sus núcleos temáticos.
   Laëtitia aparece, como ya quedó señalado, más como víctima de una sociedad machista que como una mujer inmolada por un psicópata. Un verdadero “monstruo”. Pero no es el único. El padre de acogida, el señor Patron, un hombre que, a primera vista es un padre riguroso, director de conciencias, pero amantísimo, un justiciero que odia a los pederastas y que pedía, altavoz en mano, en las marchas blancas tras la muerte de Laëtitia, un endurecimiento de las penas contra los violadores, es también otro “monstruo”: viola continuamente a Jessica, la hermana melliza. De poco sirve que Jessica le grite: “Para eso tienes una mujer. Yo no soy tu mujer” (página 142). Pero por miedo la adolescente se negó a denunciarlo durante mucho tiempo. En la escala del horror él también estaba arriba, como concluye la fiscalía en el juicio en el que finalmente será condenado a ocho años. Queda en el aire la pregunta  que quema los labios: ¿hizo lo mismo con Laëtitia? Nada justifica la  brutalidad asesina de Tony Meilhon, el otros “monstruo”, mas su historial familiar y existencial quizás al menos explique el camino que le llevó a ella: el incesto es el fundador de su familia. Su madre, violada a los quince años por su padre. Su vida es un paradigma de desestructuración. En el seno familiar no le quieren; una vida de mierda; duerme en la calle, alcoholizado, prueba y consume todos los estupefacientes, acosa, roba a la gente, en la prisión viola a un compañero de celda con el palo de una escoba por “apuntador” (violador). Y el mismo cuida su imagen de “monstruo”, trabaja en su leyenda.
   El rapto, asesinato y desmembramiento de Laëtitia, se convirtieron, no en un asunto nacional, pero sí en asunto de estado y de ellos deja reiteradas constancias Jablonka. Provocó una paranoia populista en la que se involucraron los medios de comunicación, el presidente de la República, Nicolás Sarkozy. La conmoción social que provocó el caso Laëtitia coincidía con sus intereses políticos y, en consecuencia, instrumentalizó el miedo, acusó y amenazó al estamento judicial por razones demagógicas. En definitiva, el gobierno de la emoción populista transformada en objetivo político. Y lo más paradójico  es que Sarkozy combatió a los delincuentes sexuales al lado de un pedófilo al que recibió en más de una ocasión.
   Es interesante tener en cuenta el punto de vista que en este libro adopta Ivan Jablonka: su esfuerzo por romper las fronteras infranqueables entre lo masculino y lo femenino. El autor se interesa por la historia de las mujeres, sobre todo por la violencia de la que son víctimas. Un profesor universitario dedica un libro a una joven del “cuarto mundo”; habla del presente a pesar de ser un historiador. Pero analiza este presente como objeto histórico. Utiliza los medios de investigación, documenta todo lo que cita: entrevistas, testimonios escritos de todos aquellos que tuvieron algo que ver con Laëtitia. Y basándose en ese material, reconstruye los momentos claves de la existencia de los implicados, pero sobre todo de Laëtitia.
   El mismo autor piensa que su libro se encuadra en la senda de El adversario de Emmanuel Carrère y A sangre fría de Truman Capote. Pero no es ficción basada en hechos reales. Todo lo que relata Jablonka son hechos comprobados y cotejados. Aborda la vida de Laëtitia como un hecho social. Es por ellos que no rellena los huecos “con grandes paladas de ficción”, son sus palabras. Una metainvestigación, como se ha escrito.
   El título del libro se completa con las palabras “o el fin de los hombres”. Una especie de subtítulo que remite a dos propósitos por parte del autor: en primer lugar, la violencia del asesinato de la joven que es un crimen del fin del mundo. Y en el segundo, la constatación de que todo lo que rodeó este asunto (el padre alcoholizado y violador, el padre de acogida igualmente abusador de adolescentes, un asesino ultraviolento, un presidente de la República instrumentalizando a Laëtitia) son muestras de una masculinidad descarriada, resabio de un patriarcado que “no rima con agresividad, culto del patriarcado, poder del dinero, misoginia o incluso homofobia”. Eso también es el fin de los hombres, al menos como desiderátum: lucha contra la violencia machista y a favor de la igualdad entre mujeres y hombres.

Francisco Martínez Bouzas

                                                   
Ivan Jablonka

Fragmentos

“El tratamiento que hace Sarkozy de los sucesos es, en sentido propio, un acto político: la retórica de la acción, el discurso de la «ley y el orden», la instrumentalización del miedo, el gobierno de la emoción, la omnipresencia  mediática le permite aparecer como el defensor de la sociedad, el protector de los franceses acechados por los «bandidos» y los «monstruos». Este oportunismo compasivo-securitario propio de él, tanto cuando ejerció de ministro como cuando ejerció de presidente, justifica las medidas más represivas (penas mínimas, retención de seguridad, jurados populares en materia correccional, supresión del atenuante de minoría), bajo pretexto de reducir a cero el riesgo de reincidencia.”

…..

“Dejemos aquí la tercera ficción. Al igual que los jueces, creo que la verdad es inaccesible y que la duda, en todo caso, debe beneficiar al señor Patron.
Pero, en el fondo, la cuestión realmente tiene relevancia; pues bastó con que Laëtitia captara la índole de la relación entre el señor Patron y Jessica para que su vida diera un vuelco, para que se sintiera como a los tres años, colgada en el vacío, para que comprendiera que la mentira lo había gangrenado todo, que la violencia aún estaba allí, agazapada y asquerosa, en el sofá del salón, en el cuarto que había compartido con su melliza, en las sonrisas, en los grandes principios, los consejos, los juegos de naipes, las navidades, las vacaciones en caravana. El hombre que te ha enseñado todo, que tiene que protegerte, se lo cobra en especie. Qué importa, entonces, que haya o no habido una agresión o tentativa de agresión a su persona: la dominación es en sí misma una forma de violencia. El abuso sexual que el señor Patron ejerció sobre Jessica, durante años también y necesariamente debilitó a Laëtitia.”

…..

“Consternación. Asco. Un hombre tan recto que no dejaba pasar una ocasión sin denunciar a los pervertidos, ¡a los delincuentes sexuales!
Nadie hubiera pensado, nadie hubiera podido sospechar…Las últimas ilusiones -las mellizas al resguardo en casa de los Patron, una familia que apoya a Jessica tras el drama- se desmorona. Es el caso dentro del caso, el horror dentro del horror, lo sórdido dentro de lo atroz.
Por más que el señor Patron finalmente no fue juzgado ni condenado por agresiones a Laëtitia, fue en el marco del caso Laëtitia donde sus víctimas fueron oídas en aquel entonces. Efectivamente, a falta de elementos pormenorizados, los cargos serán abandonados en lo que atañe a Laëtitia, y la jueza de instrucción pronunciará un sobreseimiento. En cambio, se establece que el señor Patron abusó de Jessica durante su adolescencia y después de su mayoría de edad. «La doble pena de Jessica Perrais», titula Paris Match.

(Ivan Jablonka, Laëtitia o el fin de los hombres, páginas 133-134, 280-281, 324-325)

sábado, 17 de febrero de 2018

LIBRE EN UN TIEMPO DE OPROBIO



Natica
Lola Fernández Estévez
Editables, San Cugat del Vallès, Barcelona, 2018, 218 páginas.

   

  Lola Fernández Estévez, cordobesa de nacimiento, pero, como tantos otros y otras, trasplantada a Barcelona, tiene muy claro cuál es su vocación: escritora. Y ciertamente lo está consiguiendo, sin prisas pero sin pausas. En el año 2016 degustamos, con el placer de las buenas lecturas, Tiempos de sal, una novela con una trama amarga como la sal, porque las historias de esclavas lo son. Ahora nos sorprende de nuevo, y muy gratamente, con su segunda pieza, Natica, una novela que fusiona, en proporciones adecuadas, trazos del costumbrismo literario con esa literatura tan de moda en los últimos tiempos que apela a la realidad, la novela-verdad, que convierte a personajes reales en “dramatis personae”, en personajes de ficción, suturando biografía y ficción, historias reales transferidas en una invención literaria, en un relato novelesco. Porque lo que Natica recupera es la historia real de una mujer cordobesa de la primera mitad del siglo XX, Natividad Fernández -Natica desde el día que nació- tamizada por la ficción, tras un riguroso proceso de documentación tanto en libros y hemerotecas como a través de testigos vivos que conocieron a esta mujer libre, nacida en un tiempo equivocado, porque esa época no lo era.
   La novela traslada al lector al año 1926, un tiempo en el que nacer mujer significaba ser primero presa de la familia y después cautiva del marido. Ese año nace Natica con la desgracia de ser pobre y mujer. Hija, la segunda de nueve hermanos, de un matrimonio humilde -el padre piconero- que comparte cocina, retrete, pozo comunitario y pilón para lavar la ropa en la Rinconada de San Antonio. Natica nace pájaro libre, según el mal fario del gitano Tallero; y libre, en efecto, será su vida. Con su familia soportará las hambres de la pobreza, el terror impuesto en Córdoba y en la serranía por los golpistas franquistas, comandados por el siniestro general Varela que está a punto de fusilar a toda la familia, incluidos los niños por la única culpa de ser hijos de padres que, incluso en su ignorancia, se sentían republicanos. Desafía las miradas lascivas de los hombres que la rapan y la desnudan porque, aunque la estén humillando, piensa Natica, nadie podrá con ella. Vive en carne propia el negocio de la carne de muertos y de la grasa, igualmente de fusilados, para freír churros, porque el azote del hambre no se arredra ante el canibalismo.
   Pero sobre todo Natica no quiere pertenecer al “melindre cursi” que la rodea, a esa condición de mujeres resignadas a su suerte, nacidas para someterse y parir hijos. Ella quiere para sí una vida más plena, de persona, dueña de su sexualidad, un regalo de Dios junto con el pensamiento y la libertad. Por ello luchará durante toda su vida.
   Y así transcurre su existencia: pájaro libre que amará y por amor se entregará a quien le apetezca, a pesar del insufrible ruido de fondo y de superficie de la maledicencia. Víctima de violencia de género, de amores traicioneros y con un desenlace trágico que no es mi papel desvelar. Todo ello y mucho más constituye el núcleo central de esta novela.
   Una de las grandes líneas de fuerza de la misma es la denuncia que, en la voz vicaria de la protagonista, hace la autora de la hipocresía que hace mella incluso entre los menos favorecidos. Lo único que le importa a la madre de Natica es los que piensen y digan las vecinas. Por eso es incapaz de aceptar que su hija se sienta una mujer libre y actúe como tal: no resignada a su suerte y dueña de su sexualidad. El nuevo párroco que llega a la Rinconada, delator de cientos de feligreses que fueron fusilados y que predica desde el púlpito contra la oveja descarriada, tiene por costumbre flagelarse y rezar mientras le chupa el cipote a Agustinico, un gay perseguido solo por serlo. “Si el pecado es contrarrestado al instante, ninguna falta se comete, hijo mío, ya que saldas las deudas con el Santísimo sin que medie tiempo” (página 147).
   Otra es el feminismo, por supuesto ajeno a cualquier formación teórica, que alienta el pensamiento y la acción de la protagonista, y que le marca sin vacilaciones su lugar en el mundo.
   La novela rehace así mismo historias de perdedores, personas humildes, ajenas a partidos políticos, que simplemente aceptaban el orden constitucional y que fueron torturadas y fusiladas masivamente. En ese sentido, Natica es también una novela política, comprometida con la realidad y con la historia, que toma partido por los inmolados, por los miles de fusilados en Córdoba, pocos “desagravios”, sin embargo para Queipo de Llano.
   La vida y la ficción de Natica se desenvuelve, como ya señalé, en un contexto literario costumbrista, considerado frecuentemente un género menor de la literatura. Es verdad que la autora describe lo más impactante de la vida cotidiana y frecuentemente lo hace de forma colorista. No obstante, Lola Fernández Estévez se limita a describir la realidad, y esa forma de vida pintoresca y hasta un poco tópica era la real en aquellos tiempos. La escritora además rehúye cualquier propósito moralizante; es más, la juzga y la critica por la boca y las actuaciones de su protagonista.
   Crea además una galería de personajes inolvidable, el de Natica por supuesto, pero también el del Tío Papeles. A pesar de la modalidad narrativa de una novela en tercera persona, con presencia manifiesta del narrador, no decrece la objetividad del discurso, porque el personaje central no es una invención, y en segundo lugar porque hasta los objetos más nimios está documentados.
   Novela de temporalización lineal, tiempos marcados además por los encabezamientos de las secuencias. Así pues, el tiempo de la historia y el tiempo del discurso coinciden plenamente. Excelentes las descripciones de los marcos escénicos y temporales -años de miseria, hambre y atrocidades-, y una tonalidad neutra a lo largo de casi toda la novela, pero que roza lo épico en el desenlace de la ficcionalización de esta mujer que se negó a ser eclipsada y no quiso estudiar para santa.

Francisco Martínez Bouzas


Lola Fernández Estévez


Fragmentos

“María Jesús es viuda, tiene un hijo y una hija de su anterior matrimonio, se amancebó con Faustino hace diez años, justos los que viven en la Rinconada. La mujer gusta de vestir de luto riguroso en honor a su estado de viuda oficial, demostración ostentosa de dolor que a Faustino le parece excesiva después de tantos años durmiendo juntos, pero lo que más le repatea las tripas es tener colgado, en sitio de privilegio, en la pared de su casa, al difunto marido presidiendo el hogar…”

…..

“Una vecina embarazada rescata al niño del ensimismamiento y de la cólera del guardia. Es Rosa, la mujer de José, el que está preso con el Tío. El guardia observa unos segundos su barriga baja de preñada cumplida, explotará en breve, lástima de cuerpo desfigurado, piensa. La conoce, siempre le ha gustado la Rosa, recuerda haberla visto andar por Córdoba con el vientre vacío y sus buenas tetas antes de que el rojo la encintara, también conoce a su hombre, sabía de qué pie calzaba. Le pregunta por él. «no sé nada, a lo mejor me lo han matao», le responde Rosa. Al guardia le tranquiliza la respuesta, hace tiempo que la tiene en el punto de mira, se había adherido a la batida solo para cazarlo a él. Decide, cuando vuelve al cuartel, asegurarse del destino de José, después ya tendrá tiempo de volver a por Rosa cuando suelte la criatura. Además, le hará un favor al nuevo hijo que llega, sabe que las cosas de los rojos se contagian de padres a hijos como una plaga que hay que cortar de raíz.”

…..

“-¡Ay! ¿Qué has hecho natica, a ti t’han desgraciao? Ha sido don Jorge, ¿verdad? ¿Te ha forzao? Lo he visto salir de despachar con el señor y marchar pa’l corral; pero, cómo me iba yo a figurar…¿Sabes que vuelve a Barcelona? Ese sinvergüenza no ha perdido el tiempo, el muy canalla.
-Tranquila, Gloria, lo que ha pasado ha sido porque he querido yo. No tiene ninguna obligación conmigo ni yo se la he pedido, nos gustamos, nada más -Gloria pone cara de susto- Sabía que se marchaba, desde hace días, me lo dijo él mismo. No tengo nada que reprocharle. Quién sabe, a lo mejor me voy a Barcelona y me ayuda a buscar una academia para aprender canto. Lo que sí me ha prometido es que va a escribirme.
- Pero, mujer, ¿no te das cuenta?, ese hombre solo ha querío aprovecharse de ti.
-Pues mira, mala suerte, si no cuaja, peor para él, qué le vamos a hacer. También puedo haber sido yo quien me haya aprovechado de él, ¡no? Al fin y al cabo lo hemos pasado bien los dos.
-Que no, Natica, que tú has perdío más, has perdío la honra, ¿te das cuenta lo que has hecho chiquilla? Las mujeres somos las que tenemos toas las de perder. Y después, si no te quiere…, no te va a querer nadie. Los hombres no quieren saber na de mujeres usás.
-¿Por qué tenemos que estar sujetas a alguien, Gloria? Ya te he dicho que me gusta ese hombre, pero si no es él, será otro, o ninguno, quien sabe…”

(Lola Fernández Estévez, Natica páginas 22, 57-58, 136-137)